Escribo sin ningunas ganas, porque dar publicidad a este memo y sus ideas masónicas en contra del catolicismo y del imperio que lo acogió como emblema de lucha, me parece abominable. Pero como es “number one” en la mente literaria de mucha gente permeable a la filtración de las ideas destructoras de todo aquello trascendente al hombre, voy a desmontar su decálogo idiosincrático.
Dan Brown juega con las religiones o más bien con el concepto de religión porque no lo alcanza. Los peldaños de su escalera se quedaron a la mitad y nadie, desde arriba, le lanzó una cuerda de salvamento. Opone ciencia y fe, espiritualidad y religión, a la vieja usanza, como si esas oposiciones fueran tales o no se hubieran resuelto nunca. La ciencia tiene su ámbito propio y, precisamente, gracias al cristianismo, porque es la única religión que propugna la libertad del hombre y que cree en él como interlocutor de lo divino. En tanto tal, es homo religius, el que se religa o cultiva esta relación, por tanto, el que forja el sistema religioso para que la espiritualidad o las “semillas” no queden en el aire. Dan Brown, como todos los masones, no entiende la función del hombre y, mucho menos, entiende la función de las semillas.
Otro error de comprensión es catalogar al catolicismo como conservador, cuando su universalismo progresista rompe todas las barreras y se enfrenta al puritanismo protestante mutilador de la esencia humana. En la misma línea, y siguiendo la visión anglosajona creadora del mito de la leyenda negra, acusa al catolicismo (y a España en particular) de cometer barbaridades con la Inquisición, cuando ésta se limitó a luchar contra las herejías, mientras que la inquisición particular de los protestantes era la que quemaba brujas y realizaba estragos en las poblaciones incultas nórdicas.
A continuación, la idiosincrasia del señor Brown se dedica a destronar la figura del Papa y, como no, la del Rey. En la mentalidad americana todo lo que surge de Europa huele a pasado, y como los americanos carecen de historia, es denostado rápidamente. Así, según ellos, la Monarquía es lo retrógrado mientras que la República es lo moderno (ya se ve con Trump a lo burdo americano, y con Mao tse Tung a lo chino bolchevique). Y obvian que los países más adelantados del mundo y más progresistas en derechos humanos son precisamente los monárquicos, porque no están sometidos a los bandazos de cualquier payaso que quiera imponer su totalitarismo. El Rey es la figura mediadora para dar estabilidad y protección a la democracia.
En cuanto al afán browniano de acabar con el Papa y el Vaticano, ya resulta escandaloso. Su cristianofobia y anticlericalismo rozan lo paranoico. Para Brown ver sotanas es como ver al demonio con patas (a saber el trauma infantil de este sujeto), pero no así ver burkas o hoces y martillos, los aliados naturales de los masones (los que les facilitan la tarea luciferina).
Finalmente, la guindilla o pastelito del libro, el remate total, resulta ser su inestimable opinión sobre la situación política de España insuflada por los proetarras y progolpistas nacionalistas, mecenas de este gran proyecto literario. Atención señores sobre la metaopinión del lumbreras Brown: que el Valle debe ser demolido (o sea borrar la Historia de España), que el Rey debe abdicar y abolir la monarquía (España es su monarquía, sin ella no hay España, lo que quieren los masones), que el arzobispo de Madrid es un gay rematado y que poco le falta también para ser pederasta (defenestrar al catolicismo como están haciendo en EEUU), que la Republica del 31 fue legítima (fue un fraude electoral como la copa de un pino), y que España está llena de franquistas (no existe el franquismo como ideología y, por tanto, ningún español lo puede ser). Para los neófitos en el tema hay que aclarar que Franco fue un militar de la II República española que decidió poner fin al genocidio católico y al caos social y económico que estaban llevando a cabo los ineptos gobernantes republicanos ilegítimamente en el poder a base de sucesivos golpes de estado a cual peor. En tanto militar, no tenía ideología porque no era político, más aún, acabó incluso con la masonería que se había apoderado del ejército republicano. De aquí el odio de los masones, que continúa aún, como vemos en Dan Brown.
Y si su anticristo es Franco, su cristo, como no, es Churchill, el gran jefazo de las logias, al que no deja de citar y honorar en todo el libro. En fin, lo dicho, y mi gran pregunta: si de ellos ya es el mundo, ¿para qué quieren los masones lo que trasciende al mismo? Que se queden con su inmanencia mundana y con sus robots humanos (el lema del libro), y no pretendan del hombre lo que no es ni será nunca: un dios, la soberbia del demonio.

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