dilluns, 1 de desembre del 2014

El poeta y el monstruo.


Jorobado.
El poeta dice que quiere liberar a la Musa y que si ha de estar ceñida, que lo haga con sus propias guirnaldas. El poeta quiere calzar el pie desnudo de la Poesía y remover las hojas del libro de la Vida. El poeta quiere que el viento bese a la rosa y que ésta se abandone. El poeta padece una tormenta melancólica y pide al Sueño que gire la llave y cierre bien el cofre de su alma.

El poeta teme disiparse en el ocaso, tiene miedo de morir en el rapto. Por eso penetra en el aire encantado llevando un talismán que llame a los espíritus de las plantas, las cuevas, las rocas y las fuentes. Quiere abrir la vaina de las cosas y mostrar sus esencias secretas.

El poeta quiere tanto, pero el curso de la vida es tan efímero. Se condena por un falaz anhelo. Siente las conexiones entre las cosas, conoce los acaecimientos del mundo. Tiene una conexión con el ánima mundi. Y padece, por ello, un eclipse de la conciencia. El proceso personal creativo deviene en la exposición del alma de la humanidad.

El poeta busca sumergirse en el estado primigenio de la participación mística. En el lago imperturbable, porque tiene un límpido espacio. El poeta apunta hacia profundidades insondables. Adiestra su oído interior para captar el entrelazamiento de las intuiciones. Conduce a las cosas al círculo mágico de la poesía. Enfoca la realidad desde una perspectiva especial. Y hace uso de los registros del lenguaje que llaman directamente al alma.

La profundidad primigenia que busca el poeta es el cúmulo de fuerzas de la naturaleza que aterrorizaban al hombre primitivo. Estas fuerzas las personificaba en unos seres desmesurados, descomunales, como los titanes. La Antigüedad, Grecia, supuso el primer esfuerzo para cambiar el caos regido por estos monstruos, por un cosmos gobernado por dioses con dimensiones humanas. Se trataba de medir el mundo con los cánones de la razón humana; de extender los lazos de la solidaridad.

El monstruo, en cambio, es solitario, porque no conoce la ligazón, la religión de los dioses. Simboliza la raíz bestial de toda criatura humana, la superposición de formas biológicas, donde una cabeza racional gobierna un cuerpo regido por un instinto (sirena, centauro…). Las raíces más profundas de nuestra civilización que nos persiguen.

Los monstruos guardan la brutalidad de los tiempos en que el mundo surgía del abismo y de los hielos. Son el crepúsculo de los dioses. El fin del mundo que los dioses protegían: el caos original y la destrucción final.

Cuando se despiertan los gigantes monstruosos la tierra tiembla, las montañas se abren, los árboles se sacuden trastornados. Producen oleadas gigantescas, llamaradas infernales que brotan del suelo agrietado. Dioses y hombres mueren en una tormenta inaudita, en un desencadenamiento de tempestades y cataclismos. La tierra se vuelve inhabitable, las estrellas caen en el abismo, los océanos se desbordan por todas partes. Ya nada queda de lo que tenía forma y vida.

El poeta recoge estas fuerzas primigenias; el poeta necesita al monstruo. El poeta se convierte en monstruo.

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