diumenge, 5 d’agost del 2018

El piano.

La volví a ver y me volví a enamorar de su sensibilidad extrema, expresada en la música minimalista de Michael Nyman y en la estética sublime de Jane Campion. 

¿Por dónde empezar? Por el mar que lo inunda todo, que trae y lleva, que muere y resucita, que es sonido y es silencio, que dibuja la vida de las personas y de los objetos. El marido de la protagonista está fuera de este mar, es la tierra embarrada ajena a la sensibilidad que la circunda. Ada es la polaridad sonido-silencio y Harvey Keitel, que no sabe leer ni apenas habla, es la piel que abre el mundo opaco de los personajes. 

La piel que acaricia al caballo que lleva de vuelta a Ada y a su hija al piano abandonado, en medio de las aguas de una playa virgen. La piel que sostiene la taza de porcelana donde el marido relata el desencuentro con Ada. La piel desnuda que acaricia el piano fetiche de su amada. Y la piel que la acaricia a ella y la abre a través de un diminuto agujero en su media oscura. 

La piel que provoca que el marido arda en deseos de Ada y que Ada acaricie sus formas en busca de la piel privada. Es la piel la que hace que los personajes se conozcan a sí mismos en un choque brutal de esencias. Lo demás, el piano, la isla, el contraste de la sociedad victoriana colona con la tribu indígena, queda en mero instrumento de ese autoconocimiento a través de la piel. 

La piel es el tentáculo del cerebro, el que abre el mundo a la conciencia. El mundo de la música, de la naturaleza, de las convenciones sociales, se deposita en la conciencia a través de la piel. La música del piano se acaricia en las teclas, la naturaleza de la isla se incrusta en la piel a través de la lluvia, del barro, de la arena y las conchas de la playa. Las convenciones sociales victorianas se sostienen en la piel que eleva la taza de porcelana, en la mano de Ada que marca la distancia del asiento, en las mujeres que ocultan con sus cuerpos la necesidad íntima de su compañera en el camino. 

El mar, como epílogo, también se reduce a la piel que envuelve a Ada y al piano en el fondo del océano, para que Ada olvide, deje en el subconsciente el dolor del autoconocimiento, y emprenda el nuevo trecho de su vida. 

Sin piel moriríamos, nos fundiríamos en la nada, perderíamos el límite de la forma que nos sustenta. Ya no habría yo ni tú, ya no habría hombre como algo distinto de la naturaleza, como la única autoconciencia posible en un mundo de imposibles.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada