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| Geisha. |
Me enamoré de un peruano de Lima, que renegaba de sus orígenes y que pretendía ser más contemporáneo y transgresor que nadie. Hola, me llamo Sakura y soy japonesa, con una tez muy pálida y un cabello muy lacio. Practico la castidad y mis amores son muy puros. Conocí a Pablo, mi peruano, después de que éste saliera de una relación turbulenta con una occidental. Estaba exhausto y conmigo halló el relax. Cuando se compara a una occidental con una oriental, se comparan dos mundos opuestos. La occidental le pedía carne, cercanía; en cambio, yo ofrezco espíritu, dulzura imperceptible.
Pablo y Sakura, suenan bien y quieren lo mismo. Un amor sin tocar, un viaje de dos almas que rocen la metáfora de la vida. Pablo, con su moral protestante que recorre toda América, quiere una mujer virginal a la que pueda acariciar desde el aire. Sakura, me llamo, quiere la hombría distante de unos gestos que la halaguen, pero que jamás se posen en su cutis de arroz.
Nuestra relación era tan perfecta y dulce, siempre virtual, a cientos de millas de distancia, y desde nuestros pisos de soltería, siempre inmaculados y ordenados. Jamás un objeto fuera de su sitio, jamás una mota de polvo. Éramos dos seres puros, cada uno en su propia casita de muñecas. Y así debía de continuar siendo, pero un día Pablo se volvió loco y todavía me pregunto por qué. De repente, a Pablo se le despertó aquello que tenía adormecido y de lo que renegaba: sus raíces incas.
El imperio Inca fue magnífico, desarrolló unas dotes administrativas y políticas únicas. Poseía una arquitectura en piedra, colosal; desarrolló nuevas técnicas de agricultura, como los cultivos en terraza, la rotación agrícola, el abono. Técnicas de soldadura y fundición en hornos que permitían conseguir extraordinarias aleaciones de oro, plata, cobre y estaño. Arte textil, cerámica y una religión muy particular. Los incas ofrecían culto a los dioses y a los antepasados. Los primeros, ocupaban las fuerzas celestiales, los segundos, habitaban el interior de la tierra.
Pablo conectó con ellos en un viaje que hizo a la colina de “Huaca Prieta”, en la salida del Valle de Chicama; para visitar las viviendas subterráneas, recubiertas con cantos de río, de la cultura Chavín. Un amigo suyo aficionado a la arqueología se lo recomendó, como experiencia insólita. Lo que no se imaginó su amigo es que Pablo tuviera un poder latente que despertase con dicha experiencia, y que le permitió recibir de pleno los rayos de Illapa, el dios de las tormentas.
Únicamente los sacerdotes de aquellas culturas precolombinas se relacionaban con los dioses y se abrían a la vida espiritual y a la profecía. Pablo se sintió descendiente de uno de ellos, en concreto, del que rendía servicio al dios-cóndor, cuyo amuleto lo mortificaba día y noche.
Así perdí a Pablo, pues a raíz de la adquisición de su nueva personalidad, condujo nuestra castidad, tan idílica y romántica, a una propia e individual, repleta de sacrificios y sufrimientos.

He quedado boquiabierto con Sakura y nada sorprendido de Pablo. Dos culturas diferentes que se atraen y se repelen deseando ambos conservar sus orígenes como concepción de vida. Lo idílico del hermoso sentimiento de amor casto y puro desaparece con la carne, arrojando del paraíso terrenal cual profecía...Es un cuento lindo. Me gustó mucho
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