dijous, 2 de gener del 2014

La cúpula de fuego.


Cúpula de iglesia.
Iluminaban la iglesia con antorchas, y sin apenas acompañamiento musical, los gregarios elevaban las voces, dispuestos al sacrificio. Encabezaba la comitiva el “summum sacerdote”, ataviado de negro, seguido del sacrificado, un hombre bajo los síntomas de “delirium tremens”. El hombre vociferaba desnudo, con el cuerpo tatuado de esvásticas negras a modo de tarántulas. Lo depositaron encima del altar y procedieron al rito caníbal.

Sebas, un pastor que llevaba las ovejas a pastar de madrugada, vio a lo lejos el humo que sobresalía de la iglesia abandonada. Pensó que, otra vez, los vagabundos habían encendido una hoguera para calentarse. Pero le sorprendió la intensidad de la humareda, y decidió acercarse para comprobar que a nadie se le hubiera ido la mano con el fuego.

Cerca de la iglesia llamó a voces y viendo que nadie respondía, anudó un pañuelo a su cuello y tapándose con él las vías respiratorias, entró a bocajarro por la puerta ya calcinada. Al principio el humo no le dejaba ver, pero a medida que avanzaba distinguió con claridad la terrible ofrenda del altar en llamas.

Corrió despavorido al pueblo y aporreando las puertas pidió auxilio a los autóctonos. No tardó en formarse un corrillo en la plaza, y Sebas les explicó que el demonio había hecho tangible su presencia. En silencio acudieron en grupo a la estafeta de Correos, donde, vía urgente, enviaron una misiva al Exorcista.

El Exorcista era el único cura de la comarca, y uno de los pocos del país que había acudido a Roma para formarse en exorcismos y ritos paganos. Dada la escasez de curas y los tiempos revueltos en los que se vivía ahora, el pobre hombre no daba abasto. Con un cochecillo hecho polvo, recorría cada día la comarca, deshaciendo entuertos y demás galimatías que hallaba a su paso.

En cuanto recibió la misiva, salió disparado hacia la iglesia abandonada. En la puerta le esperaban Sebas y los demás parroquianos. Inclinaron la cabeza a modo de saludo y entraron cual comitiva silenciosa, opuesta a aquella anterior que había pisado la iglesia. El cura, en primer término, sin apenas sobresaltarse ante la macabra escena, se acercó al altar, se arrodilló, y rezó como nunca antes lo había hecho. Luego, sin tocar nada, mandó avisar a la policía. 

Cuando llegó la policía se encontró con el cadáver calcinado y con la horrenda parafernalia satánica expuesta sin atavíos. Enseguida el caporal abordó al cura:

-Vamos a peor. Me imagino que ya habrá hecho el exorcismo, señor cura.

-Sí, Evaristo, hemos barrido la zona. Pero usted sabe que esto es inabarcable: el mal avanza con rapidez.

-Y lo más gordo está aún por llegar. Señor cura, no va a ser aquí, de eso estoy seguro, pues lo estamos echando fuera. Será en la gran ciudad, y allí nadie está preparado. Los cosmopolitas están ausentes de sí mismos. No disponen de ninguna barrera que frene al demonio.

-Lo sé, Evaristo. La guerra se avecina y sólo nos queda rezar.

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