dimecres, 21 de gener del 2015

Druidas.


Excálibur.
Cuando la Dama del Lago hizo emerger a Excálibur de sus profundas aguas, estaba mostrando uno de los exvotos que los guerreros celtas arrojaron a los ríos y los lagos. Los hiperbóreos, los del otro lado, los que habitaban más allá de la linde del mundo civilizado romano: los celtas. Su civilización fue la primera considerada europea como tal, y el sedimento que portamos todos en nuestro interior por muy potente que sea el barniz judeo-cristiano que nos adorna.

Los celtas recuperaron antiguas formas de vivir cercanas a la naturaleza, y también enclaves sagrados de culturas prehistóricas: montañas sagradas, grutas y centros de adoración a las divinidades, manantiales y arroyos de aguas milagrosas, bosques sagrados… Son los lugares de poder. Vivían en tierras de agua y bruma, y eran guiados por un estamento sacerdotal que poseía profundos conocimientos y una gran valentía ante las situaciones difíciles. Dicho estamento era constituido por hombres y mujeres, los druidas, seleccionados de las capas altas de la sociedad. Una sociedad espiritualizada, con propiedad colectiva, y de transmisión oral del conocimiento.

Las funciones de los druidas consistían en velar por las cosas divinas, celebrar sacrificios a los dioses, impartir justicia a partir de unos conocimientos que provenían del Más Allá, basados en una ciencia ancestral que tenía como fuente la Naturaleza en todas sus dimensiones. La cuarta dimensión, el orden del tiempo, también era sacralizado en las ceremonias que llevaban a cabo en los lugares de poder, mirando al cosmos desde plataformas naturales: montañas sagradas y rocas monumentales, observación que les permitía después elaborar los calendarios y determinar los días fastos y nefastos.

Se ocupaban del aprendizaje de los jóvenes que tenía lugar en los espacios profundos de los bosques, a la sombra de un roble o en el interior de un recinto rodeado de piedras en planta ovalada. Los conocimientos eran memorizados y no escritos debido a su carácter esotérico. También poseían la facultad de la adivinación mediante la observación del firmamento y del fuego. Además de la de curación, portando a los enfermos hacia los manantiales sagrados.

Sus símbolos eran el sol, celebrando el solsticio de verano como la fiesta más importante; y los árboles, como portadores de una sabiduría sagrada. Los bosques eran templos, santuarios para los celtas: los altos troncos eran las columnas que sostienen el cielo, una roca o el tronco de un árbol servían de altar, y el manantial sagrado era la fuente de bendiciones. El druida, vestido de blanco, restaba a la sombra de un roble. Desde ahí percibía los mensajes recibidos de las deidades y de los seres que forman ya parte del Más Allá. Los árboles eran vías de comunicación entre el cielo y la tierra, además de reunir los elementos del cosmos (agua, aire, madera…)

Los druidas llevaban un amuleto colgado del pecho: el triskel, un círculo dividido en tres partes iguales, símbolo de la sabiduría y el poder, también relacionado con la otra dimensión. Es una rueda que al observarla penetras en el interior del universo, y al mismo tiempo en nuestros espacios internos. Desde sus enclaves secretos los druidas recogían la fuerza de los cinco elementos para proteger al pueblo y sobre todo para atar y desatar lo inimaginable.

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