![]() |
| Monstruo marino. |
El purgatorio se ha negado, se ha aceptado y se ha vuelto a rechazar. El purgatorio es ese estacionamiento en el que se pone a prueba lo que va a ser. Uno subyace a los eventos con el juicio suspendido esperando la suerte que agracie con un bueno o un malo. No parece que dependa del sujeto, sino del azar, del subconsciente más profundo que anota puntos sin que la conciencia tenga derecho a aceptar. Por eso se rechaza el purgatorio, por hallarse fuera de la linde de la persona. Como un destino trágico que acontece, cuando el individuo ya había remado. No se le tiene en cuenta las brazadas dadas, solo lo que aparece de las profundidades y vuelca la barca. El monstruo marino mitológico que sedimenta la estructura humana y la encamina hacia una opción u otra. Éste es el que cuenta y no la lucidez humana.
En el purgatorio se miden los monstruos y el que sea de menor tamaño es el que pasa de nivel. Los grandes y horrorosos se destinan al averno, porque allí con sus grandes fauces calientan el helor del universo. Si no fuera por estos gigantes monstruosos haría frío, mucho frío. El alma humana hibernaría para siempre. No existiría el motor que la pusiera en marcha. Vivimos del y a partir del mal. El cielo reside en la aguja del pajar que jamás hallarás.
El purgatorio esconde el infierno que se quiere rechazar una y otra vez. Las reencarnaciones pretenden hacerle caso omiso, pero tropiezan con la misma piedra. El Vaticano quiere apartarnos dicha piedra del camino, resultando del todo imposible. No depende de nosotros, nunca dependió. El grosor del monstruo es una gracia y ésta sí que es concedida desde el cielo. El criterio es aleatorio.
Tampoco es válida la angustia protestante del obrar: “ponte en camino pecador o las llamas anidarán en tu corazón”. Las llamas ya residen en tu corazón obres o no obres. La mejor opción es la de acudir al país de los monstruos y pedir clemencia. Anclarse en el purgatorio y llorar amargas lágrimas por lo que fue y será. Cantar la Saeta y clavarse en el pecho las siete espadas del dolor. Arrancarse mechones de cabello, vestir harapos, sepultarse en vida. Solo el dolor sincero aplaca al monstruo y lo reduce al tamaño suficiente, necesario para vislumbrar la otra vida.
No es nuevo del cristianismo, la tragedia griega también construía un destino aciago en el que no quedaba más remedio que arrancarse los ojos como Edipo. Nada podía el sujeto contra las profecías. Pero el purgatorio no profetiza sobre vidas. La vida resta finalizada. No se trata de cumplir o evitar en vida. Lo que cuenta es el viaje profundo del alma, y si no se pudo realizar en vida, se nos concede una segunda oportunidad: el purgatorio.

Complicadilla mi filosofa, da por hecho que el purgatorio no es para purgar la forma de mal vivir esta existencia, sino una reencarnación que nos concede la posible rareza de volver a revivir lo anterior de nuevo. Lo cual supone volver a subir la escalera de peldaño en peldaño una vez más, con la diferencia de no reconocer el paisaje anterior...¡Imposible!...para aquel ser practico que niega tal posibilidad. un día cierras los ojos y se acabó, no hay mañana, ni futuro, ni purgatorio. Se vive esta vida según conciencia de cada uno y en esta existencia te cobran peaje, o pasas desapercibido, o todo son loas y bendiciones, pero el final para todos es lo mismo
ResponEliminaSegunda oportunidad para el alma, no para vivir otra vida. Con una basta y sobra.
ResponElimina