diumenge, 20 de març del 2016

Felicidad.


La felicidad eleva.
La felicidad es un lenguaje que se crea para tolerar la incertidumbre que nos rodea. Se forja en la infancia, cuando el ser humano se siente amado y protegido. Genera entonces unas huellas precoces, un depósito de recuerdos, del que luego se echará mano siempre. En un juego entre lo conocido y aquello por conocer se va trazando un camino que nos permite acceder a la profundidad de lo cotidiano. Ser feliz es hallar dicha profundidad.

Cuando se siente que la felicidad es posible, la vida se torna fecunda y plena. La persona se amplía incitándose a la acción y al deber para con los demás. Pues sabe que la felicidad depende de nosotros, que somos sus responsables. No se trata de una cuestión de suerte, sino de inteligencia, que se puede aprender y desarrollar.

Lo que alimenta la felicidad es el afecto y la gratitud. Para ello se necesita un cierto grado de humildad y sencillez. Entonces circula entre los seres, porque la felicidad sólo respira, vive y crece si se comparte y transmite. Es una riqueza que torna vanas a las demás. Incrementa la empatía y la conciencia de nuestra fragilidad como criatura viviente. Se contagia (la risa contagiosa que eleva a las alturas en la famosa escena del té de Mary Poppins).

La felicidad amplía tanto a la persona que se ve formando parte de un todo. Esta expansión ilimitada del yo combate el hecho de saber que vamos a morir. Cada vez que somos felices nos hacemos inmortales. Abrimos una puerta que nadie puede cerrar. Por eso la búsqueda de la felicidad en esta vida constituye el máximo acto de rebeldía. Con sutilidad el hombre borra la sombra de la muerte que le acompaña desde el nacimiento.

La felicidad eleva hasta Dios, porque hace comprender al hombre su pertenencia a un orden que lo supera y le engloba. Lo acerca a la identidad más elemental: la del ser y sentirse vivo. Aquí se pone de manifiesto el vínculo estrecho entre la naturaleza y la felicidad. Desde la Antigüedad el hombre sigue a la naturaleza (sequi naturam) y convierte el símbolo del Paraíso en un jardín y no en un palacio. Los reencuentros biológicos con la naturaleza alimentan la felicidad del hombre.

Cuando el hombre sabe estar en medio de la naturaleza y aprovecharla, mantenerse apacible ante el retorno permanente de las estaciones, captar la inmutabilidad de los paisajes de su agrado, los vínculos armoniosos entre las plantas y los animales… entonces se deleita con la felicidad elemental del existir. Se siente vivo entre todas las formas de la vida y comprende que es un ser afortunado. La felicidad le acerca al mundo complejo que nos rodea. Por tanto, no es una evasión, sino una integración y motivación para actuar en la vida (a diferencia de la tristeza, que inmoviliza y encierra al hombre en sí mismo). Vale la pena entonces ser feliz y optimista: es la visión inteligente.

2 comentaris:

  1. Me gustó la descripción de felicidad...El hombre, la naturaleza y su entorno, llámese cielo, mar o tierra. Como bien dices: la felicidad acerca al hombre en el mundo complejo que le rodea. Por tanto no es una evasión, sino una integración...

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