divendres, 17 d’agost del 2018

Y la ciencia que aleja al hombre de sí mismo.

La educación esmerada de los jesuitas envolvía a cada hombre individualmente y lo estiraba como un tutor hacia la cima más alta de su persona. Esto ocurría en el Renacimiento, pero el aire huracanado de la Revolución posterior rompió el tutor (disolvieron la Orden de los jesuitas), desparramando al hombre como lo hace la coliflor en tierra de barbecho. Todavía seguimos en la misma tierra y no hemos avanzado nada, aunque el hombre alcance la Luna y el Sol. 

La educación que vino después de la Revolución se centró en la ciencia, en las cosas, en el mundo alejado del hombre. Y por mucho que le pluguiera su uso práctico y económico, el hombre dejó de reconocerse, porque es sabido que toda Revolución es una Involución o Regresión de sí. Una reacción virulenta de rechazo al esfuerzo permanente de elevarse, superando así la atracción del aplastamiento. 

El aplastamiento desliza al hombre-gusano por la superficie horizontal, en la inmanencia, que no sale del aquí te pillo y aquí te mato diario. El hombre se busca en el objeto, se cosifica, queda imantado a él con la pretensión de ser una prolongación del mismo. La consecuencia es que hoy el hombre quiere ser robot antes que hombre y trabaja en la autonomía de aquél con el fin malévolo de acabar con el mismo hombre. 

La educación post-revolucionaria conlleva la negación de lo humano, mientras que la renacentista construye lo humano. Los jesuitas fueron los encargados de llevarla a cabo, ya que su fin era velar por la persona humana. Procuraban un seguimiento individual de los aspectos personales de cada alumno, para potenciar su crecimiento en completud y no fragmentariamente. La educación anterior al Renacimiento era globalista y cada alumno perdía o naufragaba la personalidad en un todo omnipotente. 

Los jesuitas, en cambio, rescataron al individuo y lo hicieron persona, recogiendo de la cultura clásica los mejores ejemplos para el crecimiento personal. Ganaban tiempo para el hombre, con paciencia y método, a través de la escritura (de los comentarios y las traducciones del latín y del griego), y de la emulación de los valores y las hazañas de aquella época. 

Ganar el tiempo frente a consumirlo (trocearlo y dar de comer a la máquina para que convierta al mundo en un erial, restando el hombre masacrado en su centro). Cultivar el espíritu con las letras, y no al objeto-máquina con engranajes, es preservar el mundo, concederle tiempo para seguir acunando al hombre infinitamente. Quien cree en el hombre, le otorga responsabilidad frente al destino, respetando su voluntad y educándola para dar forma a su ser.

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