dimarts, 28 de gener del 2014

La lente perfecta.


Jaches Derrida.
El proceso mediante el cual el óptico construye la lente perfecta parte de la destrucción de los cristales anteriores. Al no considerarlos perfectos, uno a uno, sometidos a un análisis minucioso, acaban pulverizados.

La deconstrucción fue el método de Jaches Derrida. Filósofo estructuralista que se sitúa fuera del discurso racional. Busca que todos los discursos tengan la misma validez, y no en exclusiva el racional. Para ello margina y fragmenta, religa y relee desde todos los ángulos. Recompone, desplaza, disocia los significantes. Se sitúa en el límite del discurso.

Derrida acentúa el carácter no representativo del lenguaje, buscando la diferencia, la alteridad: esas categorías antaño secundarias del ser y, ahora, colocadas en primer plano. Si para Heidegger el lenguaje constituye el medio en que tiene lugar la historia del ser, para Derrida es la clave de la propia destrucción de esta historia.

Animado por el estructuralismo de Saussure, desde la lingüística critica a la metafísica. Autosuperará la metafísica remontándose a los inicios de esa escritura fonética cooriginaria con el pensamiento occidental. Irá deconstruyendo los significados que tienen su fuente en ese logos, en esa palabra hablada.

Derrida es un filósofo de la modernidad, una época en la que ya no se pone en perspectiva la totalidad de un contexto de sentido. La tradición es cambiante, el único sustrato que queda es el signo escrito. Los signos son la materia que sobrevive a la huella de un espíritu que ha huido. La forma escrita es la que libera al texto de su contexto. Ya no hay autor, ni destinatario, ni presencia del objeto del que se habla. Será la garantía para que un texto pueda leerse en variados contextos.

Si para Husserl lo principal es la idealidad de significados del lenguaje, por encima del querer comunicar y del sustrato sígnico; Derrida lo invierte: la idealidad será la forma sensible del significante. La expresión se mantiene inteligible, independientemente de la intención de lo que se dice y, también, de la estructura de la experiencia del objeto. La expresión hace desplazar a su representación. Sólo así se abre mundo.

El sustrato sígnico o protoescritura posibilita las diferenciaciones abridoras del mundo. Lo inteligible será así lo sensible diferido; la cultura será la naturaleza diferida o aplazada. El sujeto ya no será el protagonista de la intuición de las ideas, de la presencia de la mismidad; ahora dependerá del poder originario fluidificado en el tiempo. Estará sometido al laberíntico juego de espejos de viejos textos.

Derrida muestra así su proximidad a la mística judía y a la Cábala, en donde se muestra una Torá oculta que muda continuamente de trajes. Estos trajes son la tradición. Es el libro del mundo escrito por Dios, del que sólo quedan rastros, huellas, fragmentos. La autenticidad residirá en aquello marginal y periférico. Comparte la labor de la dialéctica negativa de Adorno de criticar a la razón autoritaria centrada en el sujeto. Es el fetichismo del desencantamiento

dissabte, 18 de gener del 2014

Baruch Spinoza.


Spinoza.
Jan sabía que había un principio vital en la naturaleza que lo regía todo. Un éter luminoso en el cuál se movía el alma universal. Una inteligencia en devenir que iba despertando poco a poco. Y que los espíritus se agarraban a ella como un clavo ardiendo.

¡La luz! Ir tras ese éter. ¡Tamaña imposibilidad! ¿Por dónde empezar? ¿Cómo consiguió el óptico la estrella del destino? Tuvo que crear una lente especial que diera con su luz. Se acordó entonces de Spinoza, de cómo pulía las lentes mientras meditaba filosóficamente.

Baruch Spinoza, judío holandés, de origen español, expulsado de la sinagoga en 1656 por blasfemo; experto en Cábala, talmudismo, filosofía judía medieval, escolástica, renacentismo y cartesianismo. Quiere buscar el bien supremo que serene el ánimo y lo halla en Dios como unidad del universo. Pero su búsqueda es desde el conocimiento racional, eliminando lo que sea erróneo.

Parte del método cartesiano y considera que el conocimiento debe comenzar con las definiciones fundamentales. Definiciones, axiomas, postulados, y de ellos a las proposiciones que requieren demostración. En definitiva, se trata de un sistema deductivo, con corolarios y escolios, engendrado a través de la experiencia, pero siendo autónomo de la misma gracias a la razón.

Spinoza no niega la experiencia de la vida cotidiana, fuente del conocimiento científico y de cómo ubicamos un objeto en la realidad. Reconoce las percepciones sensibles y su función, pero también que el entendimiento procede de otro modo al intuir las esencias de las cosas. La experiencia no permite aprehender la esencia, sólo el entendimiento lo hace por vía de las definiciones precisas, que atienden a lo permanente, no a lo accidental.

El modo más perfecto de conocer es el que llega a la primera causa, y las verdades aprióricas de nuestro ser han de coincidir con las leyes y el fundamento de todo ser. La primera causa es Dios, Realidad o Substancia, causa de sí misma, esencia que envuelve su existencia. Como lo identifica también con la Naturaleza, de ahí el escándalo: que no se establezca una separación entre Dios y su Creación resulta blasfemo.

Esta realidad infinita posee dos atributos: el pensamiento y la extensión, que, a su vez, se expresan por medio de modos. Todo queda recogido en la Substancia, mediante un sistema determinista dominado por la necesidad. La razón es la que concibe la necesidad, en tanto que la imaginación, la contingencia.

Pero la razón no anula la pasión, sino que contempla sus causas, puede desligarse y ser independiente. La pasión, los afectos, sustentan la perseverancia del ser como principio propio de toda cosa. El esfuerzo por mantenerse en su ser es la actualización de la esencia.

Jan supo al instante que el óptico que buscaban alcanzó la Perfección con su trabajo, al igual que Spinoza hizo con su sistema, pero que, a la vez, había caído en el pozo profundo de la blasfemia. Como Prometeo, el precio a pagar por alcanzar la inmortalidad, le resultó demasiado elevado.

dilluns, 13 de gener del 2014

La sombra.


Óptica.
Cayó el anochecer en la gran ciudad y un grupo de gente se manifestaba contra el Estado. Bajaban por las calles, en dirección al puerto, alzando sus banderas y proclamando a voz en grito los eslóganes: ¡Somos sociedad civil autónoma! ¡Hemos cortado toda vinculación con el Estado! ¡Nadie más nos va a coaccionar! ¡Somos libres!

En medio de la jarana se hallaban el pastor Sebas, el párroco Jan, y el caporal Evaristo. Habían conseguido echar fuera de la comarca a la sombra; y, ahora, seguían su pista a través de la poblada ciudad, donde sabían que hincaría sus dientes sin remedio.

Cuando la manifestación alcanzó la plaza Real, el párroco hizo señas a los otros dos, y los tres se internaron por una callejuela sombría. Iban en busca de Loreta, la médium que vivía en la calle y lo veía todo. Jan la conocía gracias a los círculos exorcistas que frecuentaba, y sabía de sobras que Loreta habría notado la presencia de la sombra por la ciudad.

La encontraron en una esquina, removiendo la basura, y les contó lo siguiente: ”La sombra sigue el rastro de los ángeles, quiere manchar sus alas blancas, pero ellos son más rápidos. Estuvo también en la plaza la noche de fin de año. Casi los alcanza, pero el fuego incandescente de los ángeles, la abrasó. Ahora se está curando de sus heridas. Sabe que la veo y también que os pondríais en contacto conmigo. Me ha dado este medallón para vosotros.”

Del medallón surgían unos símbolos que brillaban en la oscuridad. Reflejaban la morada de la sombra: un agujero negro que absorbía toda materia viva. Pero con la luz no podía. La luz flotaba a su alrededor, y si enfocabas el medallón bajo la intensidad de una linterna, aquél se desvanecía.

El párroco Jan exclamó entonces: “Dios mío, se trata de la metáfora de la luz. Es un mito muy antiguo que identifica el destino individual con la luz de una estrella del cielo. Vuelve el destino inmortal. La sombra era un hombre, un hombre que consiguió la inmortalidad.”

A continuación les explicó lo que Roberto Grosseteste, un filósofo medieval, había dicho sobre la luz. Creada por Dios después de la materia prima, se difundió produciendo el espacio y las cosas que se encuentran en él. Se multiplica infinitamente, a fin de engendrar cantidades finitas. Se propaga instantáneamente, y su intensidad guarda relación con la densidad de la materia que atraviesa. Existe una perspectiva que examina la luz: es la óptica.

“Señores, volvió a exclamar Jan, con un brillo de triunfo en la mirada, el hombre que se convirtió en sombra, tenía que ser un estudioso de la luz: un óptico. Buscamos a un óptico”. Y recordando las palabras de Loreta, entendió por qué el óptico perseguía a los ángeles. Perseguía su luz, el “lumen angelicum”, la luz del conocimiento poseído por los ángeles. El óptico permanece en la oscuridad, no puede ver nada, no puede conocer nada; ansía ser un ángel para proseguir sus estudios.

Sebas, en su llaneza, concluyó el razonamiento del párroco. “Extiende el mal por ceguera. Hay que ayudarle a ver.”

dimarts, 7 de gener del 2014

Edith Stein.


La gran Edith.
Edith Stein murió gaseada en Auschwitz en 1942. Filósofa y judía, fue ayudante de Husserl en Friburgo y colaboradora en la escuela fenomenológica. Se convirtió al catolicismo e ingresó en la orden Carmelitana, pero, desgraciadamente, dicha conversión no le sirvió de nada cuando cayó en las fauces del nazismo. Sólo contó su ascendencia judía para las S.S.

Edith Stein reflejó su vida en el sistema filosófico que construyó: una combinación única entre la fenomenología y el pensamiento escolástico. Edith, ha sido una de las últimas neo-escolásticas del s.XX.

Pero empecemos por Husserl. A Edith le fascinó el nuevo trascendentalismo de su método. Husserl quería ver la realidad, pero de una manera radical. No quería tratar las cosas de la realidad fáctica, ni tampoco sus representaciones psíquicas. Lo que ansiaba era alcanzar las significaciones de todas ellas: las esencias.

El método para llegar a ellas será el fenomenológico. Se parte de una conciencia intencional que pone en suspensión o entre paréntesis los hechos de la realidad, las experiencias, y las proposiciones de las ciencias. Y en un proceso de reducción o epojé, quiere aprehender lo que se da puramente: quiere poseer la intuición esencial de todo.

No pretende ver con ésta otra realidad, sino esta misma, pero despojada de su actitud natural. Busca, así, el fundamento de toda ciencia y saber: la filosofía primera. ¿Y qué se encuentra con esta reducción eidética o descripción fenomenológica? Se encuentra con el puro flujo intencional del vivir, donde el ego, el yo, es el fundamento de todos los actos intencionales; los constituye.

Edith Stein aplaudió la reducción eidética, pero no se quedó con el yo constitutivo. Como buena católica quiso ir del ser finito al ser eterno. Utilizó a Santo Tomás, a Duns Escoto, a San Juan de la Cruz, a Santa Teresa de Jesús… su intención era perderse en el misticismo de lo eterno. Con la noche del alma de San Juan, con las siete moradas del castillo de Santa Teresa, se interna en un camino del yo que la conduce unívocamente al resplandor de Dios.

Ese Dios que por vía tomista concede la existencia a la esencia. Pone en acto la forma. Edith, en esta puesta en acto, seguirá a Duns Escoto. Para Duns, el entendimiento produce el universal o concepto, pero tiene fundamento en la cosa misma. Es clave, pues, entender que la naturaleza esencial es universal en la mente y existe singularizada en las cosas. La determinación individualizadora no es la forma o esencia común, sino la actualidad última que ésta recibe. La actualidad última que la forma recibe es la “haecceites”, el ser esto, esto-idad, la determinación de la forma en la singularidad. Se garantiza así la originalidad del individuo.

Edith Stein llega, de esta manera, a la exterioridad. Desgraciadamente, la exterioridad del mundo que le tocó vivir no quiso acoger su persona. Fue canonizada y beatificada por Juan Pablo II. Descanse en paz.

dijous, 2 de gener del 2014

La cúpula de fuego.


Cúpula de iglesia.
Iluminaban la iglesia con antorchas, y sin apenas acompañamiento musical, los gregarios elevaban las voces, dispuestos al sacrificio. Encabezaba la comitiva el “summum sacerdote”, ataviado de negro, seguido del sacrificado, un hombre bajo los síntomas de “delirium tremens”. El hombre vociferaba desnudo, con el cuerpo tatuado de esvásticas negras a modo de tarántulas. Lo depositaron encima del altar y procedieron al rito caníbal.

Sebas, un pastor que llevaba las ovejas a pastar de madrugada, vio a lo lejos el humo que sobresalía de la iglesia abandonada. Pensó que, otra vez, los vagabundos habían encendido una hoguera para calentarse. Pero le sorprendió la intensidad de la humareda, y decidió acercarse para comprobar que a nadie se le hubiera ido la mano con el fuego.

Cerca de la iglesia llamó a voces y viendo que nadie respondía, anudó un pañuelo a su cuello y tapándose con él las vías respiratorias, entró a bocajarro por la puerta ya calcinada. Al principio el humo no le dejaba ver, pero a medida que avanzaba distinguió con claridad la terrible ofrenda del altar en llamas.

Corrió despavorido al pueblo y aporreando las puertas pidió auxilio a los autóctonos. No tardó en formarse un corrillo en la plaza, y Sebas les explicó que el demonio había hecho tangible su presencia. En silencio acudieron en grupo a la estafeta de Correos, donde, vía urgente, enviaron una misiva al Exorcista.

El Exorcista era el único cura de la comarca, y uno de los pocos del país que había acudido a Roma para formarse en exorcismos y ritos paganos. Dada la escasez de curas y los tiempos revueltos en los que se vivía ahora, el pobre hombre no daba abasto. Con un cochecillo hecho polvo, recorría cada día la comarca, deshaciendo entuertos y demás galimatías que hallaba a su paso.

En cuanto recibió la misiva, salió disparado hacia la iglesia abandonada. En la puerta le esperaban Sebas y los demás parroquianos. Inclinaron la cabeza a modo de saludo y entraron cual comitiva silenciosa, opuesta a aquella anterior que había pisado la iglesia. El cura, en primer término, sin apenas sobresaltarse ante la macabra escena, se acercó al altar, se arrodilló, y rezó como nunca antes lo había hecho. Luego, sin tocar nada, mandó avisar a la policía. 

Cuando llegó la policía se encontró con el cadáver calcinado y con la horrenda parafernalia satánica expuesta sin atavíos. Enseguida el caporal abordó al cura:

-Vamos a peor. Me imagino que ya habrá hecho el exorcismo, señor cura.

-Sí, Evaristo, hemos barrido la zona. Pero usted sabe que esto es inabarcable: el mal avanza con rapidez.

-Y lo más gordo está aún por llegar. Señor cura, no va a ser aquí, de eso estoy seguro, pues lo estamos echando fuera. Será en la gran ciudad, y allí nadie está preparado. Los cosmopolitas están ausentes de sí mismos. No disponen de ninguna barrera que frene al demonio.

-Lo sé, Evaristo. La guerra se avecina y sólo nos queda rezar.