dissabte, 24 de maig del 2014

Conjurar el mundo.


Intensidad.
Conjuramos el mundo al contemplarlo. En la contemplación rescatamos aquello diferente de lo que se repite. Preguntamos a la repetición por su diferencia.

La repetición es la necesidad del mundo. Es la habituación necesaria para contraer las cosas y poderlas representar, en un espacio y tiempo conservados.

El ser viviente, mediante el hábito, puede dar respuestas al mundo. Puede habérselas con las cosas y consigo mismo.

Pero en la repetición se halla la diferencia. La diferencia es lo que se distingue: los puntos cardinales que revelan la figura. La determinación, el único momento de la presencia. El instante brillante que arrastra consigo lo indiscernible, porque no hay figura sin fondo.

El fondo, junto con la figura, sube a la superficie. Es imposible el divorcio: materia y forma siguen manteniéndose unidas. No obstante, las formas se disipan cuando el fondo se eleva. Cobra éste una existencia autónoma que transformará a la forma en mera línea abstracta.

La línea abstracta actuará como un rayo que cae directamente sobre el alma. El impacto será bestial. Estamos bajo el influjo de la diferencia.

¿Por qué necesitamos la diferencia? Porque la indiferencia es el abismo y la nada blanca. En la nada blanca flotan las determinaciones que no han sido ligadas, como los cadáveres desperdigados del sótano de la Complutense.

Cuando la determinación se hace una, surge el pensamiento. El pensamiento sostiene con fuerza una relación unilateral y precisa con lo indeterminado. Es el hacer último del hombre, el saber a qué atenerse. El hombre construye conceptos o generalidades para aprehender los objetos de la realidad. Pero no ha de quedarse en la generalidad, el concepto ha de abocarse al individuo. Lo ha de palpar. Cada individuo debe tener su concepto propio. Es la esencia individual forjada en el medioevo.

Duns Escoto nos habló de la última realidad de la cosa, lo que la individualiza, que no es la materia ni la forma, ni el espacio ni el tiempo. Es la “haecceitas”. La diferencia individual que determina a los sujetos que son capaces de existir. Los estoicos ya constataron la inexistencia de dos identidades exactamente iguales. Y Leibniz, posteriormente, insistió en la diferencia interna de cada ser, fundada en una denominación intrínseca.

La diferencia es, pues, un principio positivo, inherente a la esencia. En Deleuze será la intensidad. De la intensidad profunda se conjura la extensión del mundo. La creación es producir líneas y figuras de diferenciación. El hábito evitará que el acto creador se pierda en el vacío. Al hacer posible la permanencia de este acto creador, el hábito asegura la plenitud del ser.

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