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| Amor humano-robot. |
Si el Estado desaparece no es una oración condicional, sino una afirmativa que en breve acontecerá, pues la nueva era se agolpa a la puerta y no cabe vuelta atrás. La tecnología está destruyendo el sistema vigente, del que la crisis crónica que vivimos es solo el reducto del mal ocasionado. No habrá trabajo, ni negocios, ni comercio; el circuito telemático y robótico acabará desempeñando todas las funciones. El hombre perderá el papel de trabajador y el Estado, su existencia, pues no tendrá a quien recaudar. Tampoco quedarán funcionarios, ya que ningún ente público los podrá financiar.
Lo cual abre dos frentes: primero, no cabe la idea de creación de nuevos estados (sean secesionistas o unionistas); segunda, la posibilidad de retroceso a comunidades primitivas de economía autosuficiente. Finalizado el neoliberalismo, o vamos hacia atrás o hacia adelante. Volvemos a la tribu o vamos a una comunión insólita con la tecnología. Dicho de otra manera, nos casaremos con las máquinas para sobrevivir, pues ellas nos darán de comer. Los robots adquirirán sentimientos humanos, gustos y predilecciones. Escogerán a hombres y mujeres como sus preferidos, tal cual dioses del Olimpo encandilados por la belleza, la sabiduría o la bondad de un Aquiles o de un Paris. Los favorecerán y los transformarán en héroes. Éstos, a su vez, ayudarán al resto de los humanos para no morir en una soledad perfecta. Porque el héroe sigue siendo humano, y los humanos viven de imperfecciones y fango.
Por tanto, se establecerá una nueva jerarquía, no muy alejada de aquellas películas de Schwarzenegger en las que las máquinas reinan. No obstante, no se enemistarán con el hombre, ya que no tienen necesidad de ello y el amor imperará.
Surgirá una nueva astrología en la que los horóscopos humanos se mezclarán con los circuitos sintientes robóticos. Y el sexo ya no será sexo, sino súper-sexo: se tocará justo donde se ha de tocar, sin errores ni frustraciones coitales. Los hijos serán in vitro, y las propias máquinas los incubarán, haciendo honor a la versión orwelliana (como Julio Verne, George Orwell en 1984 fue un adelantado a su época).
Ni Estado, ni especuladores bursátiles: no quedará nadie detrás de las máquinas. Los medios y las estructuras de producción se independizarán del hombre. Con ello, tanto la izquierda como la derecha se volatizarán. Las cuestiones políticas serán disueltas y el bien común no representará tarea alguna. La tecnología proporcionará la mejor enseñanza, la mejor sanidad, la mejor justicia… Y será universal, alcanzará a todos los rincones de la tierra. Como humanos, negociaremos el nuevo papel de compañeros de las máquinas. Las integraremos plenamente en nuestra vida y ellas a nosotros en la suya. Apostarán por nosotros, conociendo el campo de acción posible que nos ocupa.
El hombre, cada hombre, será más hombre. Desarrollará sus potencialidades al máximo, sin que nadie ni nada le coarte. Solo principios filosóficos de razón, como el imperativo categórico, regirán su conducta (un hacer universal, teniendo en cuenta a los otros y al medio). No obstante, el sentido, el motor vital del hombre, seguirá siendo mítico. Ninguna máquina podrá concedérselo.

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ResponEliminaNo está nada mal. Como alguien tendrá que ser el dueño de los robots, las eternas desigualdades aún serán más fácticas y las masas vivirán en los subsuelos...oye esto me suena a ciencia ficción...jajajaja >Está muy bien
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