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| Sócrates. |
El cuerpo humano instaura otro lenguaje diferente al verbal. La experiencia corporal está condicionada por el espacio y el tiempo y tiene como base la percepción y la sensación. El cuerpo genera, así, redes comunicativas. Se manifiesta en los silencios del lenguaje verbal. Su discurso es el gesto, que tanto el teatro, el mimo, como la danza lo buscan y lo desligan del habla humana para hacerlo independiente.
El gesto está motivado por la esfera socioafectiva. Las condiciones no verbales son manifestaciones de la cultura (no es lo mismo el caminar de un europeo al de un americano). El cuerpo interioriza desde el nacimiento las manifestaciones del ámbito cultural donde se inserta la persona, y las proyecta en el poder de la mirada, y en la infinidad de actitudes y movimientos.
Los gestos son, pues, culturales, tanto los voluntarios como los involuntarios, los que giran en torno a la persona misma, como al medio y a los demás: el gesto de peinarse, de saludar, de coger un objeto. Pero hay gestos que van más allá de lo meramente antropológico. Hay gestos que traspasan las barreras culturales y se sitúan en lo universal humano, incluso en lo divino. Estamos hablando de gestos como el sacrificio. Estamos hablando de la muerte de Sócrates, por ejemplo.
Sócrates se sacrificó por todo lo que simbolizaba la polis griega: la democracia, la ley, la filosofía. En definitiva, por lo que consideraba la verdadera humanidad. El gesto de Sócrates ha supuesto la antesala de otro mayor aún que nos ha marcado para siempre: la cuna del cristianismo. Sócrates, el especialista en la mayéutica, el arte de extraer la verdad del diálogo, fue condenado a beber la cicuta en el año 399.
Se le propuso huir de la prisión, pero no aceptó el ofrecimiento, y prefirió el sacrificio de la muerte como culmen de un modo de ser de la vida que nadie aceptaba. Fue el más sabio de todos los hombres justamente porque es el único que sabe que no sabe nada. Cuestionaba la propia vida de los hombres, ahí donde más duele, por eso lo ejecutaron. Hacía desvanecer los falsos saberes y buscaba lo auténtico. Su método consistía en la dialéctica: el arte de hacer preguntas para iluminar lo que el alma ya sabía.
Lo acusaron de no reconocer a los dioses de la ciudad, que representan las convicciones habituales, y de corromper a la juventud, que significa hacerles cuestionar todo y no contentarse. Pero el tribunal era representativo de Atenas, y las leyes que lo juzgaban, las representativas de la democracia ateniense. Sócrates no podía violarlas por ser ciudadano. Acepta la condena, pues, de que sus preguntas sacuden los fundamentos mismos de la existencia cotidiana. El diálogo con sus conciudadanos le conduce a la muerte. Es el epílogo necesario. No puede renunciar a ser filósofo y Atenas ajusticiándolo, en el fondo, le reconoce.

