dimecres, 12 d’agost del 2015

Desplazar la muerte.

Horror vacui.
El ritual del desplazamiento de la muerte sigue vigente en aquellos oficios que tienen como objetivo la exposición de la vida humana. Se constituye un altar con pequeñas reliquias y exvotos, imágenes y ofrendas, distribuidas siguiendo un orden establecido. Implica que cada objeto ocupa un espacio determinado, sin poder salirse del mismo.

La filosofía del espacio ha sido recurrente en el hombre desde la Antigüedad. Concebir el espacio como una tela en blanco de la que cuelgan los objetos de la vida, cada uno en su posición, es básico para el hombre que delimita un cosmos, que le salve del horror del caos y de la hybris, conductos inevitables hacia la muerte.

Cuando al objeto se le cambia de posición se genera un vacío cósmico, un agujero negro que puede engullir cuanto hay a su alrededor. El hombre antiguo, espantado, intentará por todos los medios que esto no suceda. Como Aristóteles, seriamente preocupado por el lugar del objeto, establece todo un sistema filosófico en torno al mismo.

Considera al lugar como algo que afecta al cuerpo que está en él. Lo aparta así de la indeterminación. Es el límite del cuerpo continente. No se separa del cuerpo para no generar el vacío. Para que esto ocurra Aristóteles lo soluciona, diciendo que en el cielo no hay desplazamiento. El movimiento es circular en sí mismo. La esfera celeste es el lugar del universo, y ella misma no ocupa lugar. Todo gira al mismo tiempo, cada cosa en su sitio.

Quienes rompen con este estatismo por primera vez fueron Demócrito y Leucipo. Ambos no temen al vacío, al contrario, lo consideran necesario para que haya movimiento. Unas partículas pequeñísimas, los átomos, son los que se deslizan por este “horror vacui” y constituyen la materia. Sin embargo, hasta la Modernidad no se pudo demostrar su teoría y siguió perviviendo la visión aristotélica.

No hace falta mencionar que ahora estamos sujetos al legado de Einstein. El espacio y el tiempo ya no son absolutos. Los planetas orbitan y no están fijos en su lugar natural. Y las geodésicas curvan los espacios-tiempos siderales acercándonos quizá a otros mundos paralelos.

No obstante, el hombre sigue aferrado a los rituales que le proporcionan un sentido a su existencia. Porque el relativismo que nos ofrece la ciencia hace de nosotros unos seres insignificantes, perdidos en el “horror vacui” como los átomos. Sentirse átomo, un punto de vida en un universo inerte, resulta abismal para el ser humano, que lo único que quiere es religarse.

1 comentari:

  1. El hombre al contemplar el universo percibe su insignificancia, es conocedor del final de sus días ignorando cuando y como, razón más que suficiente para ligarse en su entorno más cercano, tratando de olvidar el final indiscutible...Lo fastidioso siempre será no encontrar respuesta a su eterna pregunta: ¿Para que he nacido y cual es mi cometido en esta existencia que me fue impuesta?. Desaparecida su fe en la religión, en los falsos dioses, lo único que le queda al hombre civilizado es dejar vivir y vivir sabiamente, al tiempo que cultiva su mente, se distrae en su tiempo de ocio con todo tipo de pasatiempos, siendo conocedor de que otros han de ocupar el espacio que el dejará irremediablemente

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