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| Alondra. |
En el último viaje que hice con mi madre, recalamos en un pequeño teatro de Madrid donde se representaba “Casa de muñecas” de Ibsen. Tanto mi madre como yo quedamos profundamente impresionadas por el relato. Nora, la protagonista, era mi progenitora, era yo misma, era la mujer de todas las épocas y condiciones.
“Casa de muñecas” fue escrita en 1879, en una época en que la mujer era juzgada en la vida práctica según la ley del hombre. La mujer se debatía entonces, confusa, entre el sentimiento natural y la confianza en la autoridad. No podía ser auténticamente ella misma.
A pesar del avance del movimiento obrero y de la incorporación de la mujer en la empresa, la fémina seguía reflejando esa incertidumbre que le incapacitaba para cuestionarse nada. Aunque la sociedad le concediera prerrogativas, ellas seguían dejando el pensamiento para el hombre. Y no sólo ello, sino que además difamaban la reflexión que chocase contra el ideal de mujer imperante.
Las mujeres de la época de Ibsen arremetían contra la hermana histérica que optaba por escapar de la prisión de la sociedad. Condenaban a la histérica que deseaba lo maravilloso y a la loca furiosamente activa que no aceptaba el triunfo del infortunio.
Mujer contra mujer. Una tupida tela de araña contra la cual se enfrentará Nora. Por amor hacia su marido, cometió un error que constituye su orgullo. Sin embargo, tanto el marido como las mujeres de su entorno juzgarán el asunto desde el punto de vista masculino. Nora lo romperá con un portazo final.
Este portazo, el hecho de que Nora se marche, lúcida y segura, abandonándolo todo, supuso la piedra de escándalo de la obra para la sociedad de su época. Presionaron a Ibsen para ofrecer finales alternativos, y los diversos directores teatrales, incluso, suavizaron la idea del autor. Pero el final es consustancial al drama. La obra es una progresión hacia el desenlace, que es la cuerda que se rompe, el símbolo de toda una situación.
No obstante, existe un hecho verídico que supera todavía más lo tremendo del símbolo. Una vida humana real que constituyó la base de la obra ibseniana. La vida de Laura Kieler, la “alondra”, una joven escritora noruega seguidora de Ibsen. Al igual que las alondras, tuvo que realizar un viaje al sur, en busca de la salud de su marido, enfermo de tuberculosis. Ello le condujo a llevar a cabo lo mismo que Nora: la utilización de un préstamo bancario a espaldas del marido, al que hizo creer que era el producto de su labor literaria lo que subvencionaba los gastos.
Laura cada vez se enredó más en la madeja de deudas. Ibsen le aconsejó que lo pusiera todo en manos de su marido, y el final resultó ser más trágico que “Casa de muñecas”. Acabó con su internamiento en un sanatorio psiquiátrico, el divorcio y la separación de sus hijos.
Las mujeres de hoy en día poseemos como herencia esta nube confusa de Nora y de la alondra. Pero, a diferencia de ellas, nosotras sí cuestionamos y movemos el mundo.

Los tiempos han cambiado desde aquella época en Paris con la reclamación de igualdad la mujer con el hombre. Ciertamente mucho han avanzado en ese proyecto, pero quiero creer que hay que seguir subiendo escalones, porque aún siguen las mujeres arrastrando cadenas...Me gustó tu relato y descripción de la obra "casa de muñecas" en la que Nora buscará la liberación de la sociedad en la que vive con la opresión masculina
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