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| Campanadas de fin de año. |
Cuando las puntas de la estrella giraron y se acoplaron solas en el mecanismo del reloj; todo encajó. Acababa de finalizar un año y otro nuevo surgía de las miasmas del antiguo. Loreta, la vieja vagabunda de la calle, visionó en aquel instante a cuatro ángeles, mezclados entre la gente de la plaza, que tomaba las uvas ante el reloj.
Los ángeles desplegaron sus blancas alas y formaron un círculo de fuego incandescente que envolvió a los concentrados. Sólo Loreta lo vio, pero todos sintieron en su corazón cómo la llama los abrasaba.
A cada una de las personas que tomaron las uvas en aquella plaza le aconteció aquel año algo especial. Algo único que compartió con los demás: muchos fueron padres, otros adoptaron algún animal, el resto acogió en su hogar a un familiar o persona necesitada. De alguna manera, cada uno de ellos transmitió el fuego que portaba en su interior.
Marc era un chico joven que también estuvo en la plaza durante el cambio de año. Él no adoptó, ni acogió, ni fue padre; sin embargo, un soplo angelical cambió su vida para siempre. Uno de aquellos ángeles se fijó en él y decidió acompañarlo.
Marc acababa aquel año ingeniería y entre las varias opciones de viaje de final de carrera, los compañeros escogieron la de ir a Tierra Santa. El grupo viajó hacia Jerusalén y desde allí fue visitando los lugares santos de las tres religiones.
El viaje se desarrolló con normalidad hasta que hicieron el Camino de Damasco. Según las Escrituras allí tuvo lugar la conversión de San Pablo. Feroz perseguidor del cristianismo incipiente, sufrió una mala caída del caballo que lo transportaba por dicho camino. A resultas de ello, quedó ciego. Una luz blanca le envolvió y la presencia del crucificado se instaló en su corazón con la pregunta: ¿por qué me persigues?
Marc nunca entendió cómo de la no-fe se puede pasar súbitamente a la fe. Que sea un proceso lento de reflexión y vivencia, vale. Pero estas conversiones fulgurantes las creía novelescas. Con escepticismo hizo el camino, mientras los demás esperaban ver aquella luz blanca.
Lo que se encontraron, en cambio, fue una emboscada entre palestinos e israelíes. Marc no daba crédito a lo que veía: una lluvia de balazos les caía encima y, por doquier, estallaban bombas, provocando estragos a través del camino. Se refugió debajo de un cuatro por cuatro, deseando que éste no estallara en mil pedazos. Y con las manos en la cabeza, sintió la impotencia de su cuerpo ante los hechos.
Se sintió pequeño, diminuto, insignificante; avasallado por el acontecimiento descomunal que estaba viviendo. La vida se le echó encima mostrándole que, en el fondo, él no era dueño de nada. No tenía control ninguno sobre el fluir que acontecía a su alrededor. No podía ni siquiera decir basta, que pare esto de una vez.
La conciencia no la cobró hasta después de tres días en el hospital de Jerusalén. Sólo entonces, vio la luz blanca de la que dudaba. Fue tal el resplandor, que quedó cegado para siempre de amor. Un amor inconmensurable que iba más allá de la vida y de la muerte.
Hoy en día Marc es sacerdote, y en su corazón lleva grabado el soplo angelical del 2014.

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