dimarts, 29 d’octubre del 2019

Y Woody siempre gana.

Joker.
Comparten cartelera Woody Allen y el Joker. Mientras que la película de Woody ”Día de lluvia en Nueva York” pasa desapercibida, la del Joker opta por ser la más taquillera de la historia del cine. El retrato de la génesis del desquicie violento puede más que el desgrane sutil de la inteligencia judía. La destrucción yihadista más que la construcción judeo-cristiana. ¡Y lo valoramos así nosotros que pertenecemos a la segunda, tan ajena de aquella primera! 

El apego a la exaltación violenta, a la revolución destructora y al caos primigenio, es propio de la izquierda infiltrada en la civilización occidental. La izquierda (comunismo-socialismo) tiene el mismo fin que el islamismo: la destrucción del tiempo, de la historia, que no exista el pasado ni tampoco el futuro, sino sólo un presente eterno que abarca todas las modalidades de la vida. Se trata del totalitarismo más genuino en donde los ámbitos diferenciados, los poderes separados, se unifican quebrando la democracia, el progreso, y la concepción histórica judeo-cristiana de la humanidad. 

La civilización occidental, a diferencia de la asiática o de la mahometana, se caracteriza por la existencia y el valor dado al tiempo. Bergson, con su concepto de duración, o Deleuze, con su filosofía del cine, ejemplifican la importancia de esta condición de posibilidad que estructura nuestro mundo y nos hace avanzar en línea recta o en espiral. El budismo o el islamismo, en cambio, al negar el tiempo, eternizan el presente en un círculo cerrado en sí mismo del que no se sale (nirvana, la nada, el yin y el yan, el “no hay nada nuevo bajo el sol” de Mahoma). El hecho de suprimir esta condición de posibilidad de la naturaleza humana, no solo estanca su progreso, sino que además destruye al hombre, lo aniquila. 

Analicemos ahora la película del Joker, el panegírico de la destrucción propia de la izquierda, la del hombre que se aniquila en pos de la supuesta justicia social que es la nada. El protagonista malvive con una madre anciana y enferma, a la vez que recibe tratamiento psiquiátrico en los servicios sociales públicos. La película critica el recorte de los mismos, atribuyendo su causa a la avaricia y el engreimiento de los ricos. Sin embargo, en el fondo, los servicios sociales no ayudaban en absoluto al individuo, que repite sin cesar: "no me escucha”, “no me escucha”; y no solo eso, sino que además, le perjudicaron gravemente en su niñez, al no retirar a la madre, maltratadora por omisión, la custodia de su hijo. 

Luego, ¿es eficiente esa supuesta justicia social de la izquierda? No soluciona los problemas del individuo, por el contrario, lo convierte en una carga social crónica. 

Veamos ahora la película de Woody Allen, el judío que construye su camino con inteligencia. Son los dos factores claves de Occidente: construcción (proyecto) e inteligencia (razón pensante). A pesar de los avatares de su paseo por New York, el personaje no se hunde en un pozo autodestructivo, ni va quemando la ciudad a su paso; sino que prueba opciones, establece relaciones, extrae lo bueno de lo malo, y acaba encaminando su vida a mejor puerto como buen navegante. 

Así pues, ambas películas simbolizan las dos opciones políticas contrapuestas y pertenecientes a civilizaciones ajenas entre sí: el colectivismo aniquilador del individuo, propio de Oriente, e infiltrado en Occidente con el apodo de “izquierda”; y el liberalismo progresista del individuo occidental, que sabe por donde pisa, porque construye el camino alejándose de esa bomba incendiaria llamada la nada. 

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