dijous, 5 de desembre del 2013

La modulación y la superficie.


Gilles Deleuze.
Hoy en día sentimos nuestras vidas modulantes. Cuando hemos alcanzado cierto grado de fijeza en las mismas, una onda modulante lo vuelve a cambiar todo. No es como antaño que lo moldeado quedaba ya fijo, para siempre. Aplicabas un molde externo o, incluso, interno, a la materia vivida; desmoldeabas, y aquella materia quedaba fijada en equilibrio. ¡Cuántas vidas se establecían ya para siempre desde el inicio! Ahora, en cambio, vivimos en un molde que varía continuamente. Somos seres modulantes.

La modulación de la vida tiene lugar en la superficie. Se presenta esta última como una pista deslizante cuyos contornos extensibles fluctúan. Se trata de una nueva concepción del devenir, que ya no se halla como en Grecia en el fondo de las cosas, sino que sube a la superficie. No se insinúa, no se sustrae de lo profundo; se manifiesta y juega a fuera, a modo de efectos. El devenir ilimitado se ha transformado ahora en el acontecimiento mismo. Del hundimiento vamos al deslizamiento lateral.

Ya Paul Valéry decía que lo más profundo era la piel. Es la frontera, lo que costea la superficie, lo que hará que pasemos de los cuerpos a lo incorporal. Será el espejo, el tablero, la película, las cartas… Recorremos la extensión del revés y del derecho, en continuidad, sin profundidad.

Ambos conceptos, el de modulación y superficie, fueron cosecha de un filósofo brillante del s.XX, que no merecía el trágico fin que tuvo. Hablamos de Gilles Deleuze, el filósofo contemporáneo, per excelence. Es el filósofo de la repetición y la diferencia, el que acentuó las diferencias y los aspectos fragmentarios de la realidad. 

Siguiendo a Nietzsche, buscó también nuevos medios de expresión filosófica. Deleuze traza tejidos desiguales, en los que aparecen las imágenes del puro devenir, de las superficies, de las dualidades, del sinsentido, del lenguaje, etc… Muestra los huecos de la razón. Considera que la racionalidad no soñada engendra monstruos: hay que pervertir toda la filosofía. Será su medio para convertir los sistemas filosóficos en juegos de superficies y profundidades, y de deseos-significantes.

Deleuze hace primar la superficie a la profundidad, lo oral a lo escrito, el fragmento a la sistemática. Desarticula así todos los conceptos básicos de la cultura moderna. Entiende la historia como un funcionamiento de “máquinas”: el capitalismo, el Edipo familiar… a la que hay que liberar de todas las fuerzas de represión, regresando a una razón prerracional, sin escisiones.

Una de sus fijaciones fue la Alicia de Lewis Carroll, que ejemplifica su noción de superficie. Alicia empieza cayendo en lo profundo: el hueco del árbol. Después de muchas vicisitudes, acaba deslizándose: a través del espejo. De la línea vertical hemos pasado a la horizontal. Es la visión del niño, la originaria, la fenomenológica husserliana. Sería una vuelta a la pictografía de la caverna prehistórica que ya analizamos. La pregunta es: ¿queremos quedarnos con la visión del niño, o con la del adulto? ¿Nos deslizamos como el niño, o abrimos el cielo con la mirada del hombre?

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