divendres, 9 de gener del 2015

La cosa en sí.


Tumba de Keats.
Dice Kant que no podemos aprehender la cosa en sí. Para comprender recreamos de una forma ideal al objeto en nuestro pensamiento. Realizamos ligaduras de relaciones, enlaces abstractos que nos permiten configurar la forma de una materia para nosotros inaccesible.

Tenemos miedo a esta materia que nos conforma y nos rodea, por eso le ponemos nombre. Utilizamos el lenguaje, la forma simbólica, para cauterizar la herida sangrante que nos produce la materialidad. Nombrar es conjurar lo indeterminado. Denominar certeramente a las cosas es superar la enemistad que hay entre las mismas y el hombre.

Reconocemos a las cosas por su nombre y las invocamos. Por eso Dios poseía un nombre secreto, para que nadie pudiera ejercer un influjo infalible sobre él. Quien sabe los nombres posee un saber oculto con el que poder satisfacer sus deseos ante la divinidad. Es el juego de los cabalistas. La revelación, por contra, comunica el nombre de Dios (la Torah es el gran nombre de Dios).

Los nombres no son únicamente operativos, son caracterizaciones de los distintos modos de operar y obrar del propio Dios. Al hablar actúa, va nombrando los resultados que quiere conseguir. Nombrar a las cosas para que sean. El lenguaje crea y consume. Dios hizo que las cosas fuesen reconocibles por su nombre. Así el Paraíso se restablece cuando se tiene de nuevo el nombre verdadero: un nombre que abarca todo, que ilumina lo incomprensible de nuestro propio ser con una claridad que nos inundará el alma.

La claridad se obtiene al reducir el contenido a mera forma, la realidad a nombre. Esquematizamos. Ensamblamos emblemas en el material de los nombres. El tiempo vacío se rellena con nombres. El poeta, citando, demuestra que el mundo y los poderes son viejos conocidos suyos. Evita las lagunas en el conjunto de los nombres para que el mundo pueda ser dominado.

Al principio lo dominante era la falta de nombre de lo informe. Se luchaba por encontrar la palabra que designa lo extraño. Existía el peligro de que Dios fuera el no invocado, el desconocido, de ahí que ahora se dé las gracias por su santo nombre. Se cubre el mundo con nombres, para repartir y dividir lo indiviso. Poner nombre es plantar cara al pánico, delimitando las direcciones y formas que surgen de lo dado.

Se catalogan los vientos, las direcciones celestes, las estaciones del año, los elementos, los sentidos, las virtudes, los vicios, los temperamentos, los afectos, las constelaciones… Existe el ritual de dar el nombre, porque en el ritual se toma distancia frente al terror y se muestra el objeto numinoso. ¿Qué es lo sagrado sino la interpretación del poder que hace que el hombre no sea dueño de su destino, del tiempo de su vida, de sus relaciones existenciales? La apelación abre el camino a una influencia mágica.

La inaccesibilidad de la cosa en sí y el nombre. Keats tenía razón: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”.



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