dimarts, 27 de maig del 2014

Composibilidad.


Leibniz.
Nos vamos al Barroco, nos vamos a Leibniz, a la infinitud y al pliegue. La concepción barroca del universo reside en la afectación de una curvatura. El universo es curvo y produce que las cosas se plieguen. Aquello que envuelve a lo que está plegado será el punto de vista. La inflexión del universo remite al punto de vista, que será otra de las grandes creaciones del Barroco: el perspectivismo.

El punto de vista es el que ordena las series infinitesimales. El infinito en el Barroco es muy importante y Leibniz fue el inventor del cálculo infinitesimal. Lo que envuelve a lo envuelto, el punto de vista, es el sujeto. Y lo envuelto es la curvatura variable, el mundo. El sujeto envuelve el mundo. ¡Qué enunciado más precioso!

Seguimos, el punto de vista no constituye al sujeto, sino que es su modalidad. Su constitución es el ser envolvente. Lo envuelto, el mundo, es el predicado del sujeto. El alma envuelve los estados del mundo como predicados del sujeto. El alma se lee a sí misma. El sujeto es individual, no puede ser colectivo, porque no llegaría a un punto de vista. Cada sujeto es espejo del mundo bajo su punto de vista. El mundo existe como pliegue, encerrado en cada alma o sujeto. El sujeto será la pantalla sobre la que pasa una película.

Dentro de la serie infinita del mundo, cada sujeto responde a una variación. Cada uno lee una región del mundo clara y distintamente. La capacidad de lectura es finita: envolvemos el mundo enteramente, pero sólo podemos leer una porción del mismo.

Otra concepción importante del Barroco es el manierismo. El ser se caracteriza por sus maneras, la sustancia tiene maneras de ser. El predicado, lo que envuelve el sujeto, nos explica aconteceres, relaciones del sujeto con la existencia y el tiempo. Nudos gordianos, torsiones. Y las relaciones de una singularidad con otra combinarán a modo de una teoría de los juegos.

He aquí el gran concepto leibniziano de la composibilidad: de todos los mundos posibles, de todas las combinaciones existenciales, Dios ha dado paso a la vida a la mejor de ellas. El mejor mundo posible es el que cubre con mayor ahínco el espacio de la creación. Es el que gana más amplitud en el juego. El que rellena con más figuras el cartón disponible. De aquí se deriva la misión del hombre: aumentar la región iluminada que nos corresponde, ganar en profundidad. Cada alma porta un acta sellada, su destino. ¡Despliégalo!

El condenado, el diablo no redimido, es el que permanece en su estrechez de miras. El que vomita el mundo fuera de sí, quedándose en la franja del odio: el odio a todo, a todos, a Dios. Se regocija en el placer de la expulsión: estoy jodido pero lo siento con satisfacción, por fin soy yo a secas. El alma retrocede en la oscuridad y da la espalda a la luz. Molesta que la naturaleza, el todo, Dios, se pasee por los objetos convirtiéndolos en acontecimientos. Molesta la vida.

dissabte, 24 de maig del 2014

Conjurar el mundo.


Intensidad.
Conjuramos el mundo al contemplarlo. En la contemplación rescatamos aquello diferente de lo que se repite. Preguntamos a la repetición por su diferencia.

La repetición es la necesidad del mundo. Es la habituación necesaria para contraer las cosas y poderlas representar, en un espacio y tiempo conservados.

El ser viviente, mediante el hábito, puede dar respuestas al mundo. Puede habérselas con las cosas y consigo mismo.

Pero en la repetición se halla la diferencia. La diferencia es lo que se distingue: los puntos cardinales que revelan la figura. La determinación, el único momento de la presencia. El instante brillante que arrastra consigo lo indiscernible, porque no hay figura sin fondo.

El fondo, junto con la figura, sube a la superficie. Es imposible el divorcio: materia y forma siguen manteniéndose unidas. No obstante, las formas se disipan cuando el fondo se eleva. Cobra éste una existencia autónoma que transformará a la forma en mera línea abstracta.

La línea abstracta actuará como un rayo que cae directamente sobre el alma. El impacto será bestial. Estamos bajo el influjo de la diferencia.

¿Por qué necesitamos la diferencia? Porque la indiferencia es el abismo y la nada blanca. En la nada blanca flotan las determinaciones que no han sido ligadas, como los cadáveres desperdigados del sótano de la Complutense.

Cuando la determinación se hace una, surge el pensamiento. El pensamiento sostiene con fuerza una relación unilateral y precisa con lo indeterminado. Es el hacer último del hombre, el saber a qué atenerse. El hombre construye conceptos o generalidades para aprehender los objetos de la realidad. Pero no ha de quedarse en la generalidad, el concepto ha de abocarse al individuo. Lo ha de palpar. Cada individuo debe tener su concepto propio. Es la esencia individual forjada en el medioevo.

Duns Escoto nos habló de la última realidad de la cosa, lo que la individualiza, que no es la materia ni la forma, ni el espacio ni el tiempo. Es la “haecceitas”. La diferencia individual que determina a los sujetos que son capaces de existir. Los estoicos ya constataron la inexistencia de dos identidades exactamente iguales. Y Leibniz, posteriormente, insistió en la diferencia interna de cada ser, fundada en una denominación intrínseca.

La diferencia es, pues, un principio positivo, inherente a la esencia. En Deleuze será la intensidad. De la intensidad profunda se conjura la extensión del mundo. La creación es producir líneas y figuras de diferenciación. El hábito evitará que el acto creador se pierda en el vacío. Al hacer posible la permanencia de este acto creador, el hábito asegura la plenitud del ser.

divendres, 16 de maig del 2014

El río helado.


Niña de plata.
La niña de plata deposita una olla sobre la cocina de carbón del habitáculo. Espera a que arda y la lleva corriendo a su madre al río. La progenitora tiene las manos despellejadas: lava la ropa del vecindario en el cauce helado. Aporta así unas monedas al hogar de cinco hijos que mantiene junto al esposo, un pastor de ovejas.

Son Lilith y Sebas, que consiguen por fin salvarse del ángel caído, y hallar refugio en un mísero villorrio, a principios del s.XX. En aquella época un enorme río linda el lugar y el caudal resulta copioso. Las calles se cubren de arena y polvo; las casas, de adobe y paja. En los hogares una única estancia se establece, con la mesa, la cocina de carbón y los catres, a modo básico. Las letrinas, en el gallinero, aun a riesgo de asumir los picotazos.

La disposición hogareña no dista mucho de la actual, donde el comedor se destina a las visitas, la vida en la cocina, y lo que pueda ensuciar afuera en el patio. En la meseta castellana los inviernos son muy fríos, y los veranos calurosos. Para soportar el duro invierno, dedicado a la labranza y el pastoreo, se consumen suculentos cocidos, repletos de tocino, jamón y morcilla de la matanza del cerdo. Para meriendas y desayunos, el tocino vuelve a ser el rey.

Recordemos si no a Cervantes, cómo su Dulcinea se pringa con agrado de los nutrientes del puerco, no vaya a ser que le adjudiquen una ascendencia nada católica. Cerdo e Iglesia dominan la península, al menos en aquellos tiempos. En verano, época de siega y de procesiones suplicantes. La emoción de portar en hombros a la Dolorosa, la Virgen de las siete espadas y lágrimas de sangre. El mea culpa jadeante y el personal llorando a gritos sus penas.

Los niños sostienen la vida de los padres. Bregan con gallinas, puercos y coladas. Transportan y venden en el mercado. El colegio apenas existe. Se acaba pronto y más si empieza una guerra. La guerra del treinta y seis. La niña de plata ya adolescente marcha a servir a la capital. El cruce de fuegos la destierra muy lejos de la familia. Se matan curas, se matan anarquistas, perros y gatos. No queda nada en pie y la joven atraviesa cadáveres para alcanzar la escasa agua de la fuente.

Mujer con coraje que sigue creciendo y afronta una posguerra en soledad. Funda luego una familia y para subsistir, transitan la península. Recalan en una gran ciudad, comparten vivienda con otras gentes, y cuando salen adelante, ayudan a los familiares recién llegados de provincias.

Niña de plata, mujer de oro, caminas sin descanso, y ayudas a todos. Jamás desfalleces, siempre sacas fuerzas de la nada. Eres Tierra, raíces y árbol. En tu sepelio, una frase se graba a fuego en el corazón: “desde el más allá, sigue queriéndonos”.

dilluns, 12 de maig del 2014

La muñeca detrás del espejo.


Espejo antiguo.
En el espejo permanecen los trazos de la mirada extraviada de un ser, sin memoria ni recuerdo, que deambula en el limbo de los encuentros fugaces. Son amagos de presencias que se diluyen con el roce de los dedos. La muñeca parece alcanzarlas y sonríe, sin embargo, se trata del gesto inexpresivo de un ente sin vida.

Sobre la superficie blanquecina, enfundada en el dorado opaco del marco, bailan las motas de polvo transfiguradas, gracias a los haces de luz que atraviesan el cortinaje. Ella los observa en la impasibilidad del duermevela.

El espesor de la estancia sostiene el recio comedor junto a la vitrina, que exhibe las ofrendas encapsuladas. Son figuras aniñadas que han perdido a su dueña, pues se ha convertido en una más de ellas.

Cruzar dos mundos y quedarse en medio, sin conciencia. Percibir sensaciones, pero sin poseer la matriz que las acoja. No hay ubicación, el tiempo y el espacio se difuminan. La materialización resulta imposible sin coordenadas. El barco va a la deriva.

Navegando sin rumbo, solo queda embarrancar o la colisión contra un escollo insalvable. Imposible aferrarse a ningún recuerdo. ¿A dónde vas madre? Como un susurro apenas audible la vida pasa delante de ti y no deja huella. Tampoco consigues impregnar nada en ella.

Los seres que te cercan observan la repetición. Se ha borrado la diferencia que te distinguía. El alma ya no está en ti, flota, y no sabemos dónde hallarla. El mundo que sostenía tu presencia se ha derrumbado. La casa de muñecas nunca volverá a estar en pie.

El aire se cuela por la ventana abierta y juega con el dobladillo de la cortina. Es el velo de novia que llevas y te transporta a un altar mágico. Lo presiden las mimosas que revolotean cual mariposas del jardín. Se posan en tu cabello de un rubio frondoso y aletean para elevarte y conducirte lejos de aquí. No eres ya de este mundo.

El mundo que rozaste fue muy tenue y apenas ha quedado señal ninguna. La imagen de una escalera, de un cesto de la compra, del seiscientos anaranjado, la salida del colegio, un veraneo en la playa, y la hamaca de debajo de la morera. Poco más, otras figuras impidieron la realización plena, si es que la llevaras en potencia.

El legado de una vida quizá sea ir más allá de ella. El sentido que uno pueda tener de la misma es intransferible. Lo que valió para tu ser no puede servir para el mío. La apariencia será semejante, pero el fondo variará de color indudablemente. Son demasiadas las pinceladas que cubren: el bagaje, el estudio, la cultura, la experiencia, la diferencia de relación con los seres colindantes…

Sigues en el espejo, reflejando lo que observas. Cierro la ventana y apenas lo percibes. Solo restan los trazos de la mirada: agua líquida.

dijous, 8 de maig del 2014

Hija de un psicópata.


El beso de Judas.
Al igual que “La hija de Ryan” la protagonista de este relato se ve sometida a la traición de un Judas: su propio padre. Un padre falto de empatía, egoísta y cruel, que hace girar el mundo en torno a sí mismo. El mundo se convierte en la recreación del Yo en mayúsculas: “yo quiero esto así, yo dispongo, esto es mío, yo lo decido”. No existen los argumentos; la comunicación brilla por la ausencia; el diálogo supuesto se vuelve burlesco y menospreciador.

Indiferencia hacia el resto de la humanidad, burla siempre burla, y la actuación a escondidas y bajo mano, caracterizan la personalidad del monstruo. El condimento final del brebaje infecto resulta ser la negación de la realidad: aquí no ha pasado nada. Lo externo jamás puede interpelar, a modo del nirvana budista. Un nirvana que somete a todos en el silencio y la prudencia máxima.

Los hijos y la familia callan, por vergüenza, y tapan al monstruo: es imposible mostrar en sociedad a un ser tan inhumano, tan impresentable. Misógino, huraño, denigrador; tener a un personaje tan encantador como padre, resulta delicioso. Así como su concepción de la paternidad: “tener hijos es criar cuervos. Acaba con ellos rápido, porque, si no, te sacarán los ojos”.

Dios, ¿pero de dónde habrá salido esta figura quijotesca? Generación maldita de hombres criados en la posguerra española. Vivieron la niñez encerrados en armarios y azoteas, enjaulando palomas, como símbolo de su propia castración y encierro. Seres reprimidos, sin valores, ni empatía ninguna hacia los demás.

Con los años, esta falta de empatía se transforma en crueldad manipuladora. Aparentar cercanía hasta conseguir el objetivo perseguido, que siempre ronda el acrecentar el dominio caciquista. Ser cada vez más Yo, a costa de poner sobre la palestra a un hijo si hace falta. Y los hijos ingenuos y atemorizados sin saber nunca por qué, caminan sobre un jardín repleto de alacranes escondidos: esto es el padre.

El hijo se cuestiona siempre: ¿qué he hecho mal? ¿Por qué nunca recibo cariño y aprecio? ¿Qué pecado cometí al nacer para no ser nunca admitido? Y el hijo cada vez se esfuerza más en hacerlo todo bien y llegar cada vez a mayor lejanía, para ver si así recibe por fin la aprobación del padre. Pero no lo consigue, y piensa, quizá yo no, pero a lo mejor mis propios hijos sí.

Y los nietos surgen hermosos y buenos, crecen como soles, pero el padre, ahora abuelo, siente crecer en su interior una rabia y un rencor putrefactos. Lo externo torna a perturbar su orden solipsista, su Yo absoluto. Y cual nazi aplica la solución final: el genocidio de la familia. Cualquier excusa es válida para justificar la aniquilación de lo que se creía amenaza para la raza aria. Por unas monedas, Judas traiciona a Jesucristo; para que nadie le moleste, un padre sacrifica a su hija. Yo acuso.

dilluns, 5 de maig del 2014

El tercer orden.


Alma.
El tercer orden remite a lo simbólico. No es real, ni tampoco imaginario. ¿Nos vamos a la arqueología del pensamiento? Lo simbólico es el principio de una génesis, el subsuelo de todas las tierras de la realidad y de todos los cielos de la imaginación.

Los elementos simbólicos son los átomos que forman el todo y las variaciones de las partes. Son combinatorias de elementos formales que no tienen significación, pero que a partir de ellos se pueden interpretar las obras.

El tercer orden trata de descubrir el punto original donde se forman y enlazan las ideas y las acciones, el lenguaje, la creación. No posee significación, pero sí sentido de posición. Se trata de lugares de un espacio estructural que son anteriores a las cosas y a los seres reales que vendrán a ocuparlos después, y a los roles y acontecimientos imaginarios que aparecen en cuanto los lugares se ocupan. Estamos ante un mundo relacional y topológico.

Los sujetos al ocupar su puesto modelan el ser, porque la cadena significante les recorre. El desplazamiento del significante determinará a los sujetos en su destino. El destino aparecerá en la combinatoria y circulará gracias al sinsentido de la estructura. Lo definirá la expresión: “pensar es arrojar los dados”.

Son los fonemas que sólo existen por las relaciones que mantienen, determinándose recíprocamente. ¿Qué es sino la estructura? Un sistema de relaciones diferenciales a partir del cual los elementos simbólicos se determinan recíprocamente. Estas relaciones, además, poseen singularidades que trazan el espacio de la estructura. Son las que definen los roles y las actitudes.

Si rompemos las singularidades, si rompemos el lugar, si anulamos las diferencias de espacio y tiempo, quedaría un éter homogéneo, una superficie que oculta al inconsciente formado por leyes estructurales a punto de aflorar. Aflorarán porque el inconsciente pregunta, se cuestiona, y la respuesta será la puesta en acto de la estructura correspondiente. ¿Somos máquinas deseantes?

Las sociedades son racionales en sus engranajes. Pero en el fondo de toda razón está el delirio, la deriva. La racionalidad es siempre de algo irracional. El modo en que la gente de una sociedad persigue los intereses definidos por el marco de la misma es racional. Sin embargo los deseos se hallan bajo los intereses. Los deseos son los flujos libidinales-inconscientes que constituyen el delirio de una sociedad.

En el capitalismo actual son los flujos de moneda, los medios de producción, la mano de obra, y los nuevos mercados, el deseo que circula. Todos deseamos acceder a los mismos y los engranajes de nuestra maquinaria nos conducen de un modo racional a su adquisición. El inconsciente es intersubjetivo al igual que la conciencia social. ¿Pero dónde queda entonces la radicalidad del sujeto, la diferencia, si se constituye a partir de un juego de reciprocidades?

Hablamos del alma y del destino como ruptura de toda ley, como transgresión, como don, como rapto. No somos de este mundo.

dijous, 1 de maig del 2014

Recrear el mundo.


Bergson.
El mundo se recrea sobre elementos imposibles. Cuando el continente se desarticula, se producen islas que se niegan a ser absorbidas de nuevo. También existe un movimiento de las profundidades que hace aflorar las islas, con un carácter diferente, originario. Pero ambos tipos de islas denotan lo mismo: la oposición mar-tierra. En las primeras islas el mar devora el continente; en las segundas, la tierra horada la superficie marina.

El género humano aparece cuando el combate mar-tierra ha acabado. El hombre recrea entonces el mundo a partir de la isla y sobre las aguas. Se retrotrae hasta el movimiento que conduce a la isla. Se vuelve extraño para reflejar lo primario. Recupera el comienzo para profundizarlo.

En el comienzo la diferencia interna de las cosas se patentiza para que cada una de ellas se distinga de las demás. La intuición humana gozará de la distribución de dichas diferencias. La literatura intentará comprender los contrasentidos que la conciencia le vaya presentando sobre las mismas. Y la filosofía forjará el concepto adecuado a cada objeto para que de su unión surja la diferencia interna.

Las diferencias se distribuirán por articulaciones de lo real. Y las líneas de hechos serán las direcciones que tomen las cosas. Las articulaciones separan y las líneas reúnen. Lo real es el compendio de ambas, y lo más importante será el sentido en que se recorren: divergente o convergente. Las cosas expresan tendencias, y éstas están más allá de su producto. Son el sujeto mismo, y la razón debe llegar hasta él, hasta el matiz y no la categoría. El matiz será la esencia.

Las esencias son captaciones de matices de frecuencias, como la duración que caracteriza una determinada tensión. La duración difiere de sí misma, porque une la sustancia con el sujeto. Substancia en tanto que es indivisible y sujeto en tanto tendencia. Duramos porque somos indivisibles y tendemos a acentuar nuestros caracteres.

La duración interior de la persona es la vida continua de una memoria que prolonga el pasado en el presente. En su continuo cambio cualitativo el presente encierra la imagen cada vez más ampliada del pasado. Pero no se queda sólo en dos tiempos, sino que abarca también el tercero: el porvenir. La memoria es una función del porvenir, porque gracias a ella la persona puede desviarse del pasado.

El recuerdo es contemporáneo de la percepción y se prolonga al momento siguiente. Éste aparece cuando el anterior todavía no se ha desvanecido. Es una contracción que define la duración, y se opone a la repetición. En la repetición sí que el modo presente aparece cuando el anterior se ha desvanecido. Designa la exterioridad, la materia. En cambio la contracción designa la diferencia interna, lo irrepetible. Se da en el espíritu.

La repetición deja al objeto subsistir, lo mantiene en su particularidad. La diferencia lo constituye. Materia y espíritu, repetición y diferencia, así recreamos el mundo, lo hacemos nuestro, humano, después de haber sido creado por los dioses.