dimarts, 23 de febrer del 2016

El Carnaval.


A pesar de haber transcurrido el Carnaval, seguimos inmersos en un carnaval político, lo que impele a dilucidar sobre el significado de tan magnánima fiesta. “De la Navidad al Carnaval, siete semanas sin igual”. Si recordamos la Navidad con los genios que daban la vuelta al tiempo, ahora, por Carnaval, ya está el mundo del revés. De aquí el dicho que todo vale en esta época. Cualquier cosa es permitida y cualquiera puede cambiar de personalidad (el hombre puede ser mujer; la mujer, hombre; el campesino, obispo…) La única ley que gobierna es la de la fiesta, con el fin de relajar las rígidas normas sociales cotidianas y establecer la igualdad entre las personas. Las cadenas sociales se rompen, como válvula de escape para salvaguardar el orden establecido el resto del año. Los medios para conseguirlo son la máscara, el disfraz y la risa. Amparados con estos medios se puede criticar a las clases sociales que ostentan el poder o a quien se haya salido de madre durante el último año.

El origen de la fiesta, como la de Navidad, es el hecho de anticipar la primavera, pero con mayor ansia todavía, pues ya se acerca el final del invierno. Al hombre siempre le ha preocupado la realidad cambiante de la naturaleza. Quiere entenderla para poder dominarla, prever la cosecha, la caza, y almacenar provisiones para cuando vengan las épocas difíciles. Cuando la naturaleza parece muerta, el instinto del hombre le enseña que ha de actuar para conseguir que renazca. Desde celebrar a los difuntos con el fin de ayudar a crecer las simientes, ya que están enterrados a su vera; o bien, en el extremo opuesto, celebrar las fiestas ligadas al culto de la fertilidad. Por el efecto mágico del contagio, fiestas como las bacanales romanas procuran la reproducción de la naturaleza. Estas fiestas vienen de las Dionisias griegas, también dedicadas a la procreación y celebradas al comienzo de la primavera. Curiosamente, el dios Dionisio era de Tracia, en donde ejercía como dios de las almas y representaba el despertar de la naturaleza.

El muñeco de Carnaval es así heredero de Dionisio y es el símbolo de una fiesta lunar. Se establece a partir del primer plenilunio del equinoccio de primavera: el domingo siguiente es el de Pascua de Resurrección y el anterior el de domingo de Ramos. El miércoles de ceniza será cuarenta días antes del domingo de Ramos, y el Carnaval, los días anteriores al miércoles de ceniza.

El Carnaval se compone de los cuatro jueves anteriores que son el de los amigos, el de los compadres, el de las comadres y el lardero. En el primero se invita a los amigos y el domingo de dicha semana empiezan a salir los primeros disfrazados. En el segundo, los padrinos llevan a merendar a sus ahijados. En el tercero, las madrinas a sus ahijadas y se acuerda el menú del jueves lardero: las tortillas de butifarra, el cocido y las cocas de piñones. Después vienen ya los días de las rúas, las comparsas (grupos de jóvenes acompañados de músicos), los discursos y el testamento del muñeco de Carnaval. Finalmente, se acaba todo el miércoles de ceniza, que recuerda al hombre que es mortal y debe cuidar de su vida espiritual; no tan solo de la carnal (carnaval también significa la fiesta de la carne).

dimarts, 16 de febrer del 2016

La escritura como praxis vital.


Pétalos de rosa.
El hombre ejercita su libertad en la praxis. Sin praxis una nebulosa vital se extiende, dando lo mismo el blanco que el negro, pues al no experimentarlos y quedar como ideas, resbalan por el tobogán de la indiferencia.

No obstante, cuando las ideas hieren la carne y duele, entonces se toman decisiones y se ejercita el libre albedrío. Suele acontecer ello en las situaciones políticas: para la mayoría resultan indiferentes mientras no peligre su vida laboral, familiar, social y de subsistencia. Incluso cuando la idea política amenaza el sistema, se prefiere girar la cara y hacer ver que no sucede nada. Los ideólogos aprovechan el abandono popular y van conquistando la idiosincrasia con una facilidad enorme. Plenamente instalados es cuando muerden los medios existenciales de esa masa que permanecía en el limbo. La reacción deviene demasiado tarde, la escabechina ya ha tenido lugar. Las quejas del pueblo son tomadas a guasa y los que ejercitan el poder menosprecian, acorralan y encarcelan a los que osan pensar por sí mismos y levantar la cabeza.

¿Qué le queda al pueblo? La resistencia y el operar ocultos. Un medio es la escritura para contrarrestar los panegíricos ideológicos. Una escritura crítica que desmonta falacias y abra conciencias. Una escritura de lucha que convierta la rosa en un arma: cada pétalo al caer acaricia unos párpados dormidos que despiertan y buscan soluciones. Porque no es suficiente el derecho al voto cuando la ley electoral es injusta y favorece siempre a los mismos. Porque no es suficiente pertenecer a un sistema en el que el pueblo permanece contemplativo mientras una minoría accede al poder y toma las grandes decisiones de todos. Porque no es suficiente tener la idea del libre albedrío pero no poderla poner en práctica.

Hay muchas maneras de ejercer el totalitarismo. No hace falta ser un déspota para ello. Simplemente decidir que la mayoría de una población no existe, anular sus derechos y mantenerlos en silencio. Quien es escritor hace entonces de su escritura una denuncia en mayúsculas, si bien antes las minúsculas dominaban su estilo. Del abanico de sentimientos y pensamientos el escritor se concentra en uno solo de ellos: la indignación compartida de ser ninguneado y conducido al ostracismo. Que el decir y el hacer de la mayoría sean reducidos a la nada por una minoría, es el “j’acuse” del escritor.

La escritura es la praxis vital que posibilita que todos y cada uno de nosotros tengamos la nuestra propia.



dissabte, 13 de febrer del 2016

"Ya no es".


Red de pesca.
El terrorífico “ya no es” irreversible. El “todo pasa y nada queda” de Santa Teresa de Ávila, nos aboca a una curiosa reflexión sobre el pasado. El ser humano en su estado de no-resuelto y deviniente, contempla su gestación en el tiempo, en un alternativo emerger y desaparecer acontecimientos. Entonces, como si estuviera en la mar, arroja una red de pesca y rescata sólo unos cuantos de aquéllos que formarán su memoria, su pasado.

El pasado de cada cual es diferente, porque aun siendo los mismos acontecimientos, las redes son diferentes, y el modo cómo se amarran a ellas también. Luego, el pasado es subjetivo y cada cual se construye el propio. En un juego de memoria y olvido, no sólo rescatamos unos hechos, sino que además los perfilamos a nuestro antojo. Cada pasado es una construcción en la que lo objetivo no tiene ningún sentido. Es impropio hablar de mentiras o verdades. El terreno que pisamos es el de las certezas que iluminan la vida. De las linternas que cada uno recoge en el camino de la oscuridad completa.

Así, de la infancia, unos recogen la parte más desgraciada y se inmolan en ella. Otros, en cambio, la parte más alegre, que les procura enfrentar la adversidad con una sonrisa en los labios. Capacidad ésta denominada de resilencia. El porqué unos la tienen y otros no, constituye un misterio abonado en el campo de lo subjetivo.

El arrastre del pasado al presente para no abordar éste último, es propio del hombre que no quiere reflexionar. Lo dado ya no es ni puede volver a ser. No obstante, se arrastra una idealización de lo que fue y se justifica así el presente. Se sueña con tiempos mejores basados en un pasado idílico que se cree entonces que regresará. Así se fundan los nacionalismos y los totalitarismos en general, al intentar involucrar a todos en el sueño de unos pocos, devenidos ya en fanáticos, por no entrar en razón. Entrar en razón, meditar, reflexionar, hace que ese pasado idealizado se disuelva y acaben los sueños. No hay paraísos pretéritos, ni tampoco utopías futuras.

El “todo pasa, nada queda” debería ser un axioma humano para avanzar. No hay pasado que te agarre, culpa que penar, anquilose que no se pueda deshacer. Lo subjetivo se puede contrastar y cambiar lo que daña a la persona, porque no hay verdades absolutas. Si la red aprisiona demasiado, huélgala.

dimarts, 9 de febrer del 2016

El futuro.


Bola de bruja.
El futuro es cosa de brujas. Nadie lo puede asegurar, aunque sí prever estirando los hilos del presente. A veces se estiran tanto que se rompen en mil pedazos y lo que iba a ser deviene en otra cosa diferente. Quizá lo más aproximado al futuro sea entonces el inconsciente, el sueño o la intuición que aparece como un destello de lo venidero. Todo ello lo fabrica el deseo, que conduce, intenciona, hacia algo que está más allá de sí mismo. Al encaminarse, ya está construyendo el futuro. Su símbolo es, pues, el faro hacia el cual se navega.

El solicitar algo incansablemente, el rezo constante, constituyen las brújulas hacia ese faro. No obstante, la voluntad no lo es todo. Se ha de conceder la gracia para que ello se cumpla y acontezca. Es un fifty-fifty circunstancial y voluntarioso. Añadiendo que ni las circunstancias son férreas ni la voluntad, fija. Cualquier cosa es cambiante y modulante. Hasta los designios brujeriles se transforman cada día: la carta que ha salido hoy no será la misma de mañana. Bailamos encima de un puzle móvil en el que cada pieza puede encajar perfectamente con la menos esperada.

La expresión “arrojados al mundo” aún resulta demasiado suave para explicitar este panorama. No se arroja a algo fijo, sea un desierto o una selva, sino a las arenas movedizas o a los océanos embravecidos. No hay asidero para el hombre. Por eso anhela la estabilidad, y éste ha sido el fin de todas las civilizaciones. Las guerras, las invasiones, los cambios de poder, las hambrunas, las epidemias, han desestabilizado y producido el fin de aquéllas.

La paradoja cruel del hombre consiste en desear lo mejor y al intentar realizarlo desestabiliza el entorno. La fisura entre la praxis y la idea resulta tan enorme que la mayoría cae en el foso de la indiferencia, sin apenas conseguir nada de la vida. La tarea ardua es construir ese puente que una ambas. Lanzar al vacío las cuerdas que mantengan en suspensión al equilibrista que parte de una intención y arriba a su encarnación. Es la puesta en escena del Frankestein de Mary Shelley: dotar de carne a lo que es un suspiro de la mente. La más de las veces sólo se consigue un monstruo.

Por eso el artista se evade de la realidad, no quiere fabricar monstruos, sólo jugar con ideas que no dañen a nadie. Aunque a veces el monstruo alza la mano y agarra la idea ofrecida para tejerse un manto que lo oculte. Es tarea del pensamiento crítico, entonces, el desenmascarar aquello oculto. También puede dar parámetros para evitar una nueva ocultación, pero no puede construir puentes. La praxis se le presenta casi como aquella cosa en sí inabordable e inasequible. Cuando la acecha, ésta se tuerce, se gira, y le ofrece una cara todavía menos amable.

La profesión más arriesgada y criticada es la del político, porque genera praxis continuamente y de manera global, enlazando a todos en lo que considera su futuro. Si este futuro le beneficia sólo a él o a los que considera los suyos, cae en la ideologización más banal. En cambio, si es altruista y quiere beneficiar a todos, entonces deviene en un ser auténtico. Pero sabiendo que haga lo que haga producirá daños colaterales y que las arenas movedizas acabarán por engullirle.

diumenge, 7 de febrer del 2016

El presente.

Levitación.
Hablemos del presente sin evadirnos, sin escurrirnos hacia el pasado o hacia el futuro. La realidad de facto ahora, no la que fue o la que acabará siendo. Porque la realidad-enfrente es más difícil de abordar que la situada a los lados, porque está sucediendo en ese mismo instante y no se puede frenar para pensar sobre ella. El pensamiento ha de ir veloz y parejo a la actuación. Agarras algo con la mano y al mismo tiempo viertes tu pensamiento sobre ello: sobre la acción acometida, sobre el objeto sujeto por el sujeto, y sobre el sujeto mismo que desempeña tal acto. Suele suceder entonces que el sujeto queda paralizado en el mismo acontecer, reflexionando sobre el momento y aparentando ser torpe cara los demás que coactúan con él. Es la torpeza del pensante que invade su presente, haciendo más interesante el pasado o el futuro. Los que conviven con él lo ven como un ser en suspensión, suspendido en el vacío, pues la acción que lo rodeaba se ha desvanecido. Sin embargo, el que levita visiona y puede atraer entonces la acción más favorable a sus circunstancias y las de los demás, desechando las superficiales o nocivas. Suspensión y presente constituyen una combinación interesante, dada a unos pocos, pues la mayoría sólo puede suspenderse apoyándose en el pasado, estirándolo de tal modo que le sirva de colchón para dormitar lo activo y soñar. El hombre actual sueña, pero no medita. Sueña con un pasado mejor y lo proyecta como un puente hacia el futuro. Pero se salta el rio del presente, por eso sueña. En cambio, el que medita se moja en el rio. Se empapa bien de las aguas para meditar sobre su origen, sabiendo que luego predecirá el curso de las mismas y ganará el futuro. El soñador es un perdedor, carece de futuro, porque hace de su pasado el presente, y niega a éste como tal. Meditar sobre el presente, he aquí la clave. Se medita políticamente, socialmente, familiarmente, individualmente y hasta atómicamente. Se hace ciencia: política, social, antropológica, física… Se conoce así al hombre, se le deviene históricamente hacia el origen, y se le concluye en el futuro sabiendo que cometerá los mismos errores de siempre. Provocará las mismas guerras una y otra vez, la historia jamás le servirá de preceptora, porque a diferencia del animal, el hombre la olvida, la quiere borrar de sus genes, para no cargar con el peso excesivo de la conciencia. El hombre está destinado a ser conciencia, y por ello mismo lucha contra su destino. Lucha desesperadamente y se torna diablo para negar los hechos que le abren la luz, y sumirse de nuevo en la oscuridad. No acepta el regalo de la vida, ya que le obliga a ser agradecido, a cuidarse y cuidar de los otros. A realizar un esfuerzo físico-espiritual que le rescate de sí mismo entregándose a los demás. El pobre diablo busca el camino fácil, la huida burlesca a través de la carne, y se ahoga en ella; al carecer de espíritu, no halla la válvula de oxígeno. El oxígeno está afuera, en la luz, y hay que escalar para salir de la oscuridad. Arañar costras, rasgar velos, desenmascarar lo que no es auténtico. Ésta es la labor del presente. Presentémonos.

dimarts, 2 de febrer del 2016

El amor en tiempos nacionalistas.


Cupidos.
La educación sentimental de mi época pasaba todavía por las miradas lejanas de deseo y la dificultad de todo acercamiento. Dicha dificultad provocaba la aparición de los flechazos y de las idealizaciones galopantes que sumían la vida cotidiana en una vaporosa nube de color de rosa. El ser amado era elevado a los altares, alabando sus perfecciones hasta la saciedad, con las amistades que nunca se cansaban de escuchar, pues también ellas estaban sumidas en los mismos delirios. Frases como “hoy lo he visto por la calle”, “me ha mirado”, “¿le gustaré?”, eran la coletilla habitual entre las amigas de la época. El “aquí te pillo y aquí te mato” todavía no se llevaba y las odiseas sentimentales de cada cual duraban siglos hasta conseguir llegar a puerto.

En el nacionalismo estas odiseas aún se complicaban más porque tenías que expresar tus sentimientos más íntimos en una lengua que no era la tuya. Ello daba pie a unos diálogos imaginarios interminables en los que la conciencia jugaba a dos bandas: por un lado, el papel del ser amado con todo lo que te había dicho o te habría podido decir; por otro lado, tu propia representación, jugando a ser mujer fatal o niña buena.

Después de pasar las veladas nocturnas con estas escenificaciones teatrales que conducían a las frases más enrevesadas, llegaba la hora de la realidad, el encuentro con el amado, y resultaba ser decepcionante. Me sumía en el silencio pensando que todo lo que dijera estaría mal dicho o que no lo expresaría bien, con la consiguiente pregunta de la pareja: “És que no em dius res?” Y yo me marchaba de nuevo a mi casa, cabizbaja, sintiéndome la persona más idiota y sosa de este mundo. De nada servían mis montajes escénicos.

Con el paso del tiempo y la madurez conseguí tener un novio tardío con el cual empezar a expresarme tal cual como era yo. Me sirvió de lanzadera, pero como toda lanzadera, acaba quemada y destruida. El novio en cuestión se reía de mi lenguaje peculiar y su familia, afiliada a Convergència i Unió, me veía como un bicho raro con dos patas y dos antenas. Ni qué decir tiene que me llevaron a los lugares más nacionalistas y patrióticos que cabe. Me hicieron subir montañas y bajar a valles repletos de esteladas. Comulgar con todas las tradiciones, esplais y encuentros diversos con los catalanistas de más peso. Agradezco su intento de conversión fehaciente, pero, desgraciadamente, yo ya tenía otra religión, que era la del pensamiento crítico. Y por esta vía se destruyó mi noviazgo. Las últimas palabras que me retransmitió mi exnovio de su familia fueron éstas: “Això et passa per relacionar-te amb espanyolistes!!”.

dilluns, 1 de febrer del 2016

Una catalana en el nacionalismo.


Sin palabras.
Mi primera imagen de conciencia del mundo fue en casa, mirando la tele, en unas inesperadas vacaciones del colegio, teñidas de tristeza, porque quien había regido el país durante cuarenta años acababa de fenecer. Una corona de rosas blancas y un círculo de hombres y mujeres rodeando el féretro, me hizo entender que algo grave estaba sucediendo. En mi hogar, nadie descorchó una botella de cava, porque mi padre, catalán, se había casado con mi madre, una madrileña de padre andaluz y madre castellana. En cambio, en otros hogares, como el de mis primos, hijos de “auténticos catalanes”, sí que brindaron con cava la muerte del dictador.

Recuerdo la Transición que vino después como una época muy dulce y abierta de pensamiento y de sentimientos. La gente se relacionaba amablemente, y por la televisión, programas como “La Clave” o “A Fondo”, películas como las de Bergman o Saura, ampliaban las conciencias con temáticas nuevas y profundas. Luego llegó la explosión del socialismo y de la mano, la figura de Jordi Pujol, que ha marcado la infancia y la juventud de toda una generación: la mía.

El socialismo dio pie a que los nacionalismos pudieran abrir el coto de caza, y en un equilibrio insólito se mantuvieron los dos “ismos” estables durante un período aproximado de veinte años. Dos décadas de otro tipo de dictadura silenciosa, que poco a poco se iba inflando como el muñeco de michelín.

En aquella época nos expresábamos en castellano, hasta que un día se impuso el catalán en la escuela. Ello supuso una reestructuración repentina del horario escolar, que ya llevábamos a tope con otros idiomas como el francés o el inglés. Al mismo tiempo, interrumpieron en la familia los nuevos aires: aquellos familiares considerados auténticos aconsejaron a mi padre que se dirigiera a nosotros sólo en catalán, y que viéramos los programas infantiles que en esta lengua se empezaban a retransmitir.

El coto se iba ampliando: las amistades de siempre cambiaron de la noche al día de lengua, y una cierta ideologización empezó a aflorar en el ambiente. Si alguien osaba criticar al líder nacionalista, enseguida era tildado de “botifler” o españolista. Al final, se optaba por la queja silenciosa.

Tiempo de silencio también para la administración obligada a cambiar de lengua. Los funcionarios y los profesores lloraban amargas lágrimas por tener que hablar y pensar en una lengua que no era la suya. Como un espejo colocado del revés, todos aquellos que en su día padecieron la opresión franquista, ahora ejercían la misma opresión contra sus propios hermanos.

Dicha opresión, en términos eufemísticos, se denomina la inmersión. Pero se trata de un bautizo de agua, que no de sangre, pues los totalitarismos jamás se han podido ganar el corazón de las gentes. Han hecho de Cataluña una sociedad de hipócritas: la tarjeta de presentación es la lengua y el pensamiento único, pero luego cada uno en la intimidad utiliza la otra lengua ninguneada y el pensamiento variado y crítico.