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| Los grandes del marxismo y su consumación. |
Las leyes del mercado corroen el alma. Son valoraciones basadas en coordenadas cuantitativas, mientras que el alma requiere cualidades. La cualidad del esfuerzo o de la aplicación exhaustiva a veces choca contra aquellas constantes establecidas de antemano que marcan el valor del producto final. El marxismo se revela contra estas constantes.
Basado en la denuncia de la plusvalía que se sustrae al trabajador, valora más la persona que no el producto final de su esfuerzo. Por obtener esta mercancía se fragmenta el trabajo, se aliena al trabajador, y la sociedad se divide en clases sociales: los que poseen los medios de producción y los deshauciados.
Los deshauciados son tales porque no disponen de nada: ni tan siquiera del tiempo de su vida. Lo han de entregar todo a cambio de: ¿protección?, ¿supervivencia?, ¿pan y circo? Migajas de opio para seguir tirando, para alienarse todavía más. Son los alienados, los que forman parte del engranaje sin ningún sentido vital para ellos. Viven en la superficie de la realidad, sin poder profundizar en nada, porque les han extirpado el interés y la curiosidad por la pregunta.
Van de reflejo en reflejo, esparciendo fragmentos de su identidad. Pero, ¿dónde queda la dignidad e integridad de su persona? ¿Dónde el espejo que le devuelva la imagen autentificada? La estructura social-económica no lo permite. No cuentan las personas, sino las coordenadas, lo que se pueda convertir en puntos de una línea de medición.
El marxismo boga por la liberación del hombre. El fin, la supresión del Estado como sustentador de los medios de producción y sus beneficiarios. El anarquismo sería la meta inalcanzable que permite la autonomía del ser concienciado, culto y libre que convive con los semejantes sin oprimirlos.
Pero el marxismo se topó con un muro infranqueable, y no precisamente el de Berlín. Concentró la posesión de los medios de producción en el Estado para disolver la división de clases sociales, resultando ser, al final, un fracaso. El Estado se tornó en Leviatán y acabó devorando a los propios hijos. Adiós a la práxis del marxismo.
El marxismo se convirtió así en utopía irrealizable. Nos quedamos con el capitalismo; nos quedamos con la alienación. El uso universal de internet podría ser el nuevo quid de la cuestión que abriese el fin del Estado y de las clases sociales. Cultura y educación al acceso de todos, libre circulación de la información para la concienciación del ser personas. Pero siempre surge un Leviatán que lo impide: los diversos Estados se van alzando para oprimir cualquier intento de libertad. Tienen que sustentar su propia maquinaria funcionarial.
Nuevos grupos de poder sustentados por el capitalismo se esconden tras las redes de información: manipulan, obtienen datos de los usuarios, fortifican sus monopolios, para que las inevitables crisis económicas, generadas por sus excesos, no se tornen contra ellos mismos, sino contra los deshauciados. Deshauciar al deshauciado, este es su lema para enriquecerse todavía más. Y si se quedan sin ellos, no importa, porque siempre surgirán más hambrientos desesperados que se agarren a un clavo ardiendo.

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