dijous, 5 de febrer del 2015

Ojos de pez.


Ojo de pez.
El medio acuoso ofrece al pez una mirada distorsionada de la realidad, y más si este medio se halla contenido y circunciso en una superficie vidriosa denominada globo pecera. El pez siempre viaja en globo. Su mundo es permanentemente esférico. No hay ángulos puntiagudos contra los que rozarse y la longitud de su vida no deja de ser una simple proporción de un pequeño radio. Bajo esta geometría circular van pasando los días sin mayores percances, y si los hubiere se desplazan con un golpe de aleta.

El lamento del pez tiene lugar, sin embargo, cuando algún agente externo acopla el globo pecera al globo terráqueo. El pez, entonces, se agrieta, pues los ángulos del mundo se patentizan de tal modo que siente disminuir el nivel del agua a límites impensables. Las burbujas que emite a continuación son de terrible desolación, considerando a los que le han mostrado las rugosidades angulosas de la vida, unos necios desconsiderados.

Mientras chapotea en las lindes del cauce se niega a ofrecer su brazo a torcer, y prefiere perderlo todo antes que reconocer la evidencia de lo tangible. A veces un alma misericordiosa recoge al pez de las orillas y lo devuelve a algún océano profundo, donde jura y perjura que jamás saldrá de allí. Pero, de nuevo, las corrientes marinas lo arrastran y le vuelven a mostrar esas rocas abruptas que tanto detesta.

El pez abandona a sus hijos. Deja los huevos flotando en el líquido acuoso y balbucea un “espabilaos” a modo de despedida. Le trae sin cuidado que a los pocos pasos un depredador engulla con placer a los pequeños. Si se queda solo con todo el mar por delante, tanto mejor. Aunque la soledad vaya pasando factura, cual cobrador implacable.

Los ojos del pez miran, pero no ven nada. Son ciegos al mundo y a los otros. Los peces sólo se tienen a sí mismos y consideran que es lo correcto. Avanzan en una nada líquida donde no hay principio ni final; las direcciones son inexistentes, las eventualidades negadas. No obstante el histerismo aflora cuando intuyen un posible obstáculo y arrojan lo que sea con tal de que les dejen en paz.

Al pez le gustaría ser una planta, pero jamás un ave o un mamífero, ni tan siquiera un anfibio, y menos todavía un insecto que vive en comunidad y trabaja para los demás. Comunicación, convivencia, entrega, amor, son palabras vacuas para el pez que se aleja con la burla y la indiferencia dibujadas en su semblante.

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