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| Desear. |
El deseo forja el alma. Constituye la primera facultad con la cual el hombre se opone a las cosas como ser independiente. Al desear el ser humano construye la realidad para sí mismo, y no simplemente la acepta. En el deseo se agita la capacidad para configurar el ser. Es una primera conciencia del yo que a través de la omnipotencia mágica de la voluntad trata de apoderarse de las cosas. Pero en este intento se evidencia que todavía está poseído por ellas.
En esta primea conciencia las facultades ideales como la palabra son intuidas al igual que formas de seres demoníacos. Se las proyecta al exterior como algo ajeno al propio yo. El alma era considerada una potestad demoníaca que determina y posee el cuerpo del hombre y con él la totalidad de sus funciones vitales.
El yo llega a sí mismo cuando se limita interiormente: cuando reconoce ciertos límites objetivos de la actividad. Cuando la emotividad y la voluntad ya no tratan de asir directamente el objeto querido, sino que intercalan eslabones entre el deseo y su meta. El yo y la realidad se determinan a través de esta mediación.
Se media entre el ser y el no-ser, entre dos modos de existencia, dos planos: el de las cosas, los fenómenos sensibles; y el de la cognición, donde el concepto se sitúa entre los elementos que enlaza sin tener existencia material, sólo una significación ideal. Las formas puras de la intuición y del pensamiento son caracterizadas como un no-ser, mientras que las cosas son.
El alma como un no-ser, como el fondo negro de la pantalla para que las cosas sean, para que la película de la vida se ruede. Cortázar lo dice así: “No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí”.
La persona brota dando rodeos. Ha de vencer ante ciertas resistencias. En la acción comienza la organización espiritual de la realidad. En la conciencia de la acción, en el mundo del influjo se definen los límites del yo y del no-yo. El alma es moldeable y capaz de variar de forma al manipularla. No es ningún modela acabado y rígido.
Cuando el interior y el exterior quedan difusos cada forma simbólica establece de modo distinto el límite entre el yo y la realidad. Los rasgos analíticos que hoy conocemos del pensamiento no fueron tales en su origen. La unidad, la divisibilidad, la inmaterialidad y la permanencia fueron conseguidos gradualmente en el proceso de representación y pensamiento. El alma aparece como lo más inmediato y lo más mediato, como cualquier otro ente físico, pero que se va enriqueciendo de un contenido significativo espiritual hasta que se convierte en el principio de la espiritualidad en general.
El deseo es el motor del alma, así se inicia. Deseemos.

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