dijous, 20 de novembre del 2014

El cuerpo del difunto como imagen.


Keats.
Cuando la imagen asesina lo real, renuncia a la certeza ontológica y se transforma en un simulacro. Las imágenes demuelen fronteras para simbolizar la experiencia del mundo. Y al profundizar en ella nos hallamos ante la ausencia. La imagen juega con la presencia y la ausencia. Frente a los ojos tenemos la imagen, pero no lo real.

El cuerpo del difunto es también imagen del ser vivo que una vez fue. Su presencia se patentiza ante nosotros, pero también su terrible ausencia. El cadáver ha dejado de lado a ese cuerpo que era manifestación de un yo individual, para pasar a ser una representación social. El cuerpo inerte vincula a la colectividad con la muerte. Enfrenta a la humanidad con su propio límite.

El hombre necesita la presencia del cadáver como recipiente donde depositar la encarnación del difunto. El verdadero sentido de la imagen es representar lo ausente. Para capturar al vacío hay que ligarlo a un lugar, la tumba, y a una imagen que le dote de cuerpo inmortal. El cadáver como imagen es un cuerpo simbólico necesario con el que socializar nuevamente al que ha dejado de existir, mientras su cuerpo mortal se disuelve en la nada.

Es la rigidez del cadáver la que lo convierte en su propia imagen (como la rigidez del daguerrotipo). En esta imagen se busca la expresión del rostro, el último gesto, la última palabra, que alcance la cúspide de toda una vida. Siempre se ha querido saber si el difunto moría en paz o en guerra con el mundo y el transmundo. En el último segundo, en la muerte, el hombre acoge la culminación del ser. Cuando la muerte arrebata la vida y el rostro se afila, entonces aflora la intensidad de la belleza sublime que abarca el culmen de un trayecto vital.

El culto a la muerte es un medio para la presencia. Ante la incomprensible transformación de la muerte surge la momia, la efigie, la tumba. Los cráneos de Jericó son un ejemplo de ello: cubiertos con cal y pintados, forman parte de la familia. El muerto exige así a los vivos un lugar en sus recuerdos. Un lugar de reposo para no vagar y en el que el tiempo de la muerte se invente de nuevo. El bautismo cristiano exorciza este hecho con el fin de renacer en la fe.

La muerte ritual restituye al muerto su identidad y le sirve de pasaporte para el Hades. Los sacrificios que se realizan en la Antigüedad constituyen el intercambio simbólico que une a los vivos con los muertos en tanto miembros del mismo grupo social. Se preserva así a los difuntos para el futuro de la sociedad: los descendientes hacen gala del poder que representan y resguardan, de esta forma, sus derechos amenazados por el más allá.

En la tumba se plasma el orden social con el fin de socializar una muerte, de suyo, asocial. Los utensilios de los espíritus que se depositan en las tumbas y las imágenes constituyen el salvoconducto subterráneo para asegurar la protección de alguna deidad. Los amuletos acompañan a los muertos hasta otro horizonte. El ave del alma vuela a otro mundo con la posibilidad de regresar a su tumba. De ahí las cámaras fúnebres selladas y ubicadas al final de un pozo subterráneo, donde sólo podía acceder el espíritu del muerto.

Puertas como umbrales entre la vida y la muerte, imágenes que interrumpen el incesante flujo del tiempo. Así enfrenta el hombre su yo fugaz.

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