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| Gato volador. |
El gato encerrado tamborileaba con sus redondas uñas el pulcro mostrador. Sabía que no podía salir de la tienda. La puerta y las ventanas selladas impedían su huida; sólo le restaba contemplar los infinitos anaqueles de las mil y una piezas compartimentadas.
El gato encerrado pasaba horas y horas contando el número de objetos expuestos. Elaboraba el inventario paseando sus largos bigotes a través de los pasillos abarrotados. Concienzudamente, calculaba y revisaba el stock y la calidad de las existencias.
El gato encerrado poseía el control absoluto del habitáculo. No había movimiento que no persiguiera con el rabillo del ojo. Tras el acontecer del evento, fluía raudamente. Sin embargo, existía algo que no podía dominar. Algo relativo a su hábitat interno.
El gato encerrado habitaba dos módulos: uno externo y otro interno. El interno residía en su corazón, donde se agolpaban los latidos a un ritmo discontinuo. La discontinuidad era lo que no entendía. ¿Cómo se puede querer y no querer al mismo tiempo?
El gato encerrado se sumía en el dilema mientras contorneaba su cola de un lado hacia el otro. Razones para querer, razones para no querer. Lo que podía ser una melodía en el espacio y el tiempo se convierte, al fin, en un juego de audiciones sin ton ni son. Un largo maullido acostumbraba a clausurar siempre las felinas cavilaciones.
El gato encerrado movía el ratón del ordenador cuando una ráfaga fuerte del viento del sur golpeó la ventana. Asombrado por la furia del vendaval se acercó cauto a una esquina del tragaluz. Enseguida notó cómo el calor sureño se filtraba a través del cristal.
El gato encerrado rozó el lomo, a modo de caricia, en el vano de la ventana. Un ronroneo de placer surgió de su cuerpo mientras se enroscaba formando un ovillo. Quería ese calor, cada hueso de su ser lo reclamaba. Sería muy difícil regresar al frío de la tienda después.
El gato encerrado incrustó su cara en el cristal ardiente y deseó que ese viento cálido se lo llevara allí donde fuera. El viento obedeció y con sus alas mágicas extrajo al gato del alféizar. Atravesó con él la ventana y siguiendo una geodésica invisible lo condujo al sur, cada vez más al sur.
El gato encerrado se convirtió en un gato libre. Viajó, amó, compartió, acompañó, se solidarizó, sufrió y, sobre todo, comprendió las razones del querer que no entendía. No hay razón, hay fluidez. Una corriente eléctrica traspasa el ser del individuo. El amor cálido la reactiva y hace que el ser se ilumine, como un precioso árbol navideño. El árbol de la vida. ¡Feliz Navidad!

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