diumenge, 1 de febrer del 2015

Geodésicas.


Geodésicas en el Universo.
La ciencia no dista demasiado de la magia en cuanto a resultados. Cuando Einstein descubre que la materia y la energía deforman el espacio-tiempo, curvándolo y formando las geodésicas que desplazan la trayectoria de los objetos, toma el mismo camino mágico que atrae y repele a las cosas según la energía de quien interactúe con ellas.

El peso de la realidad no se halla en la fijación de unas dimensiones de suyo variables, sino en las perspectivas relativas de los diferentes observadores. El descubrimiento de los campos de fuerzas abrió la posibilidad de dichas perspectivas. Las fuerzas se transmiten por campos y las conocidas a través de la ciencia son: la gravedad, consecuencia de la deformación espacio-temporal; la electromagnética, responsable de toda la química y la biología; la nuclear débil, que origina la radioactividad y la formación de los elementos de las estrellas; finalmente, la nuclear fuerte, que une a los protones y a los neutrones, siendo así mismo la energía del Sol.

Fuerzas que mueven y lo originan todo con sus propias leyes, que la magia desde un principio intenta apropiarse. El quid de la cuestión reside en la deformación del Universo por el peso de la masa y la energía que soporta. La deformación produce que el Universo no sea homogéneo, uniforme, sino informal, incongruente, irregular. La magia se aprovecha de esta irregularidad para atraer los objetos de su deseo. Fluye a través de las geodésicas curvadas maximizando la energía portadora de las mismas.

Los magos, los brujos, los espiritistas, los profetas, los santos, tienen el poder, el don de movilizar las energías adecuadas a sus propósitos. Casi todos operan bajo el principio del amor, el bien al prójimo, y su preparación pasa por el ascetismo. Desasirse del ente para dejarse llevar con confianza plena por los designios divinos. Desapropiarse de lo mundano, levitar, y apostar por una geodésica que conduzca al fin deseado.

El azul, el color de los místicos, la ruptura con lo dado para hallar el primer fulgor, la fuente de la luz, antes de que se divida en los diferentes colores absorbidos por la materia de lo cotidiano. Allí refulge la magia y el adivino se deja transportar, ralentizando el tiempo y el espacio, para ir más rápido que la percepción humana y adentrarse en un campo de fuerzas insólito. Astronauta en el espacio divino bambolea con su nave sorteando los recovecos, los agujeros negros que engullen la luz y la materia, para ser un mediador, un conductor de vías, un guía de trances que abren a la humanidad a las nuevas dimensiones.

Como una lluvia fina deja caer las palabras para que otros las recojan. Disueltas, propicias a operar milagros, se agolpan molecularmente en torno a Aquel de quien se dijo: “Tú tienes palabras de vida eterna”.

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