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| Bola de bruja. |
El futuro es cosa de brujas. Nadie lo puede asegurar, aunque sí prever estirando los hilos del presente. A veces se estiran tanto que se rompen en mil pedazos y lo que iba a ser deviene en otra cosa diferente. Quizá lo más aproximado al futuro sea entonces el inconsciente, el sueño o la intuición que aparece como un destello de lo venidero. Todo ello lo fabrica el deseo, que conduce, intenciona, hacia algo que está más allá de sí mismo. Al encaminarse, ya está construyendo el futuro. Su símbolo es, pues, el faro hacia el cual se navega.
El solicitar algo incansablemente, el rezo constante, constituyen las brújulas hacia ese faro. No obstante, la voluntad no lo es todo. Se ha de conceder la gracia para que ello se cumpla y acontezca. Es un fifty-fifty circunstancial y voluntarioso. Añadiendo que ni las circunstancias son férreas ni la voluntad, fija. Cualquier cosa es cambiante y modulante. Hasta los designios brujeriles se transforman cada día: la carta que ha salido hoy no será la misma de mañana. Bailamos encima de un puzle móvil en el que cada pieza puede encajar perfectamente con la menos esperada.
La expresión “arrojados al mundo” aún resulta demasiado suave para explicitar este panorama. No se arroja a algo fijo, sea un desierto o una selva, sino a las arenas movedizas o a los océanos embravecidos. No hay asidero para el hombre. Por eso anhela la estabilidad, y éste ha sido el fin de todas las civilizaciones. Las guerras, las invasiones, los cambios de poder, las hambrunas, las epidemias, han desestabilizado y producido el fin de aquéllas.
La paradoja cruel del hombre consiste en desear lo mejor y al intentar realizarlo desestabiliza el entorno. La fisura entre la praxis y la idea resulta tan enorme que la mayoría cae en el foso de la indiferencia, sin apenas conseguir nada de la vida. La tarea ardua es construir ese puente que una ambas. Lanzar al vacío las cuerdas que mantengan en suspensión al equilibrista que parte de una intención y arriba a su encarnación. Es la puesta en escena del Frankestein de Mary Shelley: dotar de carne a lo que es un suspiro de la mente. La más de las veces sólo se consigue un monstruo.
Por eso el artista se evade de la realidad, no quiere fabricar monstruos, sólo jugar con ideas que no dañen a nadie. Aunque a veces el monstruo alza la mano y agarra la idea ofrecida para tejerse un manto que lo oculte. Es tarea del pensamiento crítico, entonces, el desenmascarar aquello oculto. También puede dar parámetros para evitar una nueva ocultación, pero no puede construir puentes. La praxis se le presenta casi como aquella cosa en sí inabordable e inasequible. Cuando la acecha, ésta se tuerce, se gira, y le ofrece una cara todavía menos amable.
La profesión más arriesgada y criticada es la del político, porque genera praxis continuamente y de manera global, enlazando a todos en lo que considera su futuro. Si este futuro le beneficia sólo a él o a los que considera los suyos, cae en la ideologización más banal. En cambio, si es altruista y quiere beneficiar a todos, entonces deviene en un ser auténtico. Pero sabiendo que haga lo que haga producirá daños colaterales y que las arenas movedizas acabarán por engullirle.

Tendré que masticar varias veces lo que expones. Te responderé con más criterio, si lo hubiese.
ResponEliminaGracias Rafael, me dejo llevar por mis lecturas y mis pensamientos.
ResponEliminaAlgunas veces a mi entender no estoy muy conforme con esas percepciones y razonamientos tuyos, cuando ocurre trato de verificar mis postulados, descubriendo mis errores o aciertos. Todo es cultura, un tiempo a ese tiempo que nos une y nos distancia
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