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| Alma. |
El tercer orden remite a lo simbólico. No es real, ni tampoco imaginario. ¿Nos vamos a la arqueología del pensamiento? Lo simbólico es el principio de una génesis, el subsuelo de todas las tierras de la realidad y de todos los cielos de la imaginación.
Los elementos simbólicos son los átomos que forman el todo y las variaciones de las partes. Son combinatorias de elementos formales que no tienen significación, pero que a partir de ellos se pueden interpretar las obras.
El tercer orden trata de descubrir el punto original donde se forman y enlazan las ideas y las acciones, el lenguaje, la creación. No posee significación, pero sí sentido de posición. Se trata de lugares de un espacio estructural que son anteriores a las cosas y a los seres reales que vendrán a ocuparlos después, y a los roles y acontecimientos imaginarios que aparecen en cuanto los lugares se ocupan. Estamos ante un mundo relacional y topológico.
Los sujetos al ocupar su puesto modelan el ser, porque la cadena significante les recorre. El desplazamiento del significante determinará a los sujetos en su destino. El destino aparecerá en la combinatoria y circulará gracias al sinsentido de la estructura. Lo definirá la expresión: “pensar es arrojar los dados”.
Son los fonemas que sólo existen por las relaciones que mantienen, determinándose recíprocamente. ¿Qué es sino la estructura? Un sistema de relaciones diferenciales a partir del cual los elementos simbólicos se determinan recíprocamente. Estas relaciones, además, poseen singularidades que trazan el espacio de la estructura. Son las que definen los roles y las actitudes.
Si rompemos las singularidades, si rompemos el lugar, si anulamos las diferencias de espacio y tiempo, quedaría un éter homogéneo, una superficie que oculta al inconsciente formado por leyes estructurales a punto de aflorar. Aflorarán porque el inconsciente pregunta, se cuestiona, y la respuesta será la puesta en acto de la estructura correspondiente. ¿Somos máquinas deseantes?
Las sociedades son racionales en sus engranajes. Pero en el fondo de toda razón está el delirio, la deriva. La racionalidad es siempre de algo irracional. El modo en que la gente de una sociedad persigue los intereses definidos por el marco de la misma es racional. Sin embargo los deseos se hallan bajo los intereses. Los deseos son los flujos libidinales-inconscientes que constituyen el delirio de una sociedad.
En el capitalismo actual son los flujos de moneda, los medios de producción, la mano de obra, y los nuevos mercados, el deseo que circula. Todos deseamos acceder a los mismos y los engranajes de nuestra maquinaria nos conducen de un modo racional a su adquisición. El inconsciente es intersubjetivo al igual que la conciencia social. ¿Pero dónde queda entonces la radicalidad del sujeto, la diferencia, si se constituye a partir de un juego de reciprocidades?
Hablamos del alma y del destino como ruptura de toda ley, como transgresión, como don, como rapto. No somos de este mundo.

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