divendres, 16 de maig del 2014

El río helado.


Niña de plata.
La niña de plata deposita una olla sobre la cocina de carbón del habitáculo. Espera a que arda y la lleva corriendo a su madre al río. La progenitora tiene las manos despellejadas: lava la ropa del vecindario en el cauce helado. Aporta así unas monedas al hogar de cinco hijos que mantiene junto al esposo, un pastor de ovejas.

Son Lilith y Sebas, que consiguen por fin salvarse del ángel caído, y hallar refugio en un mísero villorrio, a principios del s.XX. En aquella época un enorme río linda el lugar y el caudal resulta copioso. Las calles se cubren de arena y polvo; las casas, de adobe y paja. En los hogares una única estancia se establece, con la mesa, la cocina de carbón y los catres, a modo básico. Las letrinas, en el gallinero, aun a riesgo de asumir los picotazos.

La disposición hogareña no dista mucho de la actual, donde el comedor se destina a las visitas, la vida en la cocina, y lo que pueda ensuciar afuera en el patio. En la meseta castellana los inviernos son muy fríos, y los veranos calurosos. Para soportar el duro invierno, dedicado a la labranza y el pastoreo, se consumen suculentos cocidos, repletos de tocino, jamón y morcilla de la matanza del cerdo. Para meriendas y desayunos, el tocino vuelve a ser el rey.

Recordemos si no a Cervantes, cómo su Dulcinea se pringa con agrado de los nutrientes del puerco, no vaya a ser que le adjudiquen una ascendencia nada católica. Cerdo e Iglesia dominan la península, al menos en aquellos tiempos. En verano, época de siega y de procesiones suplicantes. La emoción de portar en hombros a la Dolorosa, la Virgen de las siete espadas y lágrimas de sangre. El mea culpa jadeante y el personal llorando a gritos sus penas.

Los niños sostienen la vida de los padres. Bregan con gallinas, puercos y coladas. Transportan y venden en el mercado. El colegio apenas existe. Se acaba pronto y más si empieza una guerra. La guerra del treinta y seis. La niña de plata ya adolescente marcha a servir a la capital. El cruce de fuegos la destierra muy lejos de la familia. Se matan curas, se matan anarquistas, perros y gatos. No queda nada en pie y la joven atraviesa cadáveres para alcanzar la escasa agua de la fuente.

Mujer con coraje que sigue creciendo y afronta una posguerra en soledad. Funda luego una familia y para subsistir, transitan la península. Recalan en una gran ciudad, comparten vivienda con otras gentes, y cuando salen adelante, ayudan a los familiares recién llegados de provincias.

Niña de plata, mujer de oro, caminas sin descanso, y ayudas a todos. Jamás desfalleces, siempre sacas fuerzas de la nada. Eres Tierra, raíces y árbol. En tu sepelio, una frase se graba a fuego en el corazón: “desde el más allá, sigue queriéndonos”.

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