dilluns, 26 de gener del 2015

El tiempo en el ritual.

Templum,
Cuando realizamos un ritual salimos de la duración temporal ordinaria, del tiempo homogéneo y continuo, de lo diacrónico, de lo que va sucediendo día a día. Y nos metemos de lleno en otro tiempo, en uno sincrónico, circular, reiterante y rítmico, porque reactualiza un acontecimiento sagrado que ha tenido lugar “in principio”.

Hay dos tiempos, el diacrónico y el sincrónico, el exotérico y el esotérico. El iniciado, aquel que alcanza el tiempo esotérico, es quien nace dos veces. Renace a una nueva realidad gobernada por un tempus-templum diferente. Como bien dice Einstein espacio y tiempo van a uno. El tiempo sacro ha de darse, pues, en un templum, en un templo o lugar sagrado.

El tiempo en el ritual es sincrónico, se halla encerrado en un espacio interior esotérico, en el que el mundo externo no halla lugar. Cuando finaliza el rito, el tiempo sagrado se desvanece, y vuelve lo diacrónico, lo exotérico. Los rituales se dan en un tiempo iniciático, en los límites de una percepción sincrónica del tiempo. Es un tiempo mítico primordial que se hace presente. Es indefinidamente recuperable y repetible, es reversible, no irreversible como el tiempo profano.

El tiempo sagrado se actualiza por los ritos, los objetos, las deambulaciones rituales por el templo y sus gestos. Es el tiempo creado y santificado por los dioses; la primera aparición del tiempo, el dios Cronos. Implica la muerte profana y el renacimiento a lo sagrado. Es un tiempo circular, reversible y eternamente recuperable: el eterno presente mítico que se reintegra periódicamente por medio de ritos.

El hombre iniciado rehúsa a vivir únicamente en el presente histórico, se esfuerza por alcanzar un tiempo sagrado. Detiene la duración temporal profana para insertarse en este último tiempo sacro. Cada ritual, cada manifestación o epifanía, en el lugar consagrado, devuelve al mundo y al tiempo la santidad original. La finalidad de la introducción del neófito en lo sagrado consiste en que asuma la responsabilidad de ser hombre.

El hombre no crea los rituales que practica; son los rituales los que se realizan en el hombre. Lo humano es ritual. El rito manifiesta en el hombre las relaciones eternas de las cosas, la estructura de lo real, que suele ser representada mediante números. También orienta terrestre y cósmicamente, como vemos ejemplificado en los lugares consagrados (orientación de las pirámides, iglesias, mezquitas…) Cualifica y dota de tiempo especial al hombre.

No obstante exige unas condiciones que revelan que el rito no es producto del azar, no es una creación artificial. Primero exige una transmisión de poderes para oficiar el rito, que suele ser directa con contacto corporal, como la ordenación del sacerdote. Segundo, para poder acceder al rito se ha de superar la concepción superficial de las cosas, superación que constituye todo un secreto. Tercero, el rito no depende del oficiante, es su cualificación y no su persona lo que importa. Así el sacerdote, aun retirado de su ministerio, guarda todos los poderes sacramentales: “Tu es Sacerdos in aeternum”. El que ha sido marcado por un rito guarda ese carácter para siempre.

El celebrante no aporta nada de sí mismo, es un soporte, un instrumento, y no debe modificar absolutamente nada de lo transmitido. Se le exige una exactitud minuciosa. Finalmente, la exigencia de la muerte iniciática: el paso necesario hacia una forma superior de vida. Caray, ¡qué cuesta ser hombre!

dimecres, 21 de gener del 2015

Druidas.


Excálibur.
Cuando la Dama del Lago hizo emerger a Excálibur de sus profundas aguas, estaba mostrando uno de los exvotos que los guerreros celtas arrojaron a los ríos y los lagos. Los hiperbóreos, los del otro lado, los que habitaban más allá de la linde del mundo civilizado romano: los celtas. Su civilización fue la primera considerada europea como tal, y el sedimento que portamos todos en nuestro interior por muy potente que sea el barniz judeo-cristiano que nos adorna.

Los celtas recuperaron antiguas formas de vivir cercanas a la naturaleza, y también enclaves sagrados de culturas prehistóricas: montañas sagradas, grutas y centros de adoración a las divinidades, manantiales y arroyos de aguas milagrosas, bosques sagrados… Son los lugares de poder. Vivían en tierras de agua y bruma, y eran guiados por un estamento sacerdotal que poseía profundos conocimientos y una gran valentía ante las situaciones difíciles. Dicho estamento era constituido por hombres y mujeres, los druidas, seleccionados de las capas altas de la sociedad. Una sociedad espiritualizada, con propiedad colectiva, y de transmisión oral del conocimiento.

Las funciones de los druidas consistían en velar por las cosas divinas, celebrar sacrificios a los dioses, impartir justicia a partir de unos conocimientos que provenían del Más Allá, basados en una ciencia ancestral que tenía como fuente la Naturaleza en todas sus dimensiones. La cuarta dimensión, el orden del tiempo, también era sacralizado en las ceremonias que llevaban a cabo en los lugares de poder, mirando al cosmos desde plataformas naturales: montañas sagradas y rocas monumentales, observación que les permitía después elaborar los calendarios y determinar los días fastos y nefastos.

Se ocupaban del aprendizaje de los jóvenes que tenía lugar en los espacios profundos de los bosques, a la sombra de un roble o en el interior de un recinto rodeado de piedras en planta ovalada. Los conocimientos eran memorizados y no escritos debido a su carácter esotérico. También poseían la facultad de la adivinación mediante la observación del firmamento y del fuego. Además de la de curación, portando a los enfermos hacia los manantiales sagrados.

Sus símbolos eran el sol, celebrando el solsticio de verano como la fiesta más importante; y los árboles, como portadores de una sabiduría sagrada. Los bosques eran templos, santuarios para los celtas: los altos troncos eran las columnas que sostienen el cielo, una roca o el tronco de un árbol servían de altar, y el manantial sagrado era la fuente de bendiciones. El druida, vestido de blanco, restaba a la sombra de un roble. Desde ahí percibía los mensajes recibidos de las deidades y de los seres que forman ya parte del Más Allá. Los árboles eran vías de comunicación entre el cielo y la tierra, además de reunir los elementos del cosmos (agua, aire, madera…)

Los druidas llevaban un amuleto colgado del pecho: el triskel, un círculo dividido en tres partes iguales, símbolo de la sabiduría y el poder, también relacionado con la otra dimensión. Es una rueda que al observarla penetras en el interior del universo, y al mismo tiempo en nuestros espacios internos. Desde sus enclaves secretos los druidas recogían la fuerza de los cinco elementos para proteger al pueblo y sobre todo para atar y desatar lo inimaginable.

divendres, 16 de gener del 2015

El trol herido.


Troll.
En la isla de los troles, al norte de Dinamarca, tal como situó Shakespeare a Hamlet, se debatía sobre el ser y el no-ser. A los seres debatientes, desde el exterior, se los denominaba troles, porque habitaban el caos y pretendían permutar el orden establecido.

Uno de aquellos troles, Gorka, impulsado por un alud de sentimientos tras el intrincado debate, decidió desplazarse hacia el sur y probar las cosas cotidianas de los humanos. Se disfrazó de uno de ellos e intentó llevar una vida “normal”. Pero el ser que llevaba dentro emergía por todas partes y topaba con la normalidad de la gente que, al final, cansados los humanos de tanta rareza lo despreciaron.

Malherido lamentó su desplazamiento y el no haber podido integrarse como los demás querían. Pero, ¿acaso integrarse era sinónimo de formar parte de una masa informe? ¿Por qué cada individuo no podía conservar la propia personalidad y los rasgos autónomos? ¿En base a qué tenían que renunciar a la mismidad para formar parte de la indiferencia? Gorka llegó a la conclusión de que la sociedad humana quería ciudadanos dóciles y no críticos que pudieran llegar a desmontar el sistema.

No obstante, como representante del ser y del caos el trol se negó a aceptar su condición de apaleado y bogó por formular un tratado sobre la tolerancia, al estilo de Voltaire. Cogiendo de la mano a los humanos les instó a que salieran de la cueva de su ostracismo para vislumbrar lo diferente. Ver a la luz como cada cosa es única y que el fundamento es el “entre” las cosas que, además, las ubica.

La diferencia de cada realidad individual impele a inteligir la realidad como algo abierto que nos libera. El contenido ya no pesa, la forma ha proporcionado el orbe de lo irreal. El trol ofrece a los humanos la línea del horizonte continuamente variable y ampliada. Así puede albergar lo nuevo y el campo objetual reorganizarse otra vez. Desde el campo se obtiene el ámbito de realidad, el ambiente que generan las cosas, su respectividad.

Algunos humanos se movieron con Gorka por la respectividad de las cosas y alcanzaron el logos sentiente: la formalidad de la realidad sentida como algo más que la realidad de cada cosa. La aprehensión de lo real mismo que nos retiene y hace que respetemos su variabilidad. Otros humanos, en cambio, se negaron a moverse y permanecieron enquilosados en su odio hacia la diferencia. Se generaron zonas de paz y zonas de guerra. Núcleos de tolerancia y otros de intolerancia manifiesta.

La historia, el transcurso espacio-temporal de la humanidad, ofrecerá el desenlace.

diumenge, 11 de gener del 2015

La despedida.


Can negro.
Cuando la persona fenece ocurre un fenómeno curioso: viene a despedirse. Se despide de la vida, de los conocidos, de las amistades y de la familia. Se aparece en sueños a quien no se ha percatado de su muerte. Y durante la vigilia, a plena luz, bajo formas simbólicas, su presencia se revela.

Una tía muy anciana, de quien no teníamos noticia de su muerte, vino a avisarnos y a despedirse bajo la forma de un enorme can negro que se apostó en el bosque, frente a la puerta de nuestra casa. Se quedó inmóvil horas y horas, mirándonos fijamente. Nos acercamos a una distancia prudencial, dada su enormidad, y le dejamos un bol de agua con algo de comida. Pero ni se inmutó. De repente una llamada telefónica nos informó del fallecimiento de la tía y el can desapareció para siempre. Jamás lo volvimos a ver.

La tía adoptó la forma simbólica del can negro, el cancerbero de la muerte. En la Antigüedad, el perro se hallaba consagrado a Hécate, la diosa de los muertos, por lo que presiente de lejos la muerte. Si en sueños se escucha su aullido o se le oye ladrar, está avisando de alguna muerte próxima o cercana.

Otras despedidas no tan simbólicas y más reales en cuanto a apariencias son los encuentros fortuitos con los difuntos por la calle. Se habla de cosas intrascendentes y cotidianas con ellos, se despiden afectuosamente, y con posterioridad el interlocutor se acaba enterando de que la persona en cuestión había fallecido. La impresión y el susto son de muerte. El ejemplo bíblico más destacado fue la aparición postmortem de Jesucristo en el camino de Emaús.

Encuentros también en casa, donde el difunto se despide con un beso cariñoso en un duermevela. O a pesar de la despedida deja un rastro para velar y cuidar a un ser querido. Como fue el caso de una niña huérfana de Lérida que cada vez que iba al pozo a por agua se encontraba con su madre fallecida. La madre la peinaba haciéndole unas trenzas preciosas y le llevaba el cubo lleno de agua hasta la entrada del pueblo. Todavía de mayor le saltan las lágrimas recordando el suceso y la sorpresa y admiración que provocaban su relato a cuantos la rodeaban.

Despedidas que apuntan a un para siempre te llevo en mi corazón y que dejo de estar, lo demás queda todo suspendido en el éter. No hay vuelta atrás ni tampoco fecha de reencuentro, sólo el halo de una presencia vaporosa, evanescente, de alguien que ocupó un lugar, un espacio en las coordenadas existenciales. Aliento vital.

divendres, 9 de gener del 2015

La cosa en sí.


Tumba de Keats.
Dice Kant que no podemos aprehender la cosa en sí. Para comprender recreamos de una forma ideal al objeto en nuestro pensamiento. Realizamos ligaduras de relaciones, enlaces abstractos que nos permiten configurar la forma de una materia para nosotros inaccesible.

Tenemos miedo a esta materia que nos conforma y nos rodea, por eso le ponemos nombre. Utilizamos el lenguaje, la forma simbólica, para cauterizar la herida sangrante que nos produce la materialidad. Nombrar es conjurar lo indeterminado. Denominar certeramente a las cosas es superar la enemistad que hay entre las mismas y el hombre.

Reconocemos a las cosas por su nombre y las invocamos. Por eso Dios poseía un nombre secreto, para que nadie pudiera ejercer un influjo infalible sobre él. Quien sabe los nombres posee un saber oculto con el que poder satisfacer sus deseos ante la divinidad. Es el juego de los cabalistas. La revelación, por contra, comunica el nombre de Dios (la Torah es el gran nombre de Dios).

Los nombres no son únicamente operativos, son caracterizaciones de los distintos modos de operar y obrar del propio Dios. Al hablar actúa, va nombrando los resultados que quiere conseguir. Nombrar a las cosas para que sean. El lenguaje crea y consume. Dios hizo que las cosas fuesen reconocibles por su nombre. Así el Paraíso se restablece cuando se tiene de nuevo el nombre verdadero: un nombre que abarca todo, que ilumina lo incomprensible de nuestro propio ser con una claridad que nos inundará el alma.

La claridad se obtiene al reducir el contenido a mera forma, la realidad a nombre. Esquematizamos. Ensamblamos emblemas en el material de los nombres. El tiempo vacío se rellena con nombres. El poeta, citando, demuestra que el mundo y los poderes son viejos conocidos suyos. Evita las lagunas en el conjunto de los nombres para que el mundo pueda ser dominado.

Al principio lo dominante era la falta de nombre de lo informe. Se luchaba por encontrar la palabra que designa lo extraño. Existía el peligro de que Dios fuera el no invocado, el desconocido, de ahí que ahora se dé las gracias por su santo nombre. Se cubre el mundo con nombres, para repartir y dividir lo indiviso. Poner nombre es plantar cara al pánico, delimitando las direcciones y formas que surgen de lo dado.

Se catalogan los vientos, las direcciones celestes, las estaciones del año, los elementos, los sentidos, las virtudes, los vicios, los temperamentos, los afectos, las constelaciones… Existe el ritual de dar el nombre, porque en el ritual se toma distancia frente al terror y se muestra el objeto numinoso. ¿Qué es lo sagrado sino la interpretación del poder que hace que el hombre no sea dueño de su destino, del tiempo de su vida, de sus relaciones existenciales? La apelación abre el camino a una influencia mágica.

La inaccesibilidad de la cosa en sí y el nombre. Keats tenía razón: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”.



diumenge, 4 de gener del 2015

El deseo.


Desear.
El deseo forja el alma. Constituye la primera facultad con la cual el hombre se opone a las cosas como ser independiente. Al desear el ser humano construye la realidad para sí mismo, y no simplemente la acepta. En el deseo se agita la capacidad para configurar el ser. Es una primera conciencia del yo que a través de la omnipotencia mágica de la voluntad trata de apoderarse de las cosas. Pero en este intento se evidencia que todavía está poseído por ellas.

En esta primea conciencia las facultades ideales como la palabra son intuidas al igual que formas de seres demoníacos. Se las proyecta al exterior como algo ajeno al propio yo. El alma era considerada una potestad demoníaca que determina y posee el cuerpo del hombre y con él la totalidad de sus funciones vitales.

El yo llega a sí mismo cuando se limita interiormente: cuando reconoce ciertos límites objetivos de la actividad. Cuando la emotividad y la voluntad ya no tratan de asir directamente el objeto querido, sino que intercalan eslabones entre el deseo y su meta. El yo y la realidad se determinan a través de esta mediación.

Se media entre el ser y el no-ser, entre dos modos de existencia, dos planos: el de las cosas, los fenómenos sensibles; y el de la cognición, donde el concepto se sitúa entre los elementos que enlaza sin tener existencia material, sólo una significación ideal. Las formas puras de la intuición y del pensamiento son caracterizadas como un no-ser, mientras que las cosas son.

El alma como un no-ser, como el fondo negro de la pantalla para que las cosas sean, para que la película de la vida se ruede. Cortázar lo dice así: “No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí”.

La persona brota dando rodeos. Ha de vencer ante ciertas resistencias. En la acción comienza la organización espiritual de la realidad. En la conciencia de la acción, en el mundo del influjo se definen los límites del yo y del no-yo. El alma es moldeable y capaz de variar de forma al manipularla. No es ningún modela acabado y rígido.

Cuando el interior y el exterior quedan difusos cada forma simbólica establece de modo distinto el límite entre el yo y la realidad. Los rasgos analíticos que hoy conocemos del pensamiento no fueron tales en su origen. La unidad, la divisibilidad, la inmaterialidad y la permanencia fueron conseguidos gradualmente en el proceso de representación y pensamiento. El alma aparece como lo más inmediato y lo más mediato, como cualquier otro ente físico, pero que se va enriqueciendo de un contenido significativo espiritual hasta que se convierte en el principio de la espiritualidad en general.

El deseo es el motor del alma, así se inicia. Deseemos.