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| La casa de Brecht. |
El teatro contemporáneo se centra en la noción de sujeto como carente de personalidad. El hombre ya no es producto de la voluntad como en el romanticismo, sino que es el resultado de circunstancias variopintas. La tarea de dicho teatro consistirá en desmontar y volver a montar al hombre circunstancial.
Las circunstancias se extraen paralizando la acción del acontecer. El teatro contemporáneo interrumpe continuamente el desarrollo de los acontecimientos, para revelar el gesto de los personajes. Es un teatro gestual, épico, en donde el actor debe mostrar una cosa y, al mismo tiempo, debe mostrarse a sí mismo. El leitmotiv sería: “el que muestra, sea mostrado”.
La dramaturgia ya no es aristotélica. No se invoca a la capacidad de compenetración de los espectadores. Se provoca el asombro en lugar de la compenetración. No hay desarrollo de las acciones, sino que se representa situaciones. Las situaciones son interrupciones de contextos, y ello sucede cuando se provoca que los gestos puedan ser citados.
El público ha de recibir el gesto como el material del teatro, siendo éste su utilización adecuada. En la realidad actual se encuentran los gestos dados de antemano. Son el marco de cada elemento de una actitud. Lo abren y lo cierran.
Otra característica del teatro contemporáneo reside en la abolición de las leyes de causalidad e identidad. Se proyecta al absurdo la lógica, de tal forma que el lenguaje mismo se desintegra. La finalidad consiste en comunicar el conocimiento de la incomunicabilidad. Si cada uno llevamos dentro un mundo diferente, ¿cómo vamos a entendernos? Es la pregunta que queda prendida en el aire.
El símbolo de la reciprocidad imposible entre los hombres y, por tanto, basada en un engaño, es el espejo. Ofrece la imagen aparencial distorsionada, la deformación sellada en nuestro ser. Por ello el hombre ha de renunciar a ser sí mismo, ha de perpetuar el cambio en su propia figura, con el fin de burlar a la imagen desfigurada del espejo. Al fabricar cien mil figuras, el espejo se vuelve loco en su vertiginosa danza de imágenes.
El espejo ofrece dos caras a cual peor, una es la autocontemplación deformadora, otra es la deformación mayor de quienes nos contemplan. Se trata de la comprensión del grotesco humano. La única arma de que disponemos, tanto para captar nuestro verdadero ser como para inventarnos sin fin, es el pensamiento.
En el teatro contemporáneo triunfa lo anticonvencional, lo irracional. Se pacta con lo grotesco, para no pactar con el fariseísmo de la sociedad. Y el hombre acaba siendo nada, porque su conciencia se funda en superficies ficticias, mutables, contradictorias; constituidas por nada.

Interesante cuestión la del hombre moderno en una sociedad bastante inhumana, cuyo objetivo es la supervivencia individual...Sigo creyendo que la existencia son ciclos repetitivos al tiempo que avanza sobre lo material...¿Volverá el romanticismo?, espero que si como válvula de escape, aunque sea una parodia del ayer pasado, pues como títeres manejados hábilmente a de seguir avanzando, mientras que el espejo de tanto en tanto le enseñe el rostro de su yo verdadero
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