dissabte, 28 de setembre del 2013

El gesto.


Sócrates.
El cuerpo humano instaura otro lenguaje diferente al verbal. La experiencia corporal está condicionada por el espacio y el tiempo y tiene como base la percepción y la sensación. El cuerpo genera, así, redes comunicativas. Se manifiesta en los silencios del lenguaje verbal. Su discurso es el gesto, que tanto el teatro, el mimo, como la danza lo buscan y lo desligan del habla humana para hacerlo independiente.

El gesto está motivado por la esfera socioafectiva. Las condiciones no verbales son manifestaciones de la cultura (no es lo mismo el caminar de un europeo al de un americano). El cuerpo interioriza desde el nacimiento las manifestaciones del ámbito cultural donde se inserta la persona, y las proyecta en el poder de la mirada, y en la infinidad de actitudes y movimientos.

Los gestos son, pues, culturales, tanto los voluntarios como los involuntarios, los que giran en torno a la persona misma, como al medio y a los demás: el gesto de peinarse, de saludar, de coger un objeto. Pero hay gestos que van más allá de lo meramente antropológico. Hay gestos que traspasan las barreras culturales y se sitúan en lo universal humano, incluso en lo divino. Estamos hablando de gestos como el sacrificio. Estamos hablando de la muerte de Sócrates, por ejemplo.

Sócrates se sacrificó por todo lo que simbolizaba la polis griega: la democracia, la ley, la filosofía. En definitiva, por lo que consideraba la verdadera humanidad. El gesto de Sócrates ha supuesto la antesala de otro mayor aún que nos ha marcado para siempre: la cuna del cristianismo. Sócrates, el especialista en la mayéutica, el arte de extraer la verdad del diálogo, fue condenado a beber la cicuta en el año 399.

Se le propuso huir de la prisión, pero no aceptó el ofrecimiento, y prefirió el sacrificio de la muerte como culmen de un modo de ser de la vida que nadie aceptaba. Fue el más sabio de todos los hombres justamente porque es el único que sabe que no sabe nada. Cuestionaba la propia vida de los hombres, ahí donde más duele, por eso lo ejecutaron. Hacía desvanecer los falsos saberes y buscaba lo auténtico. Su método consistía en la dialéctica: el arte de hacer preguntas para iluminar lo que el alma ya sabía.

Lo acusaron de no reconocer a los dioses de la ciudad, que representan las convicciones habituales, y de corromper a la juventud, que significa hacerles cuestionar todo y no contentarse. Pero el tribunal era representativo de Atenas, y las leyes que lo juzgaban, las representativas de la democracia ateniense. Sócrates no podía violarlas por ser ciudadano. Acepta la condena, pues, de que sus preguntas sacuden los fundamentos mismos de la existencia cotidiana. El diálogo con sus conciudadanos le conduce a la muerte. Es el epílogo necesario. No puede renunciar a ser filósofo y Atenas ajusticiándolo, en el fondo, le reconoce.

dimarts, 24 de setembre del 2013

Bruja.


Palas Atenea.
No hablaremos ni de conjuros, ni de ungüentos, ni de pócimas. Sólo de ser mujer. Hoy en día hay que recurrir a arquetipos ancestrales para intentar definir qué es ser mujer, pues los esquemas actuales han dejado de funcionar. La concepción socialista-comunista de la mujer como ente revolucionario, ha fracasado. La concepción falangista de la mujer como señora de su casa, también. La superwoman copando el mercado laboral, la familia y demás, logo del neo-capitalismo, ha devenido en un colapso para ella misma, el hombre y los hijos. En cuanto a la revolución sexual, ha convertido a la mujer en una depredadora mayor que el hombre: va en cabeza, conduciendo los impulsos libidinosos a la locura. La mujer tiene mayor poder que el hombre, y si deciden llevar el mismo camino, siempre lo superará.

Difícil reto es, pues, definir a la mujer hoy en día, sin masculinizarla, ni caer en los tópicos rositas de siempre. Si vamos a los arquetipos ancestrales, la mujer sería una mezcla de Hera, Afrodita, Atenea, Madre Tierra, sacerdotisa y bruja. Un ser mucho más complejo y superior al hombre, el cual destaca por la llaneza de su psique. En la mitología simbólica la mujer siempre es una diosa, el hombre, en cambio, un héroe. El héroe acude al templo a consultar a la diosa y ejecuta sus dictámenes. Ofrece sacrificios, la escucha y defiende el templo ante posibles invasiones y saqueos. ¿Acaso no sería el papel ideal del marido?

La mujer, en cambio, está en contacto con lo trascendente. Abre la puerta al más allá. Tiene que atravesar noches oscuras, matrilocar al hombre y a la tierra. Domesticar la naturaleza (la suya propia y la que le rodea), ser sabia, azuzar el fuego del deseo y hacer fecundo el recorrido vital en todos sus tramos. Depositar a los hijos en la tierra y, como Atenea, convertirse en diosa de la guerra, si es preciso, para luchar por su supervivencia. Encauzar relaciones, concordar sentimientos, hacer plena la realización propia y de cuántos la rodean.

En los tiempos actuales, desorbitados y caóticos, la diosa más cercana a la mujer es, sin duda, Atenea. Era denominada “doncella de los ojos de búho”, animal nocturno que simboliza la filosofía y la ciencia, por levantar el vuelo en el ocaso. Cuando todas las cosas están hechas, surge entonces la reflexión sobre las mismas. Atenea brota de la cabeza de Zeus, representa la sabiduría y el coraje. En la batalla, no se lanza a la violencia descarnada como Ares, sino que toma la guerra como una danza, haciendo uso de la táctica y la disciplina. Vuelve posible lo imposible. Cercana a todas las problemáticas, sus ojos brillantes responden con lúcida prudencia. A Aquiles le aconseja controlar su ira, y a Odiseo le guía en su ingenio y propósitos.

Las características de esta diosa fueron tomadas por las brujas medievales. Mujeres batalladoras, defensoras de la sabiduría que les era negada por su condición de género, aconsejaban y ayudaban a poblaciones enteras. Tuvieron un triste final por políticas inquisitoriales.

dimarts, 17 de setembre del 2013

El rostro.


Cara iluminada.
La epifanía del rostro no puede ser poseída por ninguno de mis poderes. Se resiste a la aprehensión. El rostro no puede ser contenido, abre una dimensión nueva perforando la forma que lo delimita. La expresión del rostro abre los contornos de la forma. Hace estallar la forma aprisionada en un gesto. No se puede neutralizar, porque el rostro es inapropiable. Se escapa al poder porque desgarra lo sensible.

Al imponerse más allá de la forma, invoca al interlocutor, que no puede dejarse de preguntar y responder. El rostro se presenta a sí mismo por sí mismo. Se garantiza y es la palabra la que lo autentifica. Es un contenido que desborda el continente. Su presencia es pública y exige una respuesta del ser.

El recibimiento del rostro introduce la humanidad. Los ojos que miran reflejan al hombre. En la mirada se instaura la igualdad: se accede al otro y se adquiere responsabilidad frente a él. El otro recoge la mirada y el que mira se manifiesta a sí mismo. Percibimos con los ojos y a la vez somos percibidos. Revelamos el alma propia, al intentar descubrir la del otro.

En la línea que une ambos ojos, cada cual transmite al otro la propia personalidad. Al bajar la vista privamos al otro de una posibilidad de conocernos. La cara es el lugar geométrico del conocimiento mutuo. Es el símbolo de todo lo que el individuo ha traído como supuesto de su vida. En el rostro está almacenado el pasado del hombre y ha tomado rasgos fijos.

El rostro no obra, como el pie o la mano. Con sólo verlo ya comprendemos al hombre, no hace falta que actúe. Revela la individualidad a nuestra mirada. Simboliza no sólo la interioridad permanente, sino también lo más variable de nuestra alma: los estados de ánimo. En el rostro vemos simultáneamente la sucesión de la vida de la persona. Es una simultaneidad inquieta, donde todas las huellas del pasado se dilatan en la cara humana.

El rostro toma y da, es cambiante. Es proclive al amor. Designa un movimiento por el cual el ser se liga, antes incluso de la búsqueda del amor. Es predestinación, elección de lo que no ha sido elegido. Es un acontecimiento que se sitúa en el límite de la inmanencia y la trascendencia. Traba una relación con el otro que se transforma en necesidad. El rostro filtra la luz de lo que aún no es pero acabará siendo. Cuando acariciamos el rostro, estamos solicitando aquello que se oculta, como si no fuese aún.

El caminante que vislumbra rostros, atraviesa misterios. Ama, va al trasfondo, intima, se eleva. Cruza vidas paralelas, donde pasado, presente y futuro se unen en un punto mágico. Halla la revelación de que todos somos “imago Dei”. Seres que tenemos algo que decir, más allá de este mundo y en este mundo.

dissabte, 14 de setembre del 2013

El paseante.


La gran ciudad.
Cuando todas las líneas de la vida confluyen en un mismo punto, éste se vuelve mágico. Si nos introducimos en el punto, hallamos el instante que concentra la eternidad. De este instante, paulatinamente, irá surgiendo la temporalidad. En el instante se concentra todo y en un instante se vive todo. Posee la plenitud del ser, donde pasado y futuro se encuentran recogidos. Es la duración infinita concentrada en el punto.

El paseante de la gran ciudad busca este punto en el oleaje de la marea de la multitud. En la multitud que se aglomera, el paseante goza de la multiplicación del número y se pierde como en un estrépito marino. Es el héroe de la ciudad que se sitúa frente a lo sublime de la naturaleza humana y sus artificios. En los empellones de la masa, mantiene más despierta la conciencia del yo e imprime en lo abarcado el propio espíritu.

El paseante es un diletante, aficionado a algún campo del saber, que dilata su propia cavidad con los intereses prestados e imaginados de esa masa anónima que lo circunda. Es un observador que disfruta de lo incógnito para exponer la cosmogonía moderna. Vislumbra trazados estelares y sigue su trayectoria confluyente en ese punto imaginado. Este punto es un tiempo indeterminado que conduce a lo eterno. La eternidad se ha humanizado en el instante.

En los instantes se lleva a cabo las vivencias de la realidad. En la temporalidad concreta estos instantes se hallan separados. Los instantes no existen al mismo tiempo y generan la duración. En cambio, en el tiempo abstracto los instantes están unidos. Se trasciende el propio tiempo. No lo niega, sino que a modo de agujero negro lo absorbe y deja como rastro de lo que fue una imagen móvil. El héroe que atraviesa masas capta la imagen y va a su encuentro.

La hazaña del héroe consiste en no dejarse absorber, preservar su yo. Pues en la multitud también se traba conocimiento con lo sobrenatural. Estar en contacto con las masas equivale a estar en contacto con la manera de existir del mundo de los espíritus. Es la vivencia de lo invisible que produce espeluzno cósmico. El héroe, al atravesar la ciudad, atraviesa a los ausentes en su espíritu, a los perdidos en sus pensamientos o cuidados. Se ha de dejar conducir por ellos, pero sin perder la identidad.

Es Ulises a su regreso a Ítaca. Sabe que el canto de las sirenas puede arrojarlo al fondo del abismo. No habrá Caronte que lo retorne en la barca. Dependerá de sí mismo o del destino sellado por los dioses. El héroe lucha, combate el desarrollo de la temporalidad para hallar el instante mágico. Es ahora, es el ya. Y lo obtiene en el fulgor de una mirada, en el misterio de un rostro que se le cruza por el camino. Entonces el héroe se postrará, y rendirá las armas al vasallaje del amor.

diumenge, 8 de setembre del 2013

Roma-Amor.


El amor romántico.
Los templos como las tumbas sujetan las fuerzas tectónicas del subsuelo y elevan un clamor hacia el cielo. Pero cuando el templo se resquebraja por el paso del tiempo y se convierte en ruina, a punto de ser devorada por la naturaleza; el caos, lo misterioso, el infinito, hacen su aparición. Estamos ante lo gótico, ante el Romanticismo. Es la fuerza dionisíaca que surge del declive del clasicismo y de lo apolíneo que representa. Es una prefiguración del psicoanálisis de Freud. Una intuición de lo que luego sería el descubrimiento del inconsciente con su carga demoníaca, frente al consciente racional. Ambas particiones son necesarias para el sentir y el pensar humanos.

El Romanticismo del s.XIX exaltaba el yo, la soledad, la melancolía, la atracción por los paisajes misteriosos y el medievalismo. La noche y los sepulcros, el suicidio y la muerte, éstos eran sus temas. El romántico vive desde sus sentimientos, se siente solo frente a la naturaleza y refleja el dolor cósmico. La felicidad se vuelve una aspiración infinita e irrealizable, y la sed romántica de justicia y libertad se vuelve incompatible con el mundo establecido. Se siente pasión por los estados de ánimo extremos; la excentricidad y las situaciones límite.

Desde el gótico, en la época medieval, el desarrollo de la sensibilidad no había recibido un impulso tan fuerte. El romántico vive en un siglo de revolución donde todo se pone en tela de juicio. Tiene miedo y huye al pasado. Gracias a esta mentalidad surgió el historicismo. Descubre que estamos en un eterno fluir. Así como para la Ilustración, la historia es el despliegue de la Razón Inmutable; el romanticismo gana la noción del curso vital. Todo factor está en estado de movimiento y sujeto a un constante cambio de significación. Aparece el extrañamiento del mundo, el arte de alejar el objeto, de volverlo misterioso, desconocido, infinito. Se crea ilusión y autoengaño. Es la antesala del cine y la fotografía.

Y no sólo se extraña el mundo, sino también el hombre a sí mismo. Se produce un desgarramiento del alma. Hallará lo inconsciente, lo oscuro a la razón. El ensueño y el éxtasis, la satisfacción que no puede darle el intelecto seco, frío y crítico. Su lema será que cuanto más impenetrable es el caos, más brillante será la estrella que surja de él. La enfermedad, como uno de los temas clave del romanticismo, representaba el dualismo vida-muerte, la repulsión de la limitación. Y la excentricidad era el síntoma de este sentido dinámico de la vida que se descubre. La corriente de sentimientos y pensamientos será más real que la realidad exterior. El mundo se torna mera ocasión para el movimiento espiritual.

Creían en un espíritu trascendente, que era el alma del mundo. Es la fuerza creadora del lenguaje, de la inspiración. Su portador es el héroe demoníaco de Byron, el hombre poseído y alucinado, que arrastra a la perdición a sí mismo y a todo lo que está en contacto con él. Es la idea del ángel caído, que aparece con una fuerza irresistible. Por un sentimiento de culpabilidad, de estar abandonado por Dios, condenado.

Hoy en día seguimos sintiendo en nuestra piel la revolución que nos invade. Vivimos tiempos convulsos y la estela del Romanticismo no nos ha abandonado.

dimecres, 4 de setembre del 2013

El torneo.


Cúpido.
En el patio de armas de un castillo medieval se reúnen una serie de caballeros que aspiran al amor de su dama. Van a competir entre ellos y lustran las lanzas, los yelmos, y las guirnaldas de los caballos. Cada uno aspira a ser el elegido y porta una prenda de la amada en contacto con lo más hondo de su piel. Saben lo que se les exige: fidelidad y entrega. Es el amor cortés. El éxtasis que eleva a la amada al cielo. La devoción por la dama que supone el abandono de la voluntad y del ser del caballero. La dama desdeña y el caballero se resigna ante la inaccesibilidad del objeto adorado.

En el amor cortés se invierten los papeles tradicionales. El hombre es ahora quien corteja y quien confiesa públicamente su inclinación amorosa. La mujer, en cambio, se mantiene inaccesible, cuando, antiguamente, era la que pedía clemencia de amor ante la altanería del hombre. El hombre se entrega a la pena de amor, al exhibicionismo y al masoquismo sentimental. Si no hay correspondencia y satisfacción inmediata, tanto mejor. Se trata de un vasallaje erótico, donde queda unida la espiritualidad más alta con la sensualidad más intensa.

Es una época en la que el amor adquiere un sentido nuevo. Por primera vez influirá en la totalidad de la personalidad del ser humano. Será el canal de la experiencia de la vida. La atracción amorosa se analizará sentimentalmente. La persona renacerá éticamente gracias a la bondad y la belleza del amor. Se descubre la ternura y la intimidad del sentimiento. Se descubre la felicidad del amor, antaño denostado.

En esta nueva concepción influye un factor clave: la posición de la mujer en la cultura cortesana medieval. Las mujeres intervienen en la vida intelectual de la corte. El ideal cortesano se torna femenino. Los hombres piensan y sienten a la manera femenina. La dama es el centro de este universo. El castillo se construye en torno a ella, y ella es la que instruye al caballero en las formas cortesanas. Le dota de todo un sistema ético de comportamiento. La dama forja al caballero como un nuevo héroe con virtudes.

Las virtudes caballerescas se consiguen con ejercicio físico y dominio espiritual. Sus principios son: la fortaleza de ánimo, la constancia, el dominio de sí mismo, la fidelidad, el concepto del honor, la generosidad, la cortesía y la galantería. No existe el miedo al peligro, no se busca el provecho propio y sí la gloria. Es la antítesis del burgués que como clase social también aparece en el s.XII, con el surgimiento de las ciudades.

Y mientras dura el fragor de la batalla, la dama recorre las siete moradas de su castillo. Sabe que en la suprema hallará el tesoro escondido, pero, antes, tendrá que atravesar la noche del alma. El símbolo de la noche es el despego de lo sensible, del mundo objetivo. El alma se adentra en la noche y sólo la sostiene el universo interior, la espacialidad subjetiva. No hay luz, no hay nada, ni nadie. Sólo la llama del corazón guía sus pasos.