dilluns, 10 d’agost del 2015

La imaginación del escritor.


Escritor imaginativo.
El escritor pondera un conflicto vital que le atañe, y lo irradia, a contraluz, en un goteo de palabras automáticas. A veces surgen a borbotones, otras, pausadamente, de una en una. No sabe hacer otra cosa más que transferirlas.

El escritor se siente como un conducto, en donde hilos de vida le suceden. Adoptan la forma de su figura cuando emergen del subconsciente. No se hallan en el exterior; el escritor no los enzarza en el aire. Se apelmazan en el interior, como una bola de pelos de gato que debe ser expulsada.

La finalidad pedagógica es inexistente. No hay moralidad que transmitir, ni tampoco una presunta apertura de conciencias. El escritor es una máquina succionadora de problemas que destripa de manera pertinaz. Intenta alejarse del yo y desea que sus inquietudes sean colectivas, pero en vano, pues cada cual digiere el bolo a su manera.

Convierte la ensoñación en realidad devaneadora. Extrae del cuerpo, como el faquir, pañuelos, antorchas y espadas. El público que lo observa siente repulsión, admiración, asombro o un asco infinito, porque está palpando las entrañas de otro, allende, sin embargo igual a ellos.

El escritor se desnuda porque es un exhibicionista de la mente. Quiere agradar y que lo detesten al mismo tiempo, por mostrar las vergüenzas. Vergüenzas que son suyas pero que rozan las de todos.

La pregunta por el sedimento autobiográfico del relato resulta cínica. El escritor jamás dirá yo he vivido esto; yo soy el asesino o el amante. Porque el que escribe es mucho más: es la mano subterránea que agarra a los personajes en un nudo infernal. Flaubert es el infierno de Madame Bovary. Patricia Hisghsmith es el demonio que tortura a los protagonistas.

Al final, el literato se sorprende a sí mismo en su sadismo. El hecho de configurar un conflicto y ahondar en el mismo, hurgar en las entrañas, deviene patológico. Locura y escritura son dos caras de la misma moneda. No obstante, se trata de una locura divina. La locura de la creación: de dotar de forma y de contenido a aquello amorfo que flota en el vacío. Ordenar el caos para formar el cosmos.

El microcosmos de cada escritor es lo que permanece reflejado en la literatura. La literatura no plasma sociedades, ni épocas, ni ciencias pertinentes… sólo la visión de un hombre que ha digerido el entorno de una manera subliminal. Dicho hombre edita fragmentos de la combustión que tiene lugar en su ser, para después compartirlos. El escritor suscita así sentimientos en los demás, sin ninguna pretensión, más que quizá tornar más humano al hombre. Romper su rigidez, flexibilizar la manera de ser, impedir que quede encajado como un autómata en los engranajes de la sociedad.



1 comentari:

  1. ¡Bravo!, hermosa definición del escritor. Aunque noté a faltar que él vive con sus relatos, disfruta, siente en su interior la necesidad de plasmar sobre un blanco papel, lo mismo que el pintor en sus cuadros, el músico con sus notas de un pentagrama leído o imaginario. Ciertamente ordena su caos interior dando forma a sus ideas; tacha, borra, revisa y nuevamente vacía su mente de todo aquello que crea, dándole placer al hacerlo

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