dimarts, 3 de març del 2015

El último humo de la realidad que se evapora.


Globo blanco.
El pensamiento humano ha ido creciendo en la medida en que la desmitologización se enraíza en el panorama cultural. Sin embargo el avance del pensamiento toma el curso del concepto cada vez más general, abstracto, espiritual si cabe, o sea mítico. El logos vuelve al mito a pesar de haber salido de él, pero de una forma nueva: se trata de un retorno en espiral.

La esencia es mítica. Es un modo de liberarse de la facticidad para luego explicarla. Una salida de la realidad para abarcar la estructura racional de la misma. Sin tomar el camino de la ciencia, el de las leyes de la cosa en sí, pero tampoco el de la psicología, el de las leyes de la psique humana, se abre el tercer reino de las esencias. Estructuras irreales que emanan de la diferencia inserta en la vida. Fijezas de un devenir incesante.

No obstante al ser humano le encanta mirarse en el espejo y ver reflejado en él las cosas circundantes. Necesita instantáneas fijas, fotografías de la realidad para poseerla. No le basta con el pasar fílmico de los acontecimientos. Vive en el relativismo del acontecer, en el fluir del río vital, pero desea lo contrario: lo absoluto. Y caer en lo absoluto conlleva el peligro de la muerte acechante. El hombre siempre juega con fuego.

Es la lucha titánica entre eros y tánatos, la vida y la muerte. Dejar fluir o paralizar el instante. Si lo dejas ir ya no lo tendrás nunca más. Si lo capturas lo retienes, pero ya sin vida: una carcaza disecada, una máscara momificada del gesto preciso. Cuando el hombre se empeña en implantar en la realidad, a través del sistema político, esta fascinación por el instante fijo, por la máscara, infesta de muerte la vida: cae en el absolutismo y el totalitarismo.

Dejad al reino de las esencias en paz, no hagáis de la filosofía, política. Este sería el grito de supervivencia de la humanidad. La práxis ha de tomar su propio camino, y el espejo se ha de girar en otra dirección. Cuántos filósofos han cometido el error de no girar el espejo a tiempo y de caer en el embrujo de un nazismo, un comunismo, o un nacionalismo. La torpeza de no saberse manejar en la vida hace que al final perdonemos a un Heidegger o a un Marcuse.

El filósofo ha de flotar en las esencias, pero no aterrizar con ellas en la vida. Ha de procurar que la magia blanca no se torne en negra, que la comprensión y la visión de la belleza, la verdad y la bondad, no se hundan en las ciénagas del abismo. Es el mago que hace flotar el globo para que todos lo vean, para que la humanidad sepa que además de tierra también existe el cielo.

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