diumenge, 28 de juny del 2015

Lima-Tokyo.

Geisha.
Me enamoré de un peruano de Lima, que renegaba de sus orígenes y que pretendía ser más contemporáneo y transgresor que nadie. Hola, me llamo Sakura y soy japonesa, con una tez muy pálida y un cabello muy lacio. Practico la castidad y mis amores son muy puros. Conocí a Pablo, mi peruano, después de que éste saliera de una relación turbulenta con una occidental. Estaba exhausto y conmigo halló el relax. Cuando se compara a una occidental con una oriental, se comparan dos mundos opuestos. La occidental le pedía carne, cercanía; en cambio, yo ofrezco espíritu, dulzura imperceptible.

Pablo y Sakura, suenan bien y quieren lo mismo. Un amor sin tocar, un viaje de dos almas que rocen la metáfora de la vida. Pablo, con su moral protestante que recorre toda América, quiere una mujer virginal a la que pueda acariciar desde el aire. Sakura, me llamo, quiere la hombría distante de unos gestos que la halaguen, pero que jamás se posen en su cutis de arroz.

Nuestra relación era tan perfecta y dulce, siempre virtual, a cientos de millas de distancia, y desde nuestros pisos de soltería, siempre inmaculados y ordenados. Jamás un objeto fuera de su sitio, jamás una mota de polvo. Éramos dos seres puros, cada uno en su propia casita de muñecas. Y así debía de continuar siendo, pero un día Pablo se volvió loco y todavía me pregunto por qué. De repente, a Pablo se le despertó aquello que tenía adormecido y de lo que renegaba: sus raíces incas.

El imperio Inca fue magnífico, desarrolló unas dotes administrativas y políticas únicas. Poseía una arquitectura en piedra, colosal; desarrolló nuevas técnicas de agricultura, como los cultivos en terraza, la rotación agrícola, el abono. Técnicas de soldadura y fundición en hornos que permitían conseguir extraordinarias aleaciones de oro, plata, cobre y estaño. Arte textil, cerámica y una religión muy particular. Los incas ofrecían culto a los dioses y a los antepasados. Los primeros, ocupaban las fuerzas celestiales, los segundos, habitaban el interior de la tierra.

Pablo conectó con ellos en un viaje que hizo a la colina de “Huaca Prieta”, en la salida del Valle de Chicama; para visitar las viviendas subterráneas, recubiertas con cantos de río, de la cultura Chavín. Un amigo suyo aficionado a la arqueología se lo recomendó, como experiencia insólita. Lo que no se imaginó su amigo es que Pablo tuviera un poder latente que despertase con dicha experiencia, y que le permitió recibir de pleno los rayos de Illapa, el dios de las tormentas.

Únicamente los sacerdotes de aquellas culturas precolombinas se relacionaban con los dioses y se abrían a la vida espiritual y a la profecía. Pablo se sintió descendiente de uno de ellos, en concreto, del que rendía servicio al dios-cóndor, cuyo amuleto lo mortificaba día y noche.

Así perdí a Pablo, pues a raíz de la adquisición de su nueva personalidad, condujo nuestra castidad, tan idílica y romántica, a una propia e individual, repleta de sacrificios y sufrimientos.

diumenge, 21 de juny del 2015

Zombies.


Un trío con la muerte.
Un hombre conoce a una mujer y enferma. Enferma para siempre.

Una mujer recibe las caricias de un hombre con dolor, como si de golpes se tratase.

El hombre enfermo y la mujer atormentada deciden anudar sus vidas en un acto inexplicable. El hombre sabe que jamás sanará y la mujer, que toda posible dulzura se agriará.

Pero están juntos: el hombre, de enfermedad en enfermedad; la mujer, vendando los trozos de piel caída.

Son zombies que vagan juntos por páramos desolados. Muertos vivientes que alejan cualquier asomo de vida humana. Comparten la oscuridad.

Quiebros de su existencia adormecen en ondas que se funden en las aguas del olvido. Quieren que la memoria no sea.

Se alimentan de alientos que un día dejaron de ser. Desentierran restos de historia enzarzados en tupidas raíces que nadie quiere encontrar. Ellos hallan y se lo llevan consigo.

Nadie les reclamará nada. Arrastrarán sus hallazgos por sendas intrincadas, por vericuetos. Los conducirán hacia el centro de un laberinto y allí el viento desperdigará los restos. Son las cenizas de los difuntos.

El hombre y la mujer contemplarán la rosa de los vientos que daña a sus ojos. Cientos de pétalos se depositan entonces sobre las tumbas del cementerio. Las cubren enteras. Asoman sólo los crucifijos brillantes que claman la atención.

Señalan otra vida que no está aquí. ¿Dónde? Con las manos entrelazadas el hombre y la mujer la buscan. Se encaminan hacia la cripta, aquella que guarda una fosa anónima. Allí les aguarda la muerte, que con su capa negra envolverá la oscuridad de ambos.

Ya no son dos, ahora es un trío (el hombre, la mujer y la muerte) que se encamina en un torbellino de pasión. Se devoran los unos a los otros transformando el instinto de muerte en amor. Sí, se aman: el hombre sana, la mujer se desprende de sus vendas, y la muerte desliza su capa negra en la nada.

Así juntos toman la barca de Caronte y entran en el país de las nieblas. Las ánimas les saludan y su presencia les resulta más vital y cercana que la de los vivos. La hipocresía, la distorsión y la fealdad han desaparecido. No hay espejos rotos que reflejen fragmentos sin esperanza. La superficie es pulida y entera. Resplandece la belleza en el palacio donde bailan las ánimas.

El trío también baila, desprendidas sus máscaras, resplandecen los rostros de dos reyes y una reina. Sonríen a la dicha y al amanecer eterno en el que viven y vivirán siempre.

diumenge, 14 de juny del 2015

La alondra.


Alondra.
En el último viaje que hice con mi madre, recalamos en un pequeño teatro de Madrid donde se representaba “Casa de muñecas” de Ibsen. Tanto mi madre como yo quedamos profundamente impresionadas por el relato. Nora, la protagonista, era mi progenitora, era yo misma, era la mujer de todas las épocas y condiciones.

“Casa de muñecas” fue escrita en 1879, en una época en que la mujer era juzgada en la vida práctica según la ley del hombre. La mujer se debatía entonces, confusa, entre el sentimiento natural y la confianza en la autoridad. No podía ser auténticamente ella misma.

A pesar del avance del movimiento obrero y de la incorporación de la mujer en la empresa, la fémina seguía reflejando esa incertidumbre que le incapacitaba para cuestionarse nada. Aunque la sociedad le concediera prerrogativas, ellas seguían dejando el pensamiento para el hombre. Y no sólo ello, sino que además difamaban la reflexión que chocase contra el ideal de mujer imperante.

Las mujeres de la época de Ibsen arremetían contra la hermana histérica que optaba por escapar de la prisión de la sociedad. Condenaban a la histérica que deseaba lo maravilloso y a la loca furiosamente activa que no aceptaba el triunfo del infortunio.

Mujer contra mujer. Una tupida tela de araña contra la cual se enfrentará Nora. Por amor hacia su marido, cometió un error que constituye su orgullo. Sin embargo, tanto el marido como las mujeres de su entorno juzgarán el asunto desde el punto de vista masculino. Nora lo romperá con un portazo final.

Este portazo, el hecho de que Nora se marche, lúcida y segura, abandonándolo todo, supuso la piedra de escándalo de la obra para la sociedad de su época. Presionaron a Ibsen para ofrecer finales alternativos, y los diversos directores teatrales, incluso, suavizaron la idea del autor. Pero el final es consustancial al drama. La obra es una progresión hacia el desenlace, que es la cuerda que se rompe, el símbolo de toda una situación.

No obstante, existe un hecho verídico que supera todavía más lo tremendo del símbolo. Una vida humana real que constituyó la base de la obra ibseniana. La vida de Laura Kieler, la “alondra”, una joven escritora noruega seguidora de Ibsen. Al igual que las alondras, tuvo que realizar un viaje al sur, en busca de la salud de su marido, enfermo de tuberculosis. Ello le condujo a llevar a cabo lo mismo que Nora: la utilización de un préstamo bancario a espaldas del marido, al que hizo creer que era el producto de su labor literaria lo que subvencionaba los gastos.

Laura cada vez se enredó más en la madeja de deudas. Ibsen le aconsejó que lo pusiera todo en manos de su marido, y el final resultó ser más trágico que “Casa de muñecas”. Acabó con su internamiento en un sanatorio psiquiátrico, el divorcio y la separación de sus hijos.

Las mujeres de hoy en día poseemos como herencia esta nube confusa de Nora y de la alondra. Pero, a diferencia de ellas, nosotras sí cuestionamos y movemos el mundo.

diumenge, 7 de juny del 2015

Teatro contemporáneo.


La casa de Brecht.
El teatro contemporáneo se centra en la noción de sujeto como carente de personalidad. El hombre ya no es producto de la voluntad como en el romanticismo, sino que es el resultado de circunstancias variopintas. La tarea de dicho teatro consistirá en desmontar y volver a montar al hombre circunstancial.

Las circunstancias se extraen paralizando la acción del acontecer. El teatro contemporáneo interrumpe continuamente el desarrollo de los acontecimientos, para revelar el gesto de los personajes. Es un teatro gestual, épico, en donde el actor debe mostrar una cosa y, al mismo tiempo, debe mostrarse a sí mismo. El leitmotiv sería: “el que muestra, sea mostrado”.

La dramaturgia ya no es aristotélica. No se invoca a la capacidad de compenetración de los espectadores. Se provoca el asombro en lugar de la compenetración. No hay desarrollo de las acciones, sino que se representa situaciones. Las situaciones son interrupciones de contextos, y ello sucede cuando se provoca que los gestos puedan ser citados.

El público ha de recibir el gesto como el material del teatro, siendo éste su utilización adecuada. En la realidad actual se encuentran los gestos dados de antemano. Son el marco de cada elemento de una actitud. Lo abren y lo cierran.

Otra característica del teatro contemporáneo reside en la abolición de las leyes de causalidad e identidad. Se proyecta al absurdo la lógica, de tal forma que el lenguaje mismo se desintegra. La finalidad consiste en comunicar el conocimiento de la incomunicabilidad. Si cada uno llevamos dentro un mundo diferente, ¿cómo vamos a entendernos? Es la pregunta que queda prendida en el aire.

El símbolo de la reciprocidad imposible entre los hombres y, por tanto, basada en un engaño, es el espejo. Ofrece la imagen aparencial distorsionada, la deformación sellada en nuestro ser. Por ello el hombre ha de renunciar a ser sí mismo, ha de perpetuar el cambio en su propia figura, con el fin de burlar a la imagen desfigurada del espejo. Al fabricar cien mil figuras, el espejo se vuelve loco en su vertiginosa danza de imágenes.

El espejo ofrece dos caras a cual peor, una es la autocontemplación deformadora, otra es la deformación mayor de quienes nos contemplan. Se trata de la comprensión del grotesco humano. La única arma de que disponemos, tanto para captar nuestro verdadero ser como para inventarnos sin fin, es el pensamiento.

En el teatro contemporáneo triunfa lo anticonvencional, lo irracional. Se pacta con lo grotesco, para no pactar con el fariseísmo de la sociedad. Y el hombre acaba siendo nada, porque su conciencia se funda en superficies ficticias, mutables, contradictorias; constituidas por nada.