dimecres, 16 d’abril del 2014

Viraje o no viraje.


El vuelco necesario.
En todo filósofo hay un recorrido vital que cruza su pensamiento. Hay un inicio, un desarrollo, y un desplazamiento final. Es inevitable, es histórico, es humano. Un pensador no se queda en una idea estática una vez alcanzada. Sigue un camino, un devenir que sólo se paraliza con la propia muerte.

El camino de Heidegger, he aquí la cuestión. Puesto hoy en día en solfa por su afiliación al nazismo, no se sabe qué hacer con este filósofo que tantas mentes ha abierto en el s.XX.

Martin Heidegger proviene del campo de la teología. Íntimo amigo de Bultmann, comparte la preocupación de la época por volver al cristianismo primitivo, por intentar recuperar la fe inicial de las primeras comunidades cristianas, y por recuperar al Jesús histórico. La base de este origen reside en los Padres de la Iglesia: es el retorno a la patrística.

Esta búsqueda de lo originario Martin la traslada a la filosofía. Así como los teólogos bucean en la patrística, Heidegger se sumerge en Grecia y halla en el modo de pensar griego, tan alejado del nuestro por la autoconciencia que nos invade, lo originario del pensamiento filosófico.

El fundamento de la filosofía será la pregunta por el ser, que luego fue olvidada por el desarrollo de la metafísica, así como el desarrollo de la teología olvidó el lógos primigenio anterior a toda sistematización. Se trata de un pensar poético, intuitivo, asistemático, plenificado de simbología y revelador de un ser prístino.

Heidegger intentará hacer una reconstrucción de la metafísica basándose en el decir pre-socrático. Un decir todavía no esencializado por las ideas platónicas, aún no estratificado en una razón lógica y limitada. Pero esta reconstrucción del edificio metafísico, sin la demolición de los cimientos, acaba en la misma metafísica. Derrida, el padre de la deconstrucción, dirá que Heidegger fracasa porque sigue sustentándose en el logocentrismo. Para Derrida sólo los grafemas constituyen el cimiento.

Únicamente el post-estructuralismo de Deleuze conseguirá reconstruir aquello que pretendía Heidegger. Y lo hará porque buceará en una hondura mayor: dirá que los fundamentos de la metafísica residen, no en el ser, sino en sus manifestaciones que son las dualidades plasmadas en los pre-socráticos. Suprimiendo las dualidades, como la identidad y la diferencia, se deconstruye verdaderamente la metafísica, pudiéndose crear luego conceptos paradójicos que ya no serían metafísicos.

Pero Heidegger no alcanzó tamaña lucidez, se encontró con el camino enmarañado por el bosque y tuvo que realizar un viraje. Fue en el año 38 donde apostató de Hitler tildándolo de ladrón y criminal (conversaciones privadas con Heribert Heinrichs, que no publicó éste hasta 1989), y donde intentó hallar una eticidad que salvara a la humanidad de la fragmentación provocada por el tecnicismo de la edad moderna. La halló en el misticismo de la poesía de Hölderlin, en su concepto de tierra o vuelta a la unidad de la Naturaleza. Será la poesía, en definitiva, la que alcance también el ser, y no la razón finita que lo paraliza y diseca.

El camino de Heidegger es pues un transitar circular: comienza con el pensar teológico y acaba en el místico. El jesuitismo de sus venas le impidió caer en la estupidez de continuar con el nazismo que cegó al pueblo alemán.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada