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| El beso de Judas. |
Al igual que “La hija de Ryan” la protagonista de este relato se ve sometida a la traición de un Judas: su propio padre. Un padre falto de empatía, egoísta y cruel, que hace girar el mundo en torno a sí mismo. El mundo se convierte en la recreación del Yo en mayúsculas: “yo quiero esto así, yo dispongo, esto es mío, yo lo decido”. No existen los argumentos; la comunicación brilla por la ausencia; el diálogo supuesto se vuelve burlesco y menospreciador.
Indiferencia hacia el resto de la humanidad, burla siempre burla, y la actuación a escondidas y bajo mano, caracterizan la personalidad del monstruo. El condimento final del brebaje infecto resulta ser la negación de la realidad: aquí no ha pasado nada. Lo externo jamás puede interpelar, a modo del nirvana budista. Un nirvana que somete a todos en el silencio y la prudencia máxima.
Los hijos y la familia callan, por vergüenza, y tapan al monstruo: es imposible mostrar en sociedad a un ser tan inhumano, tan impresentable. Misógino, huraño, denigrador; tener a un personaje tan encantador como padre, resulta delicioso. Así como su concepción de la paternidad: “tener hijos es criar cuervos. Acaba con ellos rápido, porque, si no, te sacarán los ojos”.
Dios, ¿pero de dónde habrá salido esta figura quijotesca? Generación maldita de hombres criados en la posguerra española. Vivieron la niñez encerrados en armarios y azoteas, enjaulando palomas, como símbolo de su propia castración y encierro. Seres reprimidos, sin valores, ni empatía ninguna hacia los demás.
Con los años, esta falta de empatía se transforma en crueldad manipuladora. Aparentar cercanía hasta conseguir el objetivo perseguido, que siempre ronda el acrecentar el dominio caciquista. Ser cada vez más Yo, a costa de poner sobre la palestra a un hijo si hace falta. Y los hijos ingenuos y atemorizados sin saber nunca por qué, caminan sobre un jardín repleto de alacranes escondidos: esto es el padre.
El hijo se cuestiona siempre: ¿qué he hecho mal? ¿Por qué nunca recibo cariño y aprecio? ¿Qué pecado cometí al nacer para no ser nunca admitido? Y el hijo cada vez se esfuerza más en hacerlo todo bien y llegar cada vez a mayor lejanía, para ver si así recibe por fin la aprobación del padre. Pero no lo consigue, y piensa, quizá yo no, pero a lo mejor mis propios hijos sí.
Y los nietos surgen hermosos y buenos, crecen como soles, pero el padre, ahora abuelo, siente crecer en su interior una rabia y un rencor putrefactos. Lo externo torna a perturbar su orden solipsista, su Yo absoluto. Y cual nazi aplica la solución final: el genocidio de la familia. Cualquier excusa es válida para justificar la aniquilación de lo que se creía amenaza para la raza aria. Por unas monedas, Judas traiciona a Jesucristo; para que nadie le moleste, un padre sacrifica a su hija. Yo acuso.

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