dijous, 10 d’abril del 2014

Prórroga ante la muerte.


La partida con la muerte.
Vamos a empezar la Semana Santa y la muerte recobra su sentido. Quizá no pensemos en ella el resto del año, pero en estos días su relieve se patentiza bajo el sol. Todas las reflexiones que se han hecho sobre ella como fin de la vida y la angustia que produce en el ser humano, desembocan en la misma conclusión: pedir una prórroga.

El deseo de Fausto, hecho realidad por Mefisto es, en el fondo, el deseo de la especie humana: vivir un poco más. Vivir lo suficiente como para no perder la conciencia de que todo lo que se hace es por la vida. Adquirir la seguridad de la inexistencia del vacío, porque una vida se llena con el sentido de la vida como tal, y no con los propósitos limitados que nos hacemos en la misma, siempre caducos y no exentos de frustración.

Alcanzar esta evidencia constituye el sentido de la prórroga. Deshacerse de los sacos de piedras que arrastramos durante la vida y que cercenan nuestro caminar, volviendo imposible la mirada hacia la vida como absoluto.

Relativizamos o fragmentamos, troceamos nuestro existir con mentalidad analítica perdiendo el horizonte general que nos hace valorar la vida como tal. Quedan, entonces, proyectos incumplidos, expectativas no realizadas: las posibilidades que nunca fueron posibles (el podía haber hecho aquello en vez de esto otro). Pero ésta fue mi elección, mi libre albedrío puesto en acto. Y la actualización de una vida no sólo es irreversible, sino precisamente porque lo es, hace valorar la vida en sí misma. Si no fuera irreversible, si tanto diera una posibilidad que otra, la vida no tendría valor, porque se podría cambiar como si fuera una ficha cualquiera de un juego.

Pero no estamos jugando, no representamos un papel esporádico en una obra de teatro. Nuestra vida es un papel único intransferible, y no va a existir otro para nosotros. Por tanto, lo hemos de desempeñar lo mejor posible, sabiendo que no es una vida más, sino que es la vida misma.

Cada vida es única y a la vez es la vida. Todas valen en su unicidad y precisamente por ello. Luego se deriva que la muerte tiene algo que ver con esta unicidad. La muerte cierra la vida, es el fin de viaje. Lo que hace que ese viaje sea único y que no haya otro como él. Una vez cerrada la vida se vislumbra el conjunto, el porqué de su sentido: un nacimiento, una amplitud, y un fin de fiesta; con referencias externas y, sobre todo, autorreferencial. Es la autorreferencia la que nos hace ser humanos y dota de sentido nuestra vida.

Es el tener conciencia de ser en este mundo. Un ser aquí y ahora y para la muerte. Saber que en algún momento el camino se desvanece y aparece el abismo irremediable. Tener el límite presente en cada segundo de nuestra vida para cuidarnos, para aplazar, siempre aplazar el jaque mate de nuestro adversario más temible.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada