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| Sin palabras. |
Mi primera imagen de conciencia del mundo fue en casa, mirando la tele, en unas inesperadas vacaciones del colegio, teñidas de tristeza, porque quien había regido el país durante cuarenta años acababa de fenecer. Una corona de rosas blancas y un círculo de hombres y mujeres rodeando el féretro, me hizo entender que algo grave estaba sucediendo. En mi hogar, nadie descorchó una botella de cava, porque mi padre, catalán, se había casado con mi madre, una madrileña de padre andaluz y madre castellana. En cambio, en otros hogares, como el de mis primos, hijos de “auténticos catalanes”, sí que brindaron con cava la muerte del dictador.
Recuerdo la Transición que vino después como una época muy dulce y abierta de pensamiento y de sentimientos. La gente se relacionaba amablemente, y por la televisión, programas como “La Clave” o “A Fondo”, películas como las de Bergman o Saura, ampliaban las conciencias con temáticas nuevas y profundas. Luego llegó la explosión del socialismo y de la mano, la figura de Jordi Pujol, que ha marcado la infancia y la juventud de toda una generación: la mía.
El socialismo dio pie a que los nacionalismos pudieran abrir el coto de caza, y en un equilibrio insólito se mantuvieron los dos “ismos” estables durante un período aproximado de veinte años. Dos décadas de otro tipo de dictadura silenciosa, que poco a poco se iba inflando como el muñeco de michelín.
En aquella época nos expresábamos en castellano, hasta que un día se impuso el catalán en la escuela. Ello supuso una reestructuración repentina del horario escolar, que ya llevábamos a tope con otros idiomas como el francés o el inglés. Al mismo tiempo, interrumpieron en la familia los nuevos aires: aquellos familiares considerados auténticos aconsejaron a mi padre que se dirigiera a nosotros sólo en catalán, y que viéramos los programas infantiles que en esta lengua se empezaban a retransmitir.
El coto se iba ampliando: las amistades de siempre cambiaron de la noche al día de lengua, y una cierta ideologización empezó a aflorar en el ambiente. Si alguien osaba criticar al líder nacionalista, enseguida era tildado de “botifler” o españolista. Al final, se optaba por la queja silenciosa.
Tiempo de silencio también para la administración obligada a cambiar de lengua. Los funcionarios y los profesores lloraban amargas lágrimas por tener que hablar y pensar en una lengua que no era la suya. Como un espejo colocado del revés, todos aquellos que en su día padecieron la opresión franquista, ahora ejercían la misma opresión contra sus propios hermanos.
Dicha opresión, en términos eufemísticos, se denomina la inmersión. Pero se trata de un bautizo de agua, que no de sangre, pues los totalitarismos jamás se han podido ganar el corazón de las gentes. Han hecho de Cataluña una sociedad de hipócritas: la tarjeta de presentación es la lengua y el pensamiento único, pero luego cada uno en la intimidad utiliza la otra lengua ninguneada y el pensamiento variado y crítico.

Lo sabía; su narrativa es concisa y concreta, sin florituras, resaltando los recuerdos de su infancia con cierto matiz de critica. Pero dejando que el lector tenga su propia opinión de los hechos pasados, demostrando en el lenguaje un dominio exquisito...Adelante, no te detengas Cristina Rosell...(Me gusta)
ResponEliminaMuchísimas gracias!!
ResponEliminaEl comentario anterior de Unknown es mío. En realidad fue el primero de otros muchos...Adelante no te detengas
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