dimarts, 1 d’octubre del 2013

El sheol.


Inferno.
Después de la muerte de Sócrates aconteció un sacrificio aún mayor que fundó el cristianismo. Un viernes a las tres de la tarde, alrededor del año treinta de nuestra era, expiraba un crucificado en Jerusalén. No tardaron mucho en bajarlo del madero y depositarlo en un sepulcro cerrado. Nadie supo qué paso en aquel sepulcro, pero al tercer día, apareció abierto y vacío. El dogma dice que Jesucristo bajó al sheol, a los infiernos, durante ese tiempo.

En el pensamiento mítico, a veces, un héroe consigue bajar al reino de los muertos y obtener noticias de ellos e, incluso, arrebatar alguna alma a la muerte. Pero no consigue lo que hizo Cristo: vencerla para siempre. La particularidad del Mesías, además, es que no descendió vivo para volver a surgir intacto del mundo inferior, ni tampoco fue a buscar a ninguna alma en concreto, ni noticias de lo que sucedía allí abajo. Lo que hace es escatología, dar un paso definitivo: en su propio destino decide el destino de todos.

El bautismo de Cristo en el Jordán fue ya anticipatorio de su inmersión definitiva en el abismo del caos. Hay una sentencia de Jesús en Mt 12, 29, que dice: “¿Cómo puede uno entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata antes al fuerte? Entonces podrá saquear su casa.” La respuesta al vencimiento de la muerte es: estar muerto, para poder estar en el lugar y en el estado de los muertos. Se trata de estar con ellos, de hacerse solidario a ellos. No de situarse frente a ellos, en una posición de observación, para luego informar sobre ellos.

El muerto está privado de vida, de fuerza, de actividad, de contacto con Dios y los hombres. En la tumba dominan las tinieblas de la perfecta soledad. Jesucristo experimenta con los muertos el abandono de Dios. Conoce así todos los estados del ser humano: su vida y su muerte. Además, tiene una experiencia de estar muerto y abandonado más intensa que cualquier otro hombre, por ser quien es, el Hijo de Dios.

Al ser Dios, una de las personas trinitarias, la experiencia del abismo queda fuera y dentro de él. El Sábado Santo es Él mismo en la alienación perfecta de sí mismo. Es Dios y es anti-Dios, porque deja de disponer de sí hasta la impotencia última de morir y estar muerto. Es la entrega total del Hijo, que recorre hasta el final el hecho de ser hombre. ¿Cómo puede permanecer en el infierno y salir vencedor si está alienado de sí mismo, impotente? Por amor. En su voluntad libre, obedece al Padre por amor y sale victorioso. Consigue salvaguardar su identidad en la no identidad, manifestándose así omnipotente. La consecuencia es la Resurrección de Él y la de todos.

En su sacrificio autoalienante de sí mismo, el mayor que cabe, nos salva a todos. Penetra en el ámbito de poder más íntimo de su enemigo, se infiltra y lo derrota. Victor est.

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