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| Reina en campo de batalla. |
Definirse es situarse en medio del campo de batalla. Vestir la desnudez que es nada, para aparecer con el casco y la armadura de guerra. El vestido en sí resulta agresivo, porque impone la diferencia a los demás. Delimita la presencia de un ser vivo para destacarle a modo de relieve sobre el fondo. Después, el fondo se revelará atacando a aquél.
Nadie quiere que el otro destaque por encima de uno mismo. El fondo pretende la niebla colectiva. Así uno procura apenas vestirse utilizando colores neutros y justificándose ante los mismos. Este ningunear, este disolverse siempre en la nada, este formar parte de la masa fácil de manipular resulta, no obstante, lo idóneo para los poderosos. El que nadie les oponga resistencia facilita su voluntad de poder.
Pero, ¿dónde queda la voluntad de poder del resto de los seres humanos? Si nos salimos de la raya, nos apedrean. A pesar de ello, la manifestación de la voluntad posibilita el marco adecuado para el respeto. Si cada uno nos pronunciamos, establecemos lazos de comunión que posibilitan el diálogo mutuo. El que uno diga soy musulmán o católico, estudiante o trabajador, racional o extravagante, pone en marcha mecanismos de empatía hacia otras formas de ser que también intentan adecuarse al cambio permanente que supone la vida.
Según la etapa vital o ciclo unas formas de ser prevalecen, otras se permutan. Paradójicamente, la extrañeza consiste en mantener la constancia en uno mismo, en un pensamiento abstracto, en un estilo de vida, en un proyecto, en una convivencia. Se trata de la construcción de nuestra obra de arte y de las herramientas que utilizamos. Podemos construir sobre arena o sobre piedra. La primera opción acaba desmoronándose, la segunda perdura. Es la piedra del sentido, la columna vertebral que recorre nuestro ser.
La denominamos fe o esperanza, pero no es algo etéreo. Está tan enraizada en nosotros que somos ella. Sin sentido, la nada invade. La fe nos hace avanzar y luchar, exponerse para defender el proyecto vital, y también retirarse a tiempo, cuando la destrucción es inminente. Apartarse de lo dañino no es una derrota, sino una salvación. Nos indica que es un camino sin salida y que conviene tomar otro. El proyecto es uno, los caminos infinitos.
Ello da pie al optimismo, frente a una postura nihilista. Para el nihilismo no existe el proyecto, sólo vagar a través de una infinitud de caminos, caminos que se pierden en el bosque. Cuando te dicen que únicamente cuenta el caminar, sospecha, porque detrás se halla el vacío. No se hace camino al andar, sino que el camino se lleva dentro como una idea innata que marca nuestras experiencias.

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