dimarts, 25 de novembre del 2014

Experiencia interior, sueño, mito.


Alondra.
La experiencia interior es la respuesta que el hombre espera cuando ha decidido no ser más que un interrogante. Es el modo de existir del hombre como imposible. Es la puesta en paréntesis. Acontece cuando la razón a través de la crítica deshace lo que ha sido obra suya y no deja subsistir ni refugio ni estabilidad alguna. Al ir sustrayendo los objetos y proyectarse el vacío, surge la angustia.

La angustia no se agota nunca y cuestiona al ser, retirándole toda parcela de sí mismo; precipitándole en la interminable caída del perderse. Aparece entonces el espanto cuando se presiente lo ilimitado. Se abre una situación en la que tiene lugar la pérdida del conocimiento, la posibilidad de perderse, de rapto, de encantamiento, de éxtasis, de experiencia interior.

Es una plenitud en el vacío que arranca al hombre de la autosuficiencia y lo comunica con la nada. La interioridad se abre cuando se despoja a la existencia de la acción. El hombre entonces se pierde en la interioridad y se comunica sin objeto que le proporcione un objetivo o del que pueda servirse.

El movimiento del abandono deviene desnuda pérdida en la noche. Al igual que el sueño como resplandor de una conciencia mágica que toma contacto con la esencia del mundo. De la misma manera el mito como expresión de la marcha agotadora hacia el punto en el que se confunden el universo y el corazón.

Macrocosmos y microcosmos enlazados en la razón, esencias poéticas que invaden el alma y la trascienden, unas veces hacia el origen, otras hacia el fin: la inmovilidad que lo mueve todo por la fuerza gravitatoria de la pura atracción de la bondad, la belleza y la verdad. El amor. Es el realismo que reclama ser atendido por el modo como son las cosas aunque ya no estén ahí. Porque han dejado su estela que recoge la poesía.

Son las lágrimas de ángel, los escondrijos de las alondras, el éter y la languidez, los pasos sigilosos de quien se halla recluido, los breves transcursos del silencio, la ondulación del viento, el océano cuando es aéreo, el amor cuando es pleno.

Y si el amigo envía rosas, y los campos son felices, y la miel, y el almizcle, y el azahar, y el susurro de los arroyos, y los sonidos que exhalan las campanas cuando su tañido se multiplica por la distancia. Todo es poesía cuando el eco de la voz queda suspendido y la grata paloma lo atraviesa con su pico dorado.

“Mucho tiempo he viajado por los mundos del oro, y he visto muchos reinos e imperios admirables, y he estado en torno a muchas occidentales islas que los bardos protegen como feudos de Apolo. He oído hablar a veces de un vasto territorio que rigió en propiedad el taciturno Homero, mas nunca he respirado su aire sereno y puro hasta que he oído a Chapman hablar con vehemencia: entonces me he sentido como el que observa el cielo y ve un nuevo planeta surgir ante su vista, o como el gran Cortés cuando con ojos de águila contemplara el Pacífico –mientras todos sus hombres se miraban atónitos y con incertidumbre- silencioso, en la cumbre de un monte de Darién.” John Keats.

dijous, 20 de novembre del 2014

El cuerpo del difunto como imagen.


Keats.
Cuando la imagen asesina lo real, renuncia a la certeza ontológica y se transforma en un simulacro. Las imágenes demuelen fronteras para simbolizar la experiencia del mundo. Y al profundizar en ella nos hallamos ante la ausencia. La imagen juega con la presencia y la ausencia. Frente a los ojos tenemos la imagen, pero no lo real.

El cuerpo del difunto es también imagen del ser vivo que una vez fue. Su presencia se patentiza ante nosotros, pero también su terrible ausencia. El cadáver ha dejado de lado a ese cuerpo que era manifestación de un yo individual, para pasar a ser una representación social. El cuerpo inerte vincula a la colectividad con la muerte. Enfrenta a la humanidad con su propio límite.

El hombre necesita la presencia del cadáver como recipiente donde depositar la encarnación del difunto. El verdadero sentido de la imagen es representar lo ausente. Para capturar al vacío hay que ligarlo a un lugar, la tumba, y a una imagen que le dote de cuerpo inmortal. El cadáver como imagen es un cuerpo simbólico necesario con el que socializar nuevamente al que ha dejado de existir, mientras su cuerpo mortal se disuelve en la nada.

Es la rigidez del cadáver la que lo convierte en su propia imagen (como la rigidez del daguerrotipo). En esta imagen se busca la expresión del rostro, el último gesto, la última palabra, que alcance la cúspide de toda una vida. Siempre se ha querido saber si el difunto moría en paz o en guerra con el mundo y el transmundo. En el último segundo, en la muerte, el hombre acoge la culminación del ser. Cuando la muerte arrebata la vida y el rostro se afila, entonces aflora la intensidad de la belleza sublime que abarca el culmen de un trayecto vital.

El culto a la muerte es un medio para la presencia. Ante la incomprensible transformación de la muerte surge la momia, la efigie, la tumba. Los cráneos de Jericó son un ejemplo de ello: cubiertos con cal y pintados, forman parte de la familia. El muerto exige así a los vivos un lugar en sus recuerdos. Un lugar de reposo para no vagar y en el que el tiempo de la muerte se invente de nuevo. El bautismo cristiano exorciza este hecho con el fin de renacer en la fe.

La muerte ritual restituye al muerto su identidad y le sirve de pasaporte para el Hades. Los sacrificios que se realizan en la Antigüedad constituyen el intercambio simbólico que une a los vivos con los muertos en tanto miembros del mismo grupo social. Se preserva así a los difuntos para el futuro de la sociedad: los descendientes hacen gala del poder que representan y resguardan, de esta forma, sus derechos amenazados por el más allá.

En la tumba se plasma el orden social con el fin de socializar una muerte, de suyo, asocial. Los utensilios de los espíritus que se depositan en las tumbas y las imágenes constituyen el salvoconducto subterráneo para asegurar la protección de alguna deidad. Los amuletos acompañan a los muertos hasta otro horizonte. El ave del alma vuela a otro mundo con la posibilidad de regresar a su tumba. De ahí las cámaras fúnebres selladas y ubicadas al final de un pozo subterráneo, donde sólo podía acceder el espíritu del muerto.

Puertas como umbrales entre la vida y la muerte, imágenes que interrumpen el incesante flujo del tiempo. Así enfrenta el hombre su yo fugaz.

dijous, 13 de novembre del 2014

Un cartógrafo en Neptuno.


Aterrizaje en el cometa.
Líneas de viento recorren tu vida. Geodésicas que te atraviesan dejando al alcance los planetas más circundantes. Uno de esos astros soy yo, pero no deseas capturarme. Tienes pavor. Ves en mí a la mujer de cabellos dispares, cuyos ojos meditabundos persiguen el pasar de tu vida. Porque deambulas, pero no te quedas. Sobrevuelas, sin aterrizar apenas en el paraje, unas veces sombrío, otras, pocas, soleado.

Delineas los espacios hallando huecos por donde marcar los rayos gama que incendian el mundo. Al señalarlos los distancias para que no te afecten. Te refugias en el cálculo por negarte a percibir las cualidades que sondean la realidad. Desprecias lo cálido, lo amable, dejándote caer así en la rosa de los vientos polares.

Catografías líneas de fuga configurando una isla donde volver a empezar. Desde el no comienzo acontecen hechos vitales que eludes. Trazas una tangente que bordea la vida y la lanzas hacia un punto inicial. Es Neptuno. Para ti la ánima yace en ese frío y oscuro planeta.

Tan gélido y alejado del sol, tan poco conocido, la imaginación te conduce a poseerlo de alguna forma. Solícito de las perturbaciones de su orbitar, quedas anclado en ellas. Extasiado en el movimiento oscilante que atrae y repele, absorbe y repulsa. Vomita su existencia al mar de fondo del universo.

Rayos gama, rayos violeta, dime bonita a quién ansía tu corazón. Si es al cartógrafo de Neptuno, tórnate fría y áspera para agarrar la cola del cometa perdida en el vacío. Si es a otro, vuélvete cálida y dirige tu paso recto hacia la estrella luminosa. No es cosa de vieja, ni de bruja, es de sabia. Sigue el consejo, conmuta resultados y verás brillar la oscuridad.

Visualizas el planeta al cual llegarás aterrizando tu sonda en un frío cometa. Es hielo. Tendrás que clavar el metal y escarbar para adherirte a él si quieres viajar. El viaje consiste en espaciar, en acoger los trozos de espacio depositados frente a tu recorrido y disolverlos. Como se disuelven los cristales en el agua salínea, tras removerlos un hálito divino.

Espacias sin tiempo, pues la dilatación es máxima y aquella milésima de segundo jamás acabará de pasar. En mí transcurrirán veinte años, pero en ti eso no sucederá. Volverás tan joven como cuando partiste. La diferencia residirá en el pensamiento: viejo, de haber recorrido años luz; tanto, que allí donde yo gire tú harás un doble giro. En el lugar donde ame, sueñe, me encandile, construirás un castillo de estalactitas.

Cartógrafo, Neptuno te ha alcanzado. Vela por tus sueños que los míos dormitan en el Párnaso. El cometa perforado sigue su estela y la sonda vuela incrustada en él. Si estallan donde tú te hallas, yo labraré para ti una urna y depositaré el polvo celestial que llueva sobre la rosaleda encantada.

dilluns, 10 de novembre del 2014

Un regalo.


Regalar.
Al sentir envolvemos momentos de la realidad; fabricamos regalos. Cogemos esbozos del entorno y los adornamos. Cintas y papeles de colores es lo que ofrecemos cuando sentimos. El hombre tiene que sentirse en el mundo para poder actuar, marchar, y elegir la forma de vida que va a adoptar. Es un regalo que hace a la diversidad, a sí mismo y a los otros.

Sin sentimientos no podemos hacernos cargo de la realidad. Necesitamos un estado subjetivo íntimo, un momento de suidad para, simplemente, estar. Estar en sí, estar con otros, estar por y para la realidad.

Los sentimientos son regalos: regalamos alegría, tristeza, melancolía, amor, bondad, indiferencia, simpatía… La empatía nos hace humanos. Envolvemos a los demás con lazos de terciopelo. Los involucramos y nos involucran en el vivir. Se generan corrientes de éxtasis cuando estallan las burbujas de los sentimientos.

La expansión cunde especialmente en la forma artística. El arte expresa la actualidad de la realidad en mí como realidad. El sentimiento artístico es el culmen de la aprehensión de la apertura de lo real. Es la experiencia de reconocimiento máximo que nos ayuda a entrañarnos con el mundo. Porque el arte muestra y hace contemplar lo que se yergue fuera de lo dispuesto según un fin útil. Muestra lo bello.

La belleza genera un sentimiento extático: el pulchrum. Por el pulchrum morimos, nos deshacemos, desvanecemos. Es un concepto límite que orienta al hombre. Lo obtiene no mediante la inteligencia o la voluntad, sino a través de la intuición, que se forma progresando de una cosa a otra. La intuición es inmediata y es capaz de construir algo que se queda plantado un rato (una pieza musical, un cuadro, una obra poética).

Lo bello, lo bueno, y lo verdadero se identificaban en Grecia. Eran los tres ideales que todo hombre debía seguir en su camino. Se siente la belleza, la bondad y la verdad. Resplandecen en nuestros corazones aunque las vicisitudes nos hagan girar la cara hacia lo oscuro. La razón, la intuición y la empatía se enzarzan en la persecución de tremendos ideales.

Pero lo bello nos trasbalsa porque nos alcanza de pleno mediante una imagen visible, audible, sensitiva. No necesita concepto. Es la finalidad sin fin. La unidad en la variedad, lo general en lo particular, el valor que posee todas las características de los valores. Es algo que aparece, que no puede estar escondido. Aquí y ahora.

Sentimos, abrimos el regalo del mundo, nos desvanecemos ante su belleza, construimos aquí y ahora, establecemos un valor. Adornamos, enlazamos, expandimos, estamos con los demás en la realidad, con nosotros mismos. Un sentimiento es un regalo.

dimarts, 4 de novembre del 2014

Lo irreal.


Irreal.
Pensar lo que las cosas son en la realidad es un pensar allende. Las cosas nos dan a pensar la apertura de su realidad. Y la apertura nos está dada sentientemente, campalmente. Su intelección es una marcha. Marchamos a través de esa apertura más allá. Estamos en acción, pero es el desarrollo de la acción en la que el ser viviente se realiza a sí mismo en posesión de sí.

Al inteligir actualizamos la realidad. Lo real puede tener momentos no transparentemente inteligibles en razón. La irracionalidad es también un modo de actualidad en la razón. Cuando se actualiza en el pensamiento la realidad, aparece entonces lo racional y lo irracional. Son los modos que tienen las cosas de dar razón de sí mismas.

La razón no brota espontáneamente, son las cosas las que nos dan el modo mismo de inteligirlas. Al darnos ellas que pensar determinan el modo de inteligir que es la razón. Previamente están ya inteligidas como reales.

El pensamiento es, pues, la huella de la realidad. Una modulación intelectiva de la impresión misma de realidad. Y nos mantiene dentro de lo real. En la realidad estamos impresivamente y la razón nos impone una marcha que nos sujeta a la misma realidad. A la vez nos impide quedar suspendidos o flotar en una realidad vacía de contenido inteligido.

Toda intelección remite en profundidad a otras posibles intelecciones. La razón es creación, es realidad en libertad. La creación ideal convierte la realidad en idea. Modifica el contenido de lo previamente inteligido, pero en el ámbito de la realidad física misma ya está ensayada esta modificación. Este contenido modificado será el modelo de la realidad profunda.

Lo irreal libera el contenido de lo real. Ofrece la “posibilidad” de lo real. El “podría ser” intelige lo sentido como un momento del mundo. He ahí la experiencia humana, y el conocimiento humano expandirá dicha intelección.

El hombre tiene la capacidad de forjar lo irreal. Creamos lo irreal estando precisamente en lo real, y lo hacemos para estar en la realidad. La realidad se despliega en el fondo de todos los momentos cualitativamente diferentes que constituyen la vida. Es como un punto elástico que se distiende a lo largo del tiempo.

El hombre está físicamente en la realidad mediante un acto intelectivo. La inteligencia fluye como un acto viviente más, y eso que fluye tiene un carácter vidente: ve y aprehende el conjunto de la realidad en el cual está fluyendo. Al ver el campo, se puede mover de maneras diferentes en él. El hombre se orienta, toma puntos cardinales y ejercita una selección.

Para hacer la figura de su ser el hombre necesita de una serie de repeticiones en ese fluir de la vida. Ante estas recurrencias, se tiene que figurar cómo son las cosas. Para ello, elabora lo irreal. Figura para poder apoyar su vida sobre ello.

Nos apoyamos en la figuración para orientarnos hacia la realidad y constituir nuestro propio yo. La figura deja su impronta real en el yo. A través de la ficción el hombre inserta posibilidades de contenido en la realidad. Con ellas halla lo más íntimo e intransferible en su vida. También proyecta el futuro: establece un punto concebido en el presente que determinará su futuro. La experiencia será la que modifique lo irreal. La fantasía, pues, también se aloja en la realidad como una función interna de mediación necesaria.