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| Santos Inocentes. |
En estas fechas señaladas los juegos de azar alcanzan su cúspide. Se celebran las mejores loterías del año y no hay individuo que no se rasque algo el bolsillo para probar la tan deseada suerte.
Fue el caso de Mónica, que apenas tenía para comer, pero que una súbita inspiración matutina la condujo sin dilación hasta el puesto de loterías.
Al entrar, se sorprendió que hubiera cola, pues en las tiendas de alrededor y en la misma calle el vacío había tomado el espacio. En el pequeño recinto, en cambio, se condensaba la vida del lugar.
Mónica se integró en la cola, detrás de una mujer embarazada y de un anciano que la precedía. Pasaron los minutos y la hilera no avanzaba. Se había desatado una discusión en la ventanilla sobre los números premiados y la devolución del dinero pertinente. Una mujerona locuaz no paraba de chillar y la dependienta, mudando de color, la conminaba a retirarse.
En el entreacto de dicha escenificación, Mónica observó que la mujer embarazada se encogía y, preocupada, le preguntó sobre su estado. Dijo encontrarse bien, pero que las discusiones le alteraban sobremanera. Necesitaba aire y Mónica la acompañó afuera, no sin antes avisar al anciano que les reservase el lugar.
La mujer embarazada se llamaba Alisa y en la calle le contó a Mónica su historia. Llevaba el embarazo en soledad. La supuesta pareja se esfumó con la crisis, y la familia al enterarse de su estado también la dejó de lado. Nadie podía alimentar una boca más. El embarazo, además, se complicó, pues el niño de su interior presentaba anomalías. Las pocas amistades que le quedaban, al oír esto último, ni qué decir que ahuecaron el ala.
Alisa sólo recibió recriminaciones por las circunstancias de su estado: quedarse embarazada en plena crisis y además traer al mundo a un tarado. Era una irresponsabilidad absoluta, que sólo merecía el abandono. Le llovió tanto encima que, por eso, cualquier discusión nimia la trasponía.
Mónica se quedó muda al escuchar el relato y sin saber qué opinar. Tan sólo veía ante sí a una mujer deshecha con un gran coraje y una vida que latía en su interior. Se abstuvo de comentar nada. Después del silencio le preguntó qué camino pensaba seguir. Alisa le contestó que ya se había puesto en contacto con una asociación de ayuda que le ofrecería el apoyo afectivo y económico necesario para criar a su pequeño. Era su hijo y lo iba a rescatar de la nada del no-ser.
Volvieron a la cola y Mónica temblaba por dentro. Su situación económica era dura, pero se tornaba irrisible al lado de la de Alisa. Cuando llegó su turno compró el boleto y a la salida se lo entregó a Alisa. Le deseó toda la suerte de este mundo.
Ni qué decir tiene que el boleto, por supuesto, no tocó. Pero Mónica y Alisa se hicieron amigas, y esa amistad fue el verdadero boleto de la suerte para ambas.

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