dimarts, 31 de desembre del 2013

2014.


Campanadas de fin de año.
Cuando las puntas de la estrella giraron y se acoplaron solas en el mecanismo del reloj; todo encajó. Acababa de finalizar un año y otro nuevo surgía de las miasmas del antiguo. Loreta, la vieja vagabunda de la calle, visionó en aquel instante a cuatro ángeles, mezclados entre la gente de la plaza, que tomaba las uvas ante el reloj. 

Los ángeles desplegaron sus blancas alas y formaron un círculo de fuego incandescente que envolvió a los concentrados. Sólo Loreta lo vio, pero todos sintieron en su corazón cómo la llama los abrasaba.

A cada una de las personas que tomaron las uvas en aquella plaza le aconteció aquel año algo especial. Algo único que compartió con los demás: muchos fueron padres, otros adoptaron algún animal, el resto acogió en su hogar a un familiar o persona necesitada. De alguna manera, cada uno de ellos transmitió el fuego que portaba en su interior.

Marc era un chico joven que también estuvo en la plaza durante el cambio de año. Él no adoptó, ni acogió, ni fue padre; sin embargo, un soplo angelical cambió su vida para siempre. Uno de aquellos ángeles se fijó en él y decidió acompañarlo.

Marc acababa aquel año ingeniería y entre las varias opciones de viaje de final de carrera, los compañeros escogieron la de ir a Tierra Santa. El grupo viajó hacia Jerusalén y desde allí fue visitando los lugares santos de las tres religiones.

El viaje se desarrolló con normalidad hasta que hicieron el Camino de Damasco. Según las Escrituras allí tuvo lugar la conversión de San Pablo. Feroz perseguidor del cristianismo incipiente, sufrió una mala caída del caballo que lo transportaba por dicho camino. A resultas de ello, quedó ciego. Una luz blanca le envolvió y la presencia del crucificado se instaló en su corazón con la pregunta: ¿por qué me persigues?

Marc nunca entendió cómo de la no-fe se puede pasar súbitamente a la fe. Que sea un proceso lento de reflexión y vivencia, vale. Pero estas conversiones fulgurantes las creía novelescas. Con escepticismo hizo el camino, mientras los demás esperaban ver aquella luz blanca.

Lo que se encontraron, en cambio, fue una emboscada entre palestinos e israelíes. Marc no daba crédito a lo que veía: una lluvia de balazos les caía encima y, por doquier, estallaban bombas, provocando estragos a través del camino. Se refugió debajo de un cuatro por cuatro, deseando que éste no estallara en mil pedazos. Y con las manos en la cabeza, sintió la impotencia de su cuerpo ante los hechos.

Se sintió pequeño, diminuto, insignificante; avasallado por el acontecimiento descomunal que estaba viviendo. La vida se le echó encima mostrándole que, en el fondo, él no era dueño de nada. No tenía control ninguno sobre el fluir que acontecía a su alrededor. No podía ni siquiera decir basta, que pare esto de una vez.

La conciencia no la cobró hasta después de tres días en el hospital de Jerusalén. Sólo entonces, vio la luz blanca de la que dudaba. Fue tal el resplandor, que quedó cegado para siempre de amor. Un amor inconmensurable que iba más allá de la vida y de la muerte.

Hoy en día Marc es sacerdote, y en su corazón lleva grabado el soplo angelical del 2014.

divendres, 27 de desembre del 2013

El boleto de la suerte.


Santos Inocentes.
En estas fechas señaladas los juegos de azar alcanzan su cúspide. Se celebran las mejores loterías del año y no hay individuo que no se rasque algo el bolsillo para probar la tan deseada suerte.

Fue el caso de Mónica, que apenas tenía para comer, pero que una súbita inspiración matutina la condujo sin dilación hasta el puesto de loterías.

Al entrar, se sorprendió que hubiera cola, pues en las tiendas de alrededor y en la misma calle el vacío había tomado el espacio. En el pequeño recinto, en cambio, se condensaba la vida del lugar.

Mónica se integró en la cola, detrás de una mujer embarazada y de un anciano que la precedía. Pasaron los minutos y la hilera no avanzaba. Se había desatado una discusión en la ventanilla sobre los números premiados y la devolución del dinero pertinente. Una mujerona locuaz no paraba de chillar y la dependienta, mudando de color, la conminaba a retirarse.

En el entreacto de dicha escenificación, Mónica observó que la mujer embarazada se encogía y, preocupada, le preguntó sobre su estado. Dijo encontrarse bien, pero que las discusiones le alteraban sobremanera. Necesitaba aire y Mónica la acompañó afuera, no sin antes avisar al anciano que les reservase el lugar.

La mujer embarazada se llamaba Alisa y en la calle le contó a Mónica su historia. Llevaba el embarazo en soledad. La supuesta pareja se esfumó con la crisis, y la familia al enterarse de su estado también la dejó de lado. Nadie podía alimentar una boca más. El embarazo, además, se complicó, pues el niño de su interior presentaba anomalías. Las pocas amistades que le quedaban, al oír esto último, ni qué decir que ahuecaron el ala.

Alisa sólo recibió recriminaciones por las circunstancias de su estado: quedarse embarazada en plena crisis y además traer al mundo a un tarado. Era una irresponsabilidad absoluta, que sólo merecía el abandono. Le llovió tanto encima que, por eso, cualquier discusión nimia la trasponía.

Mónica se quedó muda al escuchar el relato y sin saber qué opinar. Tan sólo veía ante sí a una mujer deshecha con un gran coraje y una vida que latía en su interior. Se abstuvo de comentar nada. Después del silencio le preguntó qué camino pensaba seguir. Alisa le contestó que ya se había puesto en contacto con una asociación de ayuda que le ofrecería el apoyo afectivo y económico necesario para criar a su pequeño. Era su hijo y lo iba a rescatar de la nada del no-ser.

Volvieron a la cola y Mónica temblaba por dentro. Su situación económica era dura, pero se tornaba irrisible al lado de la de Alisa. Cuando llegó su turno compró el boleto y a la salida se lo entregó a Alisa. Le deseó toda la suerte de este mundo.

Ni qué decir tiene que el boleto, por supuesto, no tocó. Pero Mónica y Alisa se hicieron amigas, y esa amistad fue el verdadero boleto de la suerte para ambas.

dimarts, 24 de desembre del 2013

El viento del sur.


Gato volador.
El gato encerrado tamborileaba con sus redondas uñas el pulcro mostrador. Sabía que no podía salir de la tienda. La puerta y las ventanas selladas impedían su huida; sólo le restaba contemplar los infinitos anaqueles de las mil y una piezas compartimentadas.

El gato encerrado pasaba horas y horas contando el número de objetos expuestos. Elaboraba el inventario paseando sus largos bigotes a través de los pasillos abarrotados. Concienzudamente, calculaba y revisaba el stock y la calidad de las existencias.

El gato encerrado poseía el control absoluto del habitáculo. No había movimiento que no persiguiera con el rabillo del ojo. Tras el acontecer del evento, fluía raudamente. Sin embargo, existía algo que no podía dominar. Algo relativo a su hábitat interno.

El gato encerrado habitaba dos módulos: uno externo y otro interno. El interno residía en su corazón, donde se agolpaban los latidos a un ritmo discontinuo. La discontinuidad era lo que no entendía. ¿Cómo se puede querer y no querer al mismo tiempo?

El gato encerrado se sumía en el dilema mientras contorneaba su cola de un lado hacia el otro. Razones para querer, razones para no querer. Lo que podía ser una melodía en el espacio y el tiempo se convierte, al fin, en un juego de audiciones sin ton ni son. Un largo maullido acostumbraba a clausurar siempre las felinas cavilaciones.

El gato encerrado movía el ratón del ordenador cuando una ráfaga fuerte del viento del sur golpeó la ventana. Asombrado por la furia del vendaval se acercó cauto a una esquina del tragaluz. Enseguida notó cómo el calor sureño se filtraba a través del cristal.

El gato encerrado rozó el lomo, a modo de caricia, en el vano de la ventana. Un ronroneo de placer surgió de su cuerpo mientras se enroscaba formando un ovillo. Quería ese calor, cada hueso de su ser lo reclamaba. Sería muy difícil regresar al frío de la tienda después.

El gato encerrado incrustó su cara en el cristal ardiente y deseó que ese viento cálido se lo llevara allí donde fuera. El viento obedeció y con sus alas mágicas extrajo al gato del alféizar. Atravesó con él la ventana y siguiendo una geodésica invisible lo condujo al sur, cada vez más al sur.

El gato encerrado se convirtió en un gato libre. Viajó, amó, compartió, acompañó, se solidarizó, sufrió y, sobre todo, comprendió las razones del querer que no entendía. No hay razón, hay fluidez. Una corriente eléctrica traspasa el ser del individuo. El amor cálido la reactiva y hace que el ser se ilumine, como un precioso árbol navideño. El árbol de la vida. ¡Feliz Navidad!

dimecres, 18 de desembre del 2013

Theodor W. Adorno.

Adorno.
Seguimos con la filosofía crítica después de Auschwitz y nos vamos a Adorno, perteneciente a la Escuela de Frankfurt. Fue junto a Horkheimer, Marcuse, Erich Fromm o Walter Benjamin, uno de los grandes atacantes del totalitarismo que aniquila al individuo.

Adorno adopta la dialéctica de Hegel, pero ignora su contenido sistemático. Se niega a que la filosofía aferre la totalidad de lo real. Considera que las teorías positivas acaban transformándose en ideologías. El objetivo de Adorno será desenmascarar los sistemas filosóficos que eternicen el estado presente de la realidad y bloqueen las acciones revolucionarias. La dialéctica es una lucha contra el dominio de lo idéntico. La razón no puede recoger lo real; se niega la identidad entre ser y pensamiento.

La realidad no es reductible a la totalización de un sistema filosófico. El objeto debe primar ante la impotencia del espíritu para organizar la realidad. Adorno dejará que la realidad hable: las diferencias, lo individual, lo cualitativo…

Criticará así a Kierkegaard porque considera que su camino hacia la intimidad y la subjetividad conduce a la abstracción y a la reificación. Kierkegaard huye de la historia real. También el absolutismo lógico de Husserl huye del tiempo histórico concreto y se entrega al idealismo.

Por la misma regla de tres, Adorno se opone a todo individualismo abstracto. A la noción de individuo que se aleje de su componente social, pero también a aquella concepción que lo haga disolver en lo social, pues desaparecería el carácter concreto del individuo.

Utilizará el método dialéctico, para no caer ni en el subjetivismo, ni en lo abstracto. Hará una crítica de las ideologías, pero desde una posición centrista entre Horkheimer y Marcuse. Considera que tanto la ontología como el positivismo son dogmáticos. Se cae en un subjetivismo idealista, ignorante de la realidad, de la apropiación del objeto por parte del sujeto.

Adorno propondrá la dialéctica negativa. El hombre, al tratar de dominar el medio, se reifica y se aliena. El progreso le ha conducido a la esclavitud en nombre de la tecnología o de una doctrina dogmática. Por eso hay que criticar a fondo toda filosofía y utopía. La verdadera utopía es una sociedad no represiva en la cual ya no es necesario disertar sobre la utopía.

Para la dialéctica negativa sólo cuenta el movimiento incesante del pensamiento al que no puede satisfacer ninguna alternativa. La tesis-antítesis-síntesis de Hegel queda abierta, no es un sistema clausurado. Por eso la representación de dicha dialéctica sólo es posible a través del arte, pues impide categorizar o decir nada propiamente sobre la realidad. La negatividad dialéctica rechaza toda identificación, toda predicación; sólo así se consigue la liberación.

No es de extrañar que Adorno fuera un gran musicólogo y se dedicara a la música, como una de las ramas más excelsas del arte y la estética. Otro gran pensador que impregnó su vida con las consecuencias de su pensar.

dilluns, 16 de desembre del 2013

Hannah Arendt.


Hannah Arendt.
¡Poder! ¡Poder! ¡Poder! Fue la gran obsesión de esta mujer intelectual, judía-alemana, discípula y admiradora de Heidegger y Husserl, que vio cómo la ascensión nazi quebró el alma del mundo y la suya propia. ¿Por qué el poder se torna malévolo y acaba con la dignidad humana?

Hannah distingue dos tipos de poder: el instrumental o violento que, mediante la fuerza, dispone de los medios coaccionantes de la voluntad de los individuos. A diferencia del poder entendido como capacidad de ponerse de acuerdo sobre una acción en común. El poder es una potencia que se actualiza en acciones.

La acción tiene un modelo comunicativo, que es el acuerdo entre todos para llevar a cabo esa actuación. No se trata, como dirá Hannah, de instrumentalizar la voluntad ajena para los propios fines, sino de formar una voluntad común en una comunicación orientada al entendimiento.

El consenso democrático entre todos los individuos se ha de basar en la pretensión de validez racional. Sólo así la convicción es auténtica. El grupo busca el entendimiento como fin en sí mismo.

Una vez formado el poder en la acción comunicativa, este mismo poder es el que mantiene la práctica de comunicación. Las instituciones establecidas para este fin son las encargadas de proteger la libertad política. También este poder se halla en los actos revolucionarios y en la resistencia contra las fuerzas que amenazan la libertad.

Hannah profundiza en la forma de la intersubjetividad en que surge este poder. Para ella se trata de una antropología de la acción lingüística. En el habla se da la praxis que reproduce culturalmente la vida.

El mundo de la vida es el espacio en el que los sujetos se presentan, en el que salen al encuentro los unos a los otros. Todos son vistos y oídos. La interacción entre ellos coordina la diversidad de perspectivas de percepción y de acción. Cada uno ocupa una posición distinta en esta dimensión espacial. El espacio queda así determinado por la pluralidad humana.

La dimensión temporal, en cambio, viene marcada por el hecho de la natalidad humana. El nacimiento de cada individuo significa la posibilidad de un nuevo comienzo. Tomar la iniciativa de actuación y hacer algo no visto antes.

En el espacio social y en el tiempo histórico la identidad de los individuos y grupos tiene que estar asegurada por el mundo de la vida. Esta es su tarea. Los individuos no son intercambiables y se manifiestan en su subjetividad. Se reconocen mutuamente como responsables de sus actos, y capaces de entendimiento intersubjetivo.

La inmanencia de una pretensión racional en el habla es la que funda la igualdad radical entre los individuos. Los asuntos humanos y las tramas que desarrollan son la ocupación del mundo de la vida. Son las historias de la gente en su hacer y padecer.

Hannah, con esta praxis comunicativa busca las condiciones de una existencia digna del hombre. Este es el leitmotiv de su vida y pensamiento marcados por el estropicio del nazismo. Opone la intersubjetividad íntegra a la coacción violenta más deshumanizadora. El amor del prójimo a la banalidad del mal.

divendres, 13 de desembre del 2013

El brujo Gadamer.


Gadamer.
El brujo Gadamer rendía culto al dios Hermes. Era una divinidad astuta y a la que le encantaba jugar. Su juego se llama interpretación. Lo interpretaba todo: la historia, los textos, el pensamiento, el lenguaje. Hermes enseñaba a Gadamer a comprender interpretando. Le decía que hay que penetrar las expresiones simbólicas mediante la exégesis.

El brujo Gadamer tuvo que estudiar bastante para hacer un examen de las condiciones en las que tiene lugar la comprensión. Hermes lo aprobó y le confirió el título de hermeneuta. Gadamer, con su varita mágica, extendió universalmente la hermenéutica.

Gadamer considera que la hermenéutica abarca todo lo racional, pues la comprensión es necesaria tanto para conocer el mundo como para orientarse en él. Constituimos lingüísticamente nuestro mundo de la vida, porque es lo propiamente humano.

Comprendemos estructuras de sentido, que son los significados ya inscritos en la comunidad de cultura. Interpretamos aquello que contiene el distanciamiento necesario con respecto a la cotidianidad: una voz que emitió en su día y que ahora nos alcanza con su sentido (sea una voz de la historia, de un texto, de un dicho, de un pensamiento). Este alcanzar es desplegar su mundo ante el oyente o lector. Es un despliegue transformador, pues el hombre será alcanzado en sus múltiples dimensiones: cosmológicas, histórico-mundiales, antropológicas, éticas y de personalidad.

Para que esto suceda, primero hay que desmontar los prejuicios que impidan dejar ser a este mundo desplegado. Y como Hermes, jugar; pues el juego libera posibilidades nuevas que la seriedad mantenía prisioneras. Se abren metamorfosis.

La capacidad de dejarse atrapar por nuevas posibilidades, es la imaginación. Será la que forme en la persona el ser nuevo, proponiéndole figuraciones para su liberación.

Hans-Georg Gadamer, discípulo de Heidegger, aunque no siga como éste las investigaciones del sentido del ser, sino que se decanta por la exploración hermenéutica del ser histórico (tal como se manifiesta en la tradición del lenguaje). Elabora la hermenéutica filosófica encaminada a revelar el acontecer de la verdad y el método que debe seguirse para desvelar este acontecer.

En las ciencias del espíritu encuentra hilos para rechazar tanto el subjetivismo como el objetivismo racionalista y positivista. Otro hilo conductor que sigue es la idea de juego, en la que recoge motivos de Heidegger, Dilthey y la fenomenología.

Trata la realidad histórica y lingüística en que vive el hombre como ser que se halla en una tradición, y que se apropia de ella mediante un movimiento hermenéutico. Hermenéutica es un acontecer histórico y de la tradición (la tradición es el motivo para su superación histórica). Sólo porque hay una tradición histórica pueden abrirse caminos nuevos.

Gadamer define los lugares del acontecer hermenéutico: la apropiación y el rechazo, la confianza y la extrañeza, la pregunta y la respuesta, que constituyen el diálogo, el ser del hombre como ser dialogante. Su horizonte, la finitud.

dijous, 5 de desembre del 2013

La modulación y la superficie.


Gilles Deleuze.
Hoy en día sentimos nuestras vidas modulantes. Cuando hemos alcanzado cierto grado de fijeza en las mismas, una onda modulante lo vuelve a cambiar todo. No es como antaño que lo moldeado quedaba ya fijo, para siempre. Aplicabas un molde externo o, incluso, interno, a la materia vivida; desmoldeabas, y aquella materia quedaba fijada en equilibrio. ¡Cuántas vidas se establecían ya para siempre desde el inicio! Ahora, en cambio, vivimos en un molde que varía continuamente. Somos seres modulantes.

La modulación de la vida tiene lugar en la superficie. Se presenta esta última como una pista deslizante cuyos contornos extensibles fluctúan. Se trata de una nueva concepción del devenir, que ya no se halla como en Grecia en el fondo de las cosas, sino que sube a la superficie. No se insinúa, no se sustrae de lo profundo; se manifiesta y juega a fuera, a modo de efectos. El devenir ilimitado se ha transformado ahora en el acontecimiento mismo. Del hundimiento vamos al deslizamiento lateral.

Ya Paul Valéry decía que lo más profundo era la piel. Es la frontera, lo que costea la superficie, lo que hará que pasemos de los cuerpos a lo incorporal. Será el espejo, el tablero, la película, las cartas… Recorremos la extensión del revés y del derecho, en continuidad, sin profundidad.

Ambos conceptos, el de modulación y superficie, fueron cosecha de un filósofo brillante del s.XX, que no merecía el trágico fin que tuvo. Hablamos de Gilles Deleuze, el filósofo contemporáneo, per excelence. Es el filósofo de la repetición y la diferencia, el que acentuó las diferencias y los aspectos fragmentarios de la realidad. 

Siguiendo a Nietzsche, buscó también nuevos medios de expresión filosófica. Deleuze traza tejidos desiguales, en los que aparecen las imágenes del puro devenir, de las superficies, de las dualidades, del sinsentido, del lenguaje, etc… Muestra los huecos de la razón. Considera que la racionalidad no soñada engendra monstruos: hay que pervertir toda la filosofía. Será su medio para convertir los sistemas filosóficos en juegos de superficies y profundidades, y de deseos-significantes.

Deleuze hace primar la superficie a la profundidad, lo oral a lo escrito, el fragmento a la sistemática. Desarticula así todos los conceptos básicos de la cultura moderna. Entiende la historia como un funcionamiento de “máquinas”: el capitalismo, el Edipo familiar… a la que hay que liberar de todas las fuerzas de represión, regresando a una razón prerracional, sin escisiones.

Una de sus fijaciones fue la Alicia de Lewis Carroll, que ejemplifica su noción de superficie. Alicia empieza cayendo en lo profundo: el hueco del árbol. Después de muchas vicisitudes, acaba deslizándose: a través del espejo. De la línea vertical hemos pasado a la horizontal. Es la visión del niño, la originaria, la fenomenológica husserliana. Sería una vuelta a la pictografía de la caverna prehistórica que ya analizamos. La pregunta es: ¿queremos quedarnos con la visión del niño, o con la del adulto? ¿Nos deslizamos como el niño, o abrimos el cielo con la mirada del hombre?