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| Can negro. |
Cuando la persona fenece ocurre un fenómeno curioso: viene a despedirse. Se despide de la vida, de los conocidos, de las amistades y de la familia. Se aparece en sueños a quien no se ha percatado de su muerte. Y durante la vigilia, a plena luz, bajo formas simbólicas, su presencia se revela.
Una tía muy anciana, de quien no teníamos noticia de su muerte, vino a avisarnos y a despedirse bajo la forma de un enorme can negro que se apostó en el bosque, frente a la puerta de nuestra casa. Se quedó inmóvil horas y horas, mirándonos fijamente. Nos acercamos a una distancia prudencial, dada su enormidad, y le dejamos un bol de agua con algo de comida. Pero ni se inmutó. De repente una llamada telefónica nos informó del fallecimiento de la tía y el can desapareció para siempre. Jamás lo volvimos a ver.
La tía adoptó la forma simbólica del can negro, el cancerbero de la muerte. En la Antigüedad, el perro se hallaba consagrado a Hécate, la diosa de los muertos, por lo que presiente de lejos la muerte. Si en sueños se escucha su aullido o se le oye ladrar, está avisando de alguna muerte próxima o cercana.
Otras despedidas no tan simbólicas y más reales en cuanto a apariencias son los encuentros fortuitos con los difuntos por la calle. Se habla de cosas intrascendentes y cotidianas con ellos, se despiden afectuosamente, y con posterioridad el interlocutor se acaba enterando de que la persona en cuestión había fallecido. La impresión y el susto son de muerte. El ejemplo bíblico más destacado fue la aparición postmortem de Jesucristo en el camino de Emaús.
Encuentros también en casa, donde el difunto se despide con un beso cariñoso en un duermevela. O a pesar de la despedida deja un rastro para velar y cuidar a un ser querido. Como fue el caso de una niña huérfana de Lérida que cada vez que iba al pozo a por agua se encontraba con su madre fallecida. La madre la peinaba haciéndole unas trenzas preciosas y le llevaba el cubo lleno de agua hasta la entrada del pueblo. Todavía de mayor le saltan las lágrimas recordando el suceso y la sorpresa y admiración que provocaban su relato a cuantos la rodeaban.
Despedidas que apuntan a un para siempre te llevo en mi corazón y que dejo de estar, lo demás queda todo suspendido en el éter. No hay vuelta atrás ni tampoco fecha de reencuentro, sólo el halo de una presencia vaporosa, evanescente, de alguien que ocupó un lugar, un espacio en las coordenadas existenciales. Aliento vital.

Inquietante pero atrayente escrito. Ahora que tengo algún respiro editorial, prometo leerme todos tus interesantes artículos
ResponEliminaGracias Carlos, en EEUU están financiando una investigación sobre el tema, y lo lleva además el departamento de filosofía de una universidad. Si tienes alguna experiencia o aportación médica que contar, también sería interesante conocerla
ResponEliminaMe gusta tú escrito y las descripciones que en ella haces. Me inclino a creer que una vez más no se debe generalizar...Por la edad que tengo se puede uno imaginar la de veces que un ser querido o conocido se alejó de mi entorno, pero no recuerdo en absoluto nada que me avisase como una premonición de lo que iba a ocurrir en horas próximas, ni siquiera con mi propia madre...No sé de que materia debo estar hecho, pero la muerte ni me asusta, ni me avisa, ni me llama. He derramado lágrimas al conocer el fallecimiento de la persona querida, y hasta he rememorado recuerdos que nos unían en vida. Por lo demás creo en todo lo que relatas y me asombro de ser ajeno a esos sucesos
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