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| La gran Edith. |
Edith Stein murió gaseada en Auschwitz en 1942. Filósofa y judía, fue ayudante de Husserl en Friburgo y colaboradora en la escuela fenomenológica. Se convirtió al catolicismo e ingresó en la orden Carmelitana, pero, desgraciadamente, dicha conversión no le sirvió de nada cuando cayó en las fauces del nazismo. Sólo contó su ascendencia judía para las S.S.
Edith Stein reflejó su vida en el sistema filosófico que construyó: una combinación única entre la fenomenología y el pensamiento escolástico. Edith, ha sido una de las últimas neo-escolásticas del s.XX.
Pero empecemos por Husserl. A Edith le fascinó el nuevo trascendentalismo de su método. Husserl quería ver la realidad, pero de una manera radical. No quería tratar las cosas de la realidad fáctica, ni tampoco sus representaciones psíquicas. Lo que ansiaba era alcanzar las significaciones de todas ellas: las esencias.
El método para llegar a ellas será el fenomenológico. Se parte de una conciencia intencional que pone en suspensión o entre paréntesis los hechos de la realidad, las experiencias, y las proposiciones de las ciencias. Y en un proceso de reducción o epojé, quiere aprehender lo que se da puramente: quiere poseer la intuición esencial de todo.
No pretende ver con ésta otra realidad, sino esta misma, pero despojada de su actitud natural. Busca, así, el fundamento de toda ciencia y saber: la filosofía primera. ¿Y qué se encuentra con esta reducción eidética o descripción fenomenológica? Se encuentra con el puro flujo intencional del vivir, donde el ego, el yo, es el fundamento de todos los actos intencionales; los constituye.
Edith Stein aplaudió la reducción eidética, pero no se quedó con el yo constitutivo. Como buena católica quiso ir del ser finito al ser eterno. Utilizó a Santo Tomás, a Duns Escoto, a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa de Jesús… su intención era perderse en el misticismo de lo eterno. Con la noche del alma de San Juan, con las siete moradas del castillo de Santa Teresa, se interna en un camino del yo que la conduce unívocamente al resplandor de Dios.
Ese Dios que por vía tomista concede la existencia a la esencia. Pone en acto la forma. Edith, en esta puesta en acto, seguirá a Duns Escoto. Para Duns, el entendimiento produce el universal o concepto, pero tiene fundamento en la cosa misma. Es clave, pues, entender que la naturaleza esencial es universal en la mente y existe singularizada en las cosas. La determinación individualizadora no es la forma o esencia común, sino la actualidad última que ésta recibe. La actualidad última que la forma recibe es la “haecceites”, el ser esto, esto-idad, la determinación de la forma en la singularidad. Se garantiza así la originalidad del individuo.
Edith Stein llega, de esta manera, a la exterioridad. Desgraciadamente, la exterioridad del mundo que le tocó vivir no quiso acoger su persona. Fue canonizada y beatificada por Juan Pablo II. Descanse en paz.

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