dilluns, 31 de març del 2014

Ciberterrorismo.


La compañía de aviones.
La desaparición del avión de Malasia augura una nueva era de ciberterrorismo. La potencia informática ha llegado a un nivel tal que ya se juega a defenestrar aviones. Pero no sólo es un juego, la implicación es mayor; inmensa. Consiste en poner en jaque al sistema informático vigente: eludir radares, sistemas de controles, paralizar un avión entero para que no emita ninguna señal, desoxigenar a sus ocupantes; y todo ello a distancia, sin poner en riesgo la vida del terrorista, como antaño que acababa en suicidio.

Las compañías de vuelo aterrorizadas, los fabricantes de aviones descolocados, los sistemas de seguridad, la C.I.A, el F.B.I, la N.A.S.A, la O.T.A.N, en pie de guerra. En cualquier momento puede volver a ocurrir, quizá en el avión que vayamos a coger la semana que viene. El terrorismo consigue así su objetivo: crear el terror que invada el planeta, que paralice al mundo. Es un reclamo, una llamada desde Tánatos, la muerte.

La muerte limita, pone fin a algo, se supone que para preservar la vida en general. Si algo muere, el resto de la vida se conserva, se limita, para no perecer en una expansión ilimitada. El terrorista no quiere acabar con la vida del planeta, pretende conservar algo para que la extensión inabarcable no acabe con ello. Suele ser un modo de vida tradicional, como el terrorismo árabe, o una concepción nacionalista como la E.T.A o el I.R.A. También los atentados racistas son terroristas, con el fin de preservar la raza aria o autóctona de un país.

Los terroristas no quieren el progreso que acabe con lo originario de un lugar. No desean el universalismo, ni la modernidad, porque destruyen aquello enraizado, aposentado en la tierra durante siglos. Utilizan la muerte como medio, no como fin en sí mismo, para advertir de que lo originario sigue allí y que no debe ser pisoteado. Son las púas del erizo, el veneno de la araña, el aguijón del escorpión. Mecanismos mortales de defensa de especies pisoteadas.

¿Habría que preguntarse, entonces, qué hay de originario detrás del ciberterrorismo? ¿Qué es lo que pretenden conservar? Quizá no se quiera conservar nada, en este caso, sino alcanzar lo que se halla en la filosofía cibernética: un mundo virtual con un poderío inmenso más allá del mundo limitante. Un Mátrix en el que ya se esté dando una guerra de las galaxias por obtener el mejor posicionamiento cara al control de su dominio. Se trata de la conquista de un nuevo Oeste, en donde el mundo real se configura en medio para la lucha final.

Tanto el terrorismo clásico como el moderno comparten, en definitiva, el mismo papel: jugar a ser Dios y convertirse en jueces de la vida y de la muerte de los demás, con fines estratégicos. ¿Qué tal si dejamos de ser dioses y nos comportamos como lo que somos, hombres, que viven y dejan vivir?



diumenge, 30 de març del 2014

El marxismo.


Los grandes del marxismo y su consumación.
Las leyes del mercado corroen el alma. Son valoraciones basadas en coordenadas cuantitativas, mientras que el alma requiere cualidades. La cualidad del esfuerzo o de la aplicación exhaustiva a veces choca contra aquellas constantes establecidas de antemano que marcan el valor del producto final. El marxismo se revela contra estas constantes.

Basado en la denuncia de la plusvalía que se sustrae al trabajador, valora más la persona que no el producto final de su esfuerzo. Por obtener esta mercancía se fragmenta el trabajo, se aliena al trabajador, y la sociedad se divide en clases sociales: los que poseen los medios de producción y los deshauciados.

Los deshauciados son tales porque no disponen de nada: ni tan siquiera del tiempo de su vida. Lo han de entregar todo a cambio de: ¿protección?, ¿supervivencia?, ¿pan y circo? Migajas de opio para seguir tirando, para alienarse todavía más. Son los alienados, los que forman parte del engranaje sin ningún sentido vital para ellos. Viven en la superficie de la realidad, sin poder profundizar en nada, porque les han extirpado el interés y la curiosidad por la pregunta.

Van de reflejo en reflejo, esparciendo fragmentos de su identidad. Pero, ¿dónde queda la dignidad e integridad de su persona? ¿Dónde el espejo que le devuelva la imagen autentificada? La estructura social-económica no lo permite. No cuentan las personas, sino las coordenadas, lo que se pueda convertir en puntos de una línea de medición.

El marxismo boga por la liberación del hombre. El fin, la supresión del Estado como sustentador de los medios de producción y sus beneficiarios. El anarquismo sería la meta inalcanzable que permite la autonomía del ser concienciado, culto y libre que convive con los semejantes sin oprimirlos.

Pero el marxismo se topó con un muro infranqueable, y no precisamente el de Berlín. Concentró la posesión de los medios de producción en el Estado para disolver la división de clases sociales, resultando ser, al final, un fracaso. El Estado se tornó en Leviatán y acabó devorando a los propios hijos. Adiós a la práxis del marxismo.

El marxismo se convirtió así en utopía irrealizable. Nos quedamos con el capitalismo; nos quedamos con la alienación. El uso universal de internet podría ser el nuevo quid de la cuestión que abriese el fin del Estado y de las clases sociales. Cultura y educación al acceso de todos, libre circulación de la información para la concienciación del ser personas. Pero siempre surge un Leviatán que lo impide: los diversos Estados se van alzando para oprimir cualquier intento de libertad. Tienen que sustentar su propia maquinaria funcionarial.

Nuevos grupos de poder sustentados por el capitalismo se esconden tras las redes de información: manipulan, obtienen datos de los usuarios, fortifican sus monopolios, para que las inevitables crisis económicas, generadas por sus excesos, no se tornen contra ellos mismos, sino contra los deshauciados. Deshauciar al deshauciado, este es su lema para enriquecerse todavía más. Y si se quedan sin ellos, no importa, porque siempre surgirán más hambrientos desesperados que se agarren a un clavo ardiendo.

dijous, 27 de març del 2014

Caín.


Caín matando a Abel.
Al igual que Caín la sombra corre después de cometer el asesinato. Ciega, golpeándose contra las rocas, quiere salir del recinto sagrado de las montañas y huir lejos, muy lejos, fuera del alcance de la propia oscuridad mortificante. El ángel oscuro se ríe viendo la agonía del óptico, y para que ésta no tenga fin, decide él mismo llevar al asesino frente al demiurgo.

El demiurgo no juzga moralmente, sólo moldea las formas de lo sensible según las ideas eternas. Cuando recibe al monje agónico, cual masa putrefacta, lo fermenta en la lente perfecta que había creado aquél tras largos años de investigación y estudio. El monje viviría la inmortalidad en la superficie de los espejos, y cada vez que uno de ellos se resquebrajase, sentiría, durante siete años, cómo las grietas penetran en el alma.

El demiurgo enfoca la lente perfecta hacia la estrella más pérfida, y deja que la luz del sol atraviese el cristal, cual mil cuchillos de dolor. La sombra es ya inmortal.

Cuatro siglos después, llegan a las montañas de Montserrat, Jan con Evaristo y Sebas, en el viejo coche atrotinado del párroco. Entusiasmados contemplan el paisaje de las alturas y acuden a hablar con los monjes de forma cordial. Amablemente, les dejan acceder al archivo y constatar la desaparición misteriosa de un monje barcelonés, de origen judío, en el s.XVII. Se llamaba fray Tomás y su nombre verdadero Salomón Leví. Había sido el cartógrafo de las cuevas subterráneas de Montserrat, además de un buen espeleólogo.

Los tres consultan los mapas cartográficos y a Jan le llama la atención la señal que aparece en la cueva más profunda de todas. Es el símbolo del agua. Tiene que existir un lago, y si es así, Jan sabe lo que supone tal descubrimiento. Los libros de magia negra mencionan dicho lugar, donde el supremo de lo oscuro practica y dirige los rituales más siniestros. Jan acaba de hallar el habitáculo del ángel negro.

Los monjes les confirman que jamás se halló esa cueva y que forma parte de una leyenda. Entonces Sebas, el pastor, augura que él la encontrará.

Caín mató por ira, por no soportar lo que consideraba una injusticia. La ira se desencadena cuando se interpreta mal un hecho y se cae en la injustificación. Caín se esfuerza más que Abel, pero el agradecimiento que recibe es escaso. Abel, el agraciado, recibe el honor con la ley del mínimo esfuerzo. ¿Cuántas veces en la vida hemos contemplado estos hechos? Infinitas veces.

La interpretación justa de la historia fraticida sería que el esfuerzo no guarda proporción con la valoración final del resultado. Se apela aquí a la ley del mercado: el valor de la cosa viene impuesto desde fuera, por un equilibrio de constantes. La desgracia de Caín consiste en que de antemano iba a perder, porque la valoración del producto ya estaba dada, independientemente del esfuerzo. Caín recurre a la ira por desconocimiento de las leyes del trueque. Es la ira del ignorante que se siente impotente. Y el asesinato, como todos, producto de la estupidez.

dilluns, 24 de març del 2014

La obra de arte.


El arte de la poesía.
Un lugar nuevo se abre de golpe. Lo más originario del ser, aquello que es anterior a todo lenguaje y válido para la realidad misma, se poetiza. La obra de arte es el camino más auténtico para revelar el ser. Antes de que hubiera mito, antes de que hubiera palabra y pensamiento, el poeta anunciaba lo divino.

Con la obra de arte entra algo nuevo en la existencia. No sólo se desoculta una verdad, sino también un acontecimiento. La ciencia construye el conocimiento correcto de las cosas de la realidad, pero es el arte el único que desvela el ser de estas cosas y lo muestra como un acontecer. Posibilita el ámbito de apertura en el que acontece el ser del ente ahí. Lo ve surgir.

La obra de arte hace surgir el ser y, al mismo tiempo, lo resguarda para que lo contemplemos con toda la intensidad de la tensión producida. Se trata de un sentido profundo e insondable, no de un mero significado. Posee sentido porque además de superficie a la obra de arte le caracteriza una interioridad profunda, que es la de sostenerse a sí misma.

El sostenerse a sí misma es la clave de la obra de arte. Significa que en ella el mundo está ahí. Abre su propio mundo. Por eso no es un simple objeto decorativo. El objeto es tal cuando el mundo al que pertenece se ha descompuesto, cuando ya no cabe en la articulación de su mundo. En cambio, la obra de arte abre y cierra un mundo. Lo cierra su propia materialidad.

La materia de la que está hecha adquiere su auténtica existencia dentro de la misma obra. Los materiales surgen cuando se los emplea, cuando están integrados en la obra. Así el mármol se sostiene de manera más auténtica, hace aparecer el carácter marmóreo de su ser, en el David de Miguel Ángel y no en un bloque cualquiera.

Las nociones antiguas de materia y forma aristotélicas, dejan así de tener presencia en esta nueva concepción heideggeriana. El relevo será los conceptos de mundo y tierra: el mundo abre, la tierra cierra, recoge lo dado en sí misma, integra. El mundo que surge en la obra ingresa en la figura reposada, en su existencia terrena. Su ser es ya vivencia en la existencia. Es un empuje que derriba lo anterior. Abre un mundo que nunca había estado de esa manera, y además lo alberga en la permanencia.

Este empuje de la verdad convertida en acontecimiento, no se cumple en la verdad del concepto filosófico. Por eso, en el arte se comprende el ser mismo, que es el acontecer de la verdad. Comprendiendo el arte se comprende la realidad. En cambio, objetivando la realidad, anulamos el ser. Pues se mostraría sólo la oportunidad de aprovechamiento de lo ente, la voluntad que se apodera del mismo. El arte se resiste a ser poseído. Sugiere algo superior, un ser reposando en sí mismo: la cosidad de la cosa.

dilluns, 17 de març del 2014

El mito de la caverna.


La caverna.
El demiurgo es el hacedor del mundo, el que constituye el todo sensible a partir del molde de las ideas. Es el Artífice, el artesano que deposita el alma de lo circundante. También quien congenia los espíritus con los astros celestes. Lilith, la primera mujer, conoce al demiurgo y conducirá a su amante ante él para conseguir la inmortalidad. El hacedor ubicará entonces la lente perfecta del óptico en el destino de la estrella adecuada. Sin embargo, el ángel caído del lago tiene al monje amarrado a una roca. Convertido ya en oscuridad, sólo puede vislumbrar las sombras de la caverna.

La parábola de la caverna platónica comienza así. Define la situación de una serie de hombres encadenados ante el presente, sin otra visión de sí mismos y de los demás que las sombras proyectadas por un fuego invisible. Ante tal perspectiva, sólo cuentan con el criterio de la cotidianidad. No son capaces de ver en su extrañeza.

De repente, a uno de ellos se le desencadena y se le ofrece la posibilidad de ver las cosas reales que proyectan aquellas sombras. Pero el liberado no puede aún comprender el cambio operado. Se aferra a las sombras, pues requiere su tiempo la puesta en relieve de las referencias de lo verdadero. Lo verdadero es cambiante según la situación del hombre.

El desvinculado, al sustraerle las cadenas, se vuelve inseguro. Todavía no es libre. Se adquiere la libertad en el vincularse que proyecta, cuando se mira a la luz. Primero en el fuego, luego en la verdadera luz externa del sol. El hombre ha de sufrir un doloroso ascenso, arrancado de la seguridad de la cueva (el útero materno), para sustentarse por fin en la superficie. Gracias a la luz reconocerá lo que es. Eso que es, el ente, nos adviene e interpreta el ser. Entender el ser significa proyectar la estructura esencial de lo ente.

Cuando el hombre descubre lo real, decide bajar de nuevo a la caverna y comunicarlo a sus compañeros. Ha dejado de ser un simple hombre y se ha convertido en filósofo, pues porta en su interior la necesidad de entender lo que las cosas son. El filósofo se halla ya en la caverna; sólo le resta la aniquilación. Los demás no admiten más que las sombras e interpretan la desvinculación del filósofo como un acto violento que debe ser respondido con la muerte. Hay muchas maneras de matar a un filósofo, pero la principal es volverlo a sumergir en la oscuridad de la cotidianidad.

Lilith sabía que le esperaba la muerte. Su propio amante la mataría si le soltaba las cadenas. Veía en sus ojos reflejado al ángel oscuro. No obstante, ella era claridad y no podía dejar de hacer su cometido. Mientras lo desencadenaba, sintió cómo la hoz segaba su vida velozmente. Así, de esta forma, comenzó la leyenda de la sombra: con la aniquilación del amor, de su propio amor. No supo esperar el tiempo necesario para ver la luz.

diumenge, 9 de març del 2014

Hipatia.


Hipatia de Alejandría.
Tras ver la divina película de Amenábar sobre la filósofa, uno se cuestiona: ¿y por qué no se casó con el pretendiente bien situado políticamente para así salvar su vida? Lo mismo que uno se pregunta sobre Sócrates: ¿por qué no salvó la vida aceptando la salida que le ofrecían sus amistades? ¿Acaso para un filósofo hay algo más importante que la vida? La respuesta es evidente: sí lo hay.

El filósofo, el vidente, el poeta y el profeta, ocuparon en sus orígenes un campo común. Era todo aquello que quedaba fuera del mundo sensible cotidiano. Una realidad outside, inalcanzable a través del tiempo, y equiparada al ámbito divino. Estos cuatro personajes reproducirán en su alma el orden divino del mundo y serán la puerta de acceso al mismo. Es una esfera invisible y muy codiciada para el resto de los mortales.

El profeta se halla inspirado por Apolo, el poeta por las Musas, y el filósofo por la diosa Razón. Son formas de locura divina que otorgan un poder especial. Todos arrebatados por la pasión son conducidos hacia el interior de la región situada por encima de los cielos visibles. La pasión del filósofo es la búsqueda de la verdad, que implica la crítica racional. Es el más devastador. Los otros, en cambio, son conservadores de un mundo mítico arcaico.

El filósofo descubre el pensamiento que gobierna todas las cosas, y lo descubre tanto en sí mismo como en la Naturaleza. Confía en la identidad de su razón con una parte de la conciencia cósmica para tener la visión de la naturaleza real de las cosas. La fuerza del pensamiento discierne esta realidad oculta a los sentidos. La razón intuitiva “nous” reemplaza así a la facultad superior que actuaba en los sueños y visiones proféticas.

Lo sobrenatural en el filósofo se convierte en lo metafísico. Será el orden inteligible del mundo, y no la mezcla de visiones y sonidos que se presentan ante nuestros sentidos en un flujo constante. La percepción de este orden no proviene de la experiencia. La inteligencia del filósofo surge del poder de intuir y razonar. Aprehende premisas autoevidentes y argumenta a partir de ellas. Descubre las causas del acontecer. El poeta y el vidente se centran, en cambio, en el acontecer mismo: el primero del pasado, el segundo del destino inmediato.

El filósofo revela el ser, la sustancia original del mundo, que es intemporal e imperecedera. Así como el alma inmortal que es la racional, opuesta a los sentidos del cuerpo. Por este orden racional que conecta el mundo con el alma, tanto Hipatia como Sócrates se dejan asesinar. Tienen su alma tan enraizada en la diosa razón que no la pueden traicionar por salvar sus cuerpos sensibles. La realidad del ser resplandece tanto que no la pueden ocultar. Es el sol que se filtra por todas las rendijas. Ante sus semejantes no pueden renunciar y tapar el sol. Resulta ya imposible volver a la caverna.

dilluns, 3 de març del 2014

Formas.


Diálogo filosófico.
Siempre se ha considerado la forma como expresión del contenido. Una mera cuestión estética que adorna aquello que se tiene que expresar. Pero la contemporaneidad ha dado la vuelta a la tortilla, procurando que aquello estético de antaño, sea ahora esencia, el contenido mismo. Lo que se quiere comunicar y elige una forma cualquiera para expresarse, ya no es válido. Sólo existe en cada caso una forma determinada y precisa, pues ella ya es la esencia.

En un diálogo filosófico cada escena representada es esencial para contribuir al fin que pretende. Tomemos el ejemplo de los diálogos platónicos, en los que se implica al lector en la discusión a la que asiste. Lo importante es la reacción que experimenta ante aquello expresado. Platón establece una conexión entre la cuestión que debe ser comunicada y el alma a la que debe ser comunicada.

El lector ha de ingresar en un proceso de transformación interna para conocer la solución del problema. Así la comunicación del saber se sintoniza con el receptor. Por eso el hecho de que Sócrates se paseara por las calles filosofando no es creíble, ya que la filosofía no se brinda, sino que es solicitada por quien pueda tener interés. La finalidad sería eliminar las eventuales ataduras personales para abrirse camino hacia verdades permanentes.

Tanto el lector como los interlocutores se sitúan en el diálogo bajo un condicionamiento ideal que hace posible su acercamiento al problema. El diálogo nunca es entre interlocutores del mismo rango, pues tiene que ver con la concepción platónica de la comunicación del saber filosófico. Ha de haber un director de conversación que corrija a cada interlocutor, si no, las cuestiones fundamentales quedarían sin solución.

El arte filosófico del discurso requiere, pues, del conocimiento de la esencia de las cosas de las que trata el discurso y el conocimiento de las almas a las que ese discurso va dirigido. Las almas poseen el recuerdo de lo que en un día contemplaron libres del cuerpo. Este recuerdo las hace mover en un impulso hacia el saber del dialéctico. El dialéctico busca en cada alma el logos apropiado para conducirla a la verdad.

La forma dialógica es como el filósofo filosofa. En la oralidad tiene lugar la búsqueda filosófica. El escrito es un mero ejercicio de refuerzo. Para la recepción de la verdad se requiere una preparación adecuada. Por eso ha de existir cierta prudencia en la transmisión del saber filosófico con el fin de no dañar su objeto. A esta prudencia se le denomina esoterismo, que no hay que confundir con un secretismo sectario que busque afán de poder.

En definitiva, la filosofía es un camino transitable que conduce a un término que se puede alcanzar: que el alma encuentre el descanso en la idea de Bien. Y ese camino, esa forma, es esencial.