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| Óptica. |
Cayó el anochecer en la gran ciudad y un grupo de gente se manifestaba contra el Estado. Bajaban por las calles, en dirección al puerto, alzando sus banderas y proclamando a voz en grito los eslóganes: ¡Somos sociedad civil autónoma! ¡Hemos cortado toda vinculación con el Estado! ¡Nadie más nos va a coaccionar! ¡Somos libres!
En medio de la jarana se hallaban el pastor Sebas, el párroco Jan, y el caporal Evaristo. Habían conseguido echar fuera de la comarca a la sombra; y, ahora, seguían su pista a través de la poblada ciudad, donde sabían que hincaría sus dientes sin remedio.
Cuando la manifestación alcanzó la plaza Real, el párroco hizo señas a los otros dos, y los tres se internaron por una callejuela sombría. Iban en busca de Loreta, la médium que vivía en la calle y lo veía todo. Jan la conocía gracias a los círculos exorcistas que frecuentaba, y sabía de sobras que Loreta habría notado la presencia de la sombra por la ciudad.
La encontraron en una esquina, removiendo la basura, y les contó lo siguiente: ”La sombra sigue el rastro de los ángeles, quiere manchar sus alas blancas, pero ellos son más rápidos. Estuvo también en la plaza la noche de fin de año. Casi los alcanza, pero el fuego incandescente de los ángeles, la abrasó. Ahora se está curando de sus heridas. Sabe que la veo y también que os pondríais en contacto conmigo. Me ha dado este medallón para vosotros.”
Del medallón surgían unos símbolos que brillaban en la oscuridad. Reflejaban la morada de la sombra: un agujero negro que absorbía toda materia viva. Pero con la luz no podía. La luz flotaba a su alrededor, y si enfocabas el medallón bajo la intensidad de una linterna, aquél se desvanecía.
El párroco Jan exclamó entonces: “Dios mío, se trata de la metáfora de la luz. Es un mito muy antiguo que identifica el destino individual con la luz de una estrella del cielo. Vuelve el destino inmortal. La sombra era un hombre, un hombre que consiguió la inmortalidad.”
A continuación les explicó lo que Roberto Grosseteste, un filósofo medieval, había dicho sobre la luz. Creada por Dios después de la materia prima, se difundió produciendo el espacio y las cosas que se encuentran en él. Se multiplica infinitamente, a fin de engendrar cantidades finitas. Se propaga instantáneamente, y su intensidad guarda relación con la densidad de la materia que atraviesa. Existe una perspectiva que examina la luz: es la óptica.
“Señores, volvió a exclamar Jan, con un brillo de triunfo en la mirada, el hombre que se convirtió en sombra, tenía que ser un estudioso de la luz: un óptico. Buscamos a un óptico”. Y recordando las palabras de Loreta, entendió por qué el óptico perseguía a los ángeles. Perseguía su luz, el “lumen angelicum”, la luz del conocimiento poseído por los ángeles. El óptico permanece en la oscuridad, no puede ver nada, no puede conocer nada; ansía ser un ángel para proseguir sus estudios.
Sebas, en su llaneza, concluyó el razonamiento del párroco. “Extiende el mal por ceguera. Hay que ayudarle a ver.”

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