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| Venecia. |
Como el liquen que arrecia en los troncos arbóreos,
como el bosque sagrado en la catedral gótica resplandeciente,
como el arbotante que alivia el peso y favorece a la vidriera,
así tu cuerpo irradia la luz.
Se hace visible para los otros y para ti mismo. De tal forma que al final la ceguera de la desnudez resulta insoportable. Tienes que desactivar el cuerpo creando la referencia: una carcaza con carácter de mundo, la vestimenta.
Organizas un entorno para desnudar el cuerpo sin peligro, porque solo un dios puede esconderse, y aunque te sustraigas a la presencia siempre se te convocará como ausente.
Apelan a tu nombre y te golpea la contingencia de estar presente o ausente, pues sabes que estás ligado a una identidad espaciotemporal. No somos sólo seres subjetivos, sino también objetivos para las cosas y para los otros.
Tienes derecho a la propia oscuridad. A pensar otros yos que se mantengan dentro del marco de la analogía. A sedimentarte como una metáfora guía, como la corriente de la vida se repiensa en infinitas variedades. Te percibes a ti mismo con la complejidad olvidada al vivir entre espejos y fotografías.
Tomas el cuerpo como el grado cero de un sistema de horizonte, una extensión de afectación que el sujeto ofrece al destino. Es la condición de posibilidad para tener relación con el suelo sobre el que se vive y se deja rastros. También la condición del encuentro entre nosotros.
Para olvidar lo que eres debes consagrarte por entero a la intención, y reducirte así como sujeto del contenido de la objetividad. Porque la identidad es lo que menos se entiende, al realizarse en la experiencia interna y mediante la conciencia del tiempo.
No obstante hay un punto en el cuerpo donde se superpone la visibilidad y la opacidad; es el rostro, lugar de sinceridad y de hipocresía, ineludible para ser calado. El grado máximo de posesión de sí del individuo y a la vez su zona más débil. Sólo aligera su carga de identidad en la desnudez corporal.
Pero se confeccionan máscaras para coger el aire de alguien que tiene algo que esconder, quizá por el aburrimiento de no tener nada que ocultar. Se conjura así la inquietud de querer ser todo menos lo que se es. La identidad es sostenida por todos los demás.
Con la máscara puedes impermeabilizar la superficie contra la transparencia, sustraerse a la mirada de los otros. También dando la espalda, apartándose, sales de la apariencia para el otro. Y con un gesto espontáneo vuelves intensificando la apariencia, creando la responsabilidad de la dureza de un desafío retórico.
Tus ojos quedan fuera de las envolturas. Ninguna máscara puede cubrirlos. Te desnudan más que el cuerpo, el alma. Son un órgano extático, irreflexivo. Para impedir que el otro acceda a ti puedes retirar la mirada, pero si decides intercambiarla, habrás dado un paso hacia la amistad, la enemistad, o el amor.

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