dijous, 20 de febrer del 2014

Custodios del Santuario.


Escolanía.
Los niños cantores alzaban las voces hasta rozar la cúpula de la Iglesia, donde decenas de ángeles, pintados en acuarela, recogían y hacían reverberar los sonidos a través del santuario. Las cadencias se filtraban por las grietas y cual dendritas penetraban los cimientos de las rocas. Lilith, desde lo profundo de la cueva, podía sentir las manifestaciones apoyándose en la piedra. Los amaba. Amaba a esos niños que habían sacrificado su vida para albirar, aunque sea, un destello divino.

La acusaban los detractores de asesina de niños para maldecir su papel de mujer libre. La apedreaban y la hacían huir a lo más recóndito por haber abandonado el Paraíso. Pero ella había sido madre y quería a los niños. Los defendía de las sombras que los rondaban. Sabía de las tentaciones de los frailes, pero también del Abad, en cuyo corazón palpitaba la oscuridad. Hijo menor de un noble había accedido al cargo por intereses de poder. Asimismo constituía un bocado suculento para el ángel caído que habitaba el lago.

Los niños cantores estaban destinados al culto. Eran instruidos intelectualmente en latín y poseían una educación musical excelente. En cumplimiento de una promesa o voto las familias los entregaban al santuario. El resto de los custodios, ermitaños y monjes, oblatos, sirvientes y curas, llevaban una vida de rigor espiritual en torno a la imagen de la Madona oscura. Eran sus protectores. Las oraciones, las lecturas, la liturgia, la piedad y la cultura, eran hilos que adornaban el icono.

La iconoclastia o destrucción de las imágenes jamás llegó al santuario. El icono restó protegido como presencia de lo inefable. Signo de lo divino que interrumpe en lo profano, concentrando las fuerzas espirituales del lugar. La aparición del icono torna el lugar sacro, pues su encuentro es mágico. Suele ser un pastor que lo rescata de la fisura de una cumbre. Los pastores de ovejas son símbolos de guías espirituales. El rescate de la tierra madre, reflejo de un origen celestial.

Sólo una parte del cristianismo rinde culto a las imágenes, el resto y demás religiones lo rechaza. El motivo es la creencia en un Dios distante que no puede confundirse con nada de este mundo. El simbolismo del icono implica, en cambio, que lo sacro hace aparición en lo profano. Manifiesta la presencia de una ausencia, la cercanía del Otro. Ese Otro habita entre nosotros y trazamos círculos mágicos allí donde destella su palpitar. En el círculo se da la conexión entre lo humano y lo divino. El hombre clama, Dios responde.

Lilith utilizó la magia del icono para proteger a los niños. Depositó debajo de la almohada de cada uno de ellos una medallita de la Madona oscura y recitando el ave María creó un límite infranqueable que los volvió invulnerables. Los niños cantores siempre estarán protegidos, y sus voces, acompañarán la corte celestial por toda la eternidad.

diumenge, 9 de febrer del 2014

Lilith.


Lilith.
El ángel oscuro cegó al óptico nada más comenzar el juego. La luz no le pertenecía. El señor del nombre se reunía con el señor de la sombra y el contacto se iba a llevar a cabo por otro cauce. La visión fija presencias, constituye esencias eidéticas que conducen al Bien Supremo, a la Verdad, a la Belleza. Ahora, en cambio, se trataba del camino inverso. No se podía tolerar nada fijo. Todo quedaría sumido bajo la bruma del líquido espeso que sustenta al ángel caído en el lago.

El cauce iba a ser la piel. El tacto se consolida fragmento a fragmento. No existe la totalidad en su actuar. Son los pliegues que buscan recovecos donde esconderse y volver a surgir. Instantes nada más, como el placer y el dolor que abrasan la piel. El óptico se quedó desconcertado, había alcanzado lo más elevado del conocimiento gracias a la luz, y ahora lo insertaban en un medio diferente del que no tenía ninguna experiencia.

La piel simboliza a la mujer, el órgano femenino constituido por pliegues que se superponen. Fragmentos táctiles llamándose los unos a los otros. El óptico estaba perdido y el ángel sabía que iba a ganar la partida. El tablero de la vida que superpuso al lago se convirtió enseguida en Lilith: la mujer más hermosa y temida por los hombres. La primera mujer de Adán que reivindicó la paridad huyendo del Paraíso, cual Norah de “La casa de muñecas” de Ibsen.

Los hombres la temen porque es como ellos, creada a igual semejanza de Dios, y no subordinada a nadie, ni a nada. Libre como el viento, búho de Minerva que levanta el vuelo al anochecer, cuando ya todo ha acontecido. Vive sin luz, autosuficiente, poseyendo con el tacto. Comparte con los hombres, sus iguales, y su fecundidad no tiene límite. Es la primera vampiresa y el icono del feminismo anarquista.

Lilith poseyó al óptico: hizo trizas su piel y secó para siempre la fuente de su semen. Lo convirtió en sombra de sí mismo. El erudito monje vasallo ahora de la mujer. Lo reconduciría por laberintos femeninos, espejos y fragmentos de la realidad. Gracias a ella alcanzó el destino de la estrella: lo quería inmortal a su lado.

Lilith representa la discontinuidad del mundo moderno frente a la continuidad que ha imperado en el antiguo. Desde Grecia o incluso antes la realidad se entendía de manera continua. No existían vacíos o cortes en ella. Se creía a la Naturaleza regida por el orden y la regularidad de la continuidad. Las cosas existían ligadas entre sí y llenas. Pero este laberinto del continuo se desvanece en la escala microfísica con la aparición de los corpúsculos.

Los corpúsculos son partículas mínimas de espacio-tiempo, que explican las cualidades de los cuerpos en función de cantidades. La energía emite según estas cantidades o cuantos. La luz la vemos ondulatoria pero está compuesta de corpúsculos. Lilith enseñó la teoría corpuscular a su amante, y juntos dominaron la materia más allá de ella misma.

dimecres, 5 de febrer del 2014

Asesinato en la Sinagoga.


Tabernáculo.
Cuando entraron en la Sinagoga, les cegó el humo que se filtraba a través de la segunda puerta cerrada. Con ayuda del rabino, a quien dieron enseguida aviso, consiguieron abrirla. Una ráfaga de calor intenso les lamió la cara, y tras ella, pudieron contemplar el infierno en su inmenso horror.

Atado frente al tabernáculo un hombre agonizaba en llamas, y sobre el altar, en vez de hallarse la Torah, aparecían desparramadas las entrañas palpitantes de diversos animales, degollados a los pies del candelabro de siete brazos.

Dentro del arca sagrada encontraron un artilugio mágico, que no se atrevieron a tocar. Como después les contó la policía científica, hicieron bien, pues contenía polvos extremadamente venenosos. La sombra había vuelto a actuar de manera despiadada, sesgando vidas y cometiendo sacrilegios en los espacios espirituales.

Conocían el modus operandi y cada vez obtenían más información sobre ella. Pero no podían agarrar a un ser inmortal, sólo desplazarlo: exorcizar los santuarios para impedirle el acceso. Jan solicitó la ayuda de los custodios y, así, poco a poco, fueron peinando la ciudad. No obstante, con el transcurrir de los meses, una inquietud iba invadiendo sus almas.

Los tres presentían que aquello no era la solución. Debían ir al verdadero origen del poder maléfico y Sebas, como buen pastor de ovejas, olisqueaba las colinas. El dependiente de la librería judía les habló de las montañas oscuras: el lugar donde los señores del nombre se reunían con los ángeles caídos. La sierra oscura donde un judío enmascarado del s.XVII, de Barcelona, accedería a semejante reunión, sólo podía ser Montserrat. Y la puerta de acceso, un hábito de monje.

Montserrat, la montaña mágica donde los nazis de la SS buscaron el Santo Grial sin éxito. Se adentraron en sus cuevas profundas y no consiguieron hallar el río subterráneo que recorre la montaña y conduce al lago insólito. Según los manuscritos antiguos dicho lago esconde un gran tesoro. Los nazis estaban convencidos que se trataba del cáliz sagrado.

Un monje benedictino del s.XVII, experto en lentes, hierbas medicinales, rollos de papiro de la antigüedad, y cálculos combinatorios, procedente de la ciudad de Barcelona, sí halló el camino de las corrientes telúricas que comprimen la montaña con una fuerza tectónica descomunal. Descendió por el pozo del diablo gracias a un sofisticado sistema de poleas fabricado por él mismo. Había calculado minuciosamente los metros, los recodos y salientes de los estrechos túneles por los que iba abocándose. A fuego llevaba grabado el mapa en la mente, después de tantos años de estudio. Y sabía qué le esperaba en la meta: no era un tesoro, ni el oro de América; tampoco el Santo Grial.

En el lago, flotando por encima de las aguas, un ser maléfico le aguardaba. Sus alas negras removían el líquido espeso formando remolinos a su alrededor. El rostro de una belleza espeluznante brillaba iluminando la cueva entera. Al óptico no le hizo falta ningún candil para contemplar la amplitud de espacio que tenía ante sí. El ángel oscuro, con un solo movimiento, desplegó sobre el lago el tablero de ajedrez de la vida. La partida acababa de comenzar.

dissabte, 1 de febrer del 2014

Mística judía.

Estrella de David.
Jan se reunió con Sebas y Evaristo en el despacho parroquial de la Catedral de Barcelona. Allí les explicó las conclusiones a las que había llegado tras la observación del medallón. La sombra se trataba de un óptico, que logró la inmortalidad fabricando la lente perfecta, para alcanzar la luz del destino de una estrella. Por las características del evento, tuvo que acontecer en el s.XVII y dentro de la atmósfera judía.


Sólo los judíos poseían un conocimiento superior para alcanzar tamaña hazaña. Evaristo asintió entonces, señalando que los demás siempre hemos sido unos lerdos. Más tarde, llegaron a la conclusión de que tenían que rastrear el barrio judío, o lo que quedaba de él, pues la sombra es posible que se refugiase en sus orígenes.


Al recorrer las calles enseguida dieron con las letras hebreas que señalaban la sinagoga. Jan se quedó extasiado ante su contemplación, y sin más se dirigió a la pequeña librería judía, plagada de símbolos, ubicada en la esquina. Mientras Sebas manipulaba el candelabro de siete brazos de la tienda, y a Evaristo le llamaba la atención unas camisetas con la estrella de David, Jan se dedicó a conversar con el dependiente sobre el alfabeto hebreo.


“Muchas luces se irradian de cada palabra y de cada letra”. Para el estudio de la Cábala o mística judía es clave entender que la Torah o Pentateuco tiene múltiples interpretaciones, según la combinatoria de su sutrato material o grafemas. Los cabalistas consideran las letras como configuraciones de la luz divina. Así la Torah expresa el nombre de Dios, que abarca la totalidad del poder divino: las leyes ocultas de la creación.


Además la Torah es un tejido vivo que plasma la vida interna de Dios. Posee infinitos significados según los distintos niveles y capacidad de quien los contempla. Pues la insondable palabra divina es inagotable. Continuamente revela nuevas combinaciones de letras que darán contenidos diferentes según se vaya fraguando el futuro.


Pero esta luz divina que emana, también puede ser reflejada desde las cosas, a modo de espejo, hacia su fuente. De hecho, el problema del mal consiste en la alienación de las cosas creadas de su origen. Y aquí, le explicaba el dependiente a Jan, podemos entrar en la cuestión de la cábala práctica como magia. Pero una magia entendida como la búsqueda del provecho propio: hallar atajos mágicos, descubrir tesoros, resultar inexpugnable frente a los enemigos.


Al experto en este tipo de cábala se le denomina “el señor del nombre”, y es capaz de fabricar amuletos, invocar a ángeles y demonios, exorcizar a los malos espíritus… Sus conjuros podían inducir también los poderes pneumáticos de las estrellas. Ver el éter zafírico de los hombres. Y preparar anillos mágicos que cruzan la ciencia de la combinación con los motivos astrológicos.


Cuentan que el origen de estos brujos tuvo lugar en las denominadas montañas oscuras. Allí se reunían con los ángeles caídos, que les enseñaban a mezclar lo puro con lo impuro.